1 Juan 3: El Libro del Pueblo de Dios - La Biblia

EXHORTACIÓN A VIVIR COMO HIJOS DE DIOS

Al tema de la luz sigue el de la filiación divina. No se trata de la filiación común a todos los hombres a partir de su nacimiento físico, sino de la filiación adoptiva por el renacimiento espiritual, al que se refiere Jesús en su conversación con Nicodemo (Jn. 3. 5-6). Esa filiación no es el resultado del esfuerzo humano, sino un regalo del amor de Dios. «¡Miren cómo nos amó el Padre!» (3. 1). Tampoco es un mero título. Es una maravillosa realidad, que todavía no se ha manifestado plenamente. Su término será la contemplación de Dios.

De ese extraordinario anuncio brota una consecuencia muy lógica. Si somos hijos de Dios, debemos parecernos a él, ser verdaderas imágenes suyas, imitarlo en su manera de obrar, ser puros «como él es puro», ser justos «como él mismo es justo»(3. 3, 7). ¿Acaso no nos dice san Pablo: «Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos»? (Ef. 5. 1). ¿Y qué mejor manera de imitar a Dios que amar a nuestros hermanos como él nos amó? Él se entregó a nosotros en la persona de su Hijo. Por eso debemos estar dispuestos, incluso, a dar la vida por los demás (3. 16).

La filiación divina [ 1 | 2 ]

1 [bj] Rom. 8. 14-17. 37-39; Jn. 1. 12; Ef. 1. 5; Jn. 15. 21; Jn. 16. 3; Jn. 17. 25

1 ¡Miren cómo nos amó el Padre!
Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
y nosotros lo somos realmente.
Si el mundo no nos reconoce,
es porque no lo ha reconocido a él.

2 [bj] Col. 3. 4; Flp. 3. 21; Rom. 8. 29; 1 Cor. 13. 12

2 Queridos míos,
desde ahora somos hijos de Dios,
y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
Sabemos que cuando se manifieste,
seremos semejantes a él,
porque lo veremos tal cual es.

La conducta de los hijos de Dios [ 3 | 10 ]

3 [bj] Mt. 5. 48+; 1 Jn. 2. 6

3 El que tiene esta esperanza en él, se purifica,
así como él es puro.
4 * El que comete el pecado comete también la iniquidad,
porque el pecado es la iniquidad.

5 [bj] Heb. 9. 26; Jn. 1. 29+; Jn. 8. 46; Heb. 7. 26; 1 Jn. 1. 3+; 1 Jn. 2. 14+; Mt. 7. 18

5 Pero ustedes saben que él se manifestó
para quitar los pecados,
y que él no tiene pecado.
6 * El que permanece en él, no peca,
y el que peca no lo ha visto ni lo ha conocido.
7 Hijos míos,
que nadie los engañe:
el que practica la justicia es justo,
como él mismo es justo.

8 [bj] 1 Jn. 3. 12; 1 Jn. 3. 5; Jn. 12. 31-32; Jn. 8. 44; Gn. 3. 15

8 Pero el que peca procede del demonio,
porque el demonio es pecador desde el principio.
Y el Hijo de Dios se manifestó
para destruir las obras del demonio.

9 [bj] 1 Jn. 3. 6+; 1 Jn. 2. 14+

9 * El que ha nacido de Dios no peca,
porque el germen de Dios permanece en él;
y no puede pecar,
porque ha nacido de Dios.

10 [bj] 1 Jn. 1. 7+; 1 Jn. 3. 8+; Mt. 4. 1+; 1 Jn. 3. 23

10 Los hijos de Dios y los hijos del demonio
se manifiestan en esto:
el que no practica la justicia no es de Dios,
ni tampoco el que no ama a su hermano.

El amor fraterno [ 11 | 24 ]

11 [bj] 1 Jn. 2. 7

11 La noticia que oyeron desde el principio es esta:
que nos amemos los unos a los otros.

12 [bj] Jn. 13. 34; Gn. 4. 8; Jn. 8. 44; 1 Jn. 3. 8+

12 No hagamos como Caín, que era del Maligno
y mató a su hermano.
¿Y por qué lo mató?
Porque sus obras eran malas,
y las de su hermano, en cambio, eran justas.

13 [bj] Jn. 15. 18-21; Mt. 24. 9; Jn. 5. 24

13 No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece.

14 [bj] Heb. 6. 1+

14 Nosotros sabemos que hemos pasado
de la muerte a la Vida,
porque amamos a nuestros hermanos.
El que no ama permanece en la muerte.
15 El que odia a su hermano es un homicida,
y ustedes saben que ningún homicida
posee la Vida eterna.

16 [bj] Ef. 5. 2; Jn. 15. 12-13; Mt. 20. 28; 1 Jn. 2. 6

16 En esto hemos conocido el amor:
en que él entregó su vida por nosotros.
Por eso, también nosotros
debemos dar la vida por nuestros hermanos.

17 [bj] Deut. 15. 7. 11; Sant. 2. 16; Jn. 5. 42; 1 Jn. 2. 5 ; 1 Jn. 4. 12

17 Si alguien vive en la abundancia,
y viendo a su hermano en la necesidad,
le cierra su corazón,
¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?

18 [bj] Sant. 1. 22; Mt. 7. 21

18 Hijitos míos,
no amemos con la lengua y de palabra,
sino con obras y de verdad.
19 En esto conoceremos que somos de la verdad,
y estaremos tranquilos delante de Dios

20 [bj] 1 Jn. 4. 4

20 aunque nuestra conciencia nos reproche algo,
porque Dios es más grande que nuestra conciencia
y conoce todas las cosas.
21 Queridos míos,
si nuestro corazón no nos hace ningún reproche,
podemos acercarnos a Dios con plena confianza,

22 [bj] Mt. 7. 7-11p; Jn. 14. 13-14; Jn. 8. 29

22 y él nos concederá
todo cuanto le pidamos,
porque cumplimos sus mandamientos
y hacemos lo que le agrada.

23 [bj] Jn. 13. 34 ; Jn. 15. 17

23 Su mandamiento es este:
que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo,
y nos amemos los unos a los otros como él nos ordenó.

24 [bj] 1 Jn. 1. 3. 7+; Jn. 14. 21-23; Jn. 4. 13

24 El que cumple sus mandamientos
permanece en Dios,
y Dios permanece en él;
y sabemos que él permanece en nosotros,
por el Espíritu que nos ha dado.
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La «iniquidad» es un pecado determinado –el de los «anticristos» (2. 18)– que Juan en su Evangelio denomina «el pecado del mundo» (Jn. 1. 29). Consiste en la incredulidad, o sea, en el rechazo de Cristo y de toda su obra salvífica.

6

La impecabilidad es uno de los bienes prometidos para los tiempos mesiánicos, ya iniciados con la Venida del Hijo de Dios al mundo. En la medida que el cristiano permanece unido a Cristo y es dócil a la acción santificadora de su Palabra, «no puede pecar» (v. 9).

9

El «germen» es la Palabra de Dios, principio interior de regeneración y santificación para el creyente. Ver nota v. 6.