Gálatas 3: El Libro del Pueblo de Dios - La Biblia

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE

En el relato anterior, Pablo ya había anticipado el tema central de su Carta: la justificación por la fe en Jesucristo (2. 16). Ahora aborda el tema directamente, proponiendo su célebre antítesis: o la Ley o la fe. El Apóstol afirma que entre los dos términos no hay conciliación posible. El que espera salvarse mediante la observancia de la Ley –es decir, por sus propias obras y merecimientos– está irremediablemente perdido. Nunca llegará a satisfacer plenamente «todas» las exigencias de la Ley y seguirá sometido a la esclavitud del pecado.

De esta situación de esclavitud sólo podía librarnos la gracia de Dios. «Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos» (4. 4-5). El que se une a Cristo por la fe se «reviste» de él (3. 27), es renovado interiormente por el don del Espíritu y alcanza la libertad de los hijos de Dios. Si somos hijos, ya no somos esclavos. ¿Para qué someterse de nuevo a las exigencias de la Ley, como pretendían hacerlo los gálatas? ¿No sería un retroceso y un desconocimiento total del valor de la fe? (3. 34. 10-11). Pretender salvarse por medio de la Ley equivale a anular la obra redentora de Cristo (5. 2).

Llamado de atención a los gálatas [ 1 | 5 ]

1 Gálatas insensatos, ¿quién los ha seducido a ustedes, ante quienes fue presentada la imagen de Jesucristo crucificado? 2 Una sola cosa quiero saber: ¿ustedes recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por haber creído en la predicación? 3 ¿Han sido tan insensatos que llegaron al extremo de comenzar por el Espíritu, para acabar ahora en la carne? 4 ¿Habrá sido en vano que recibieron tantos favores? ¡Ojalá no haya sido en vano! 5 Aquel que les prodiga el Espíritu y está obrando milagros entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la Ley o porque han creído en la predicación?

Los verdaderos hijos de Abraham [ 6 | 9 ]

6 * Es el caso de Abraham, que creyó en Dios, y esto le fue tenido en cuenta para su justificación. 7 Reconozcan, entonces, que los verdaderos hijos de Abraham son los que tienen fe. 8 * La Escritura, previendo que Dios justificaría a los paganos por la fe, anticipó esta buena noticia a Abraham, prometiéndole: En ti serán bendecidas todas las naciones. 9 De esa manera, los que creen son los que participan de la bendición de Abraham, el creyente.

La Ley, fuente de maldición [ 10 | 14 ]

10 * En efecto, todos los que confían en las obras de la Ley están bajo una maldición, porque dice la Escritura: Maldito sea el que no cumple fielmente todo lo que está escrito en el libro de la Ley. 11 * Es evidente que delante de Dios nadie es justificado por la Ley, ya que el justo vivirá por la fe. 12 * La Ley no depende de la fe, antes bien, el que observa sus preceptos vivirá por ellos. 13 * Cristo nos liberó de esta maldición de la Ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, porque también está escrito: Maldito el que está colgado en el patíbulo. 14 Y esto, para que la bendición de Abraham alcanzara a todos los paganos en Cristo Jesús, y nosotros recibiéramos por la fe el Espíritu prometido.

La Ley y la promesa [ 15 | 18 ]

15 Hermanos, quiero ponerles un ejemplo de la vida cotidiana: cuando un hombre hace un testamento en debida forma, nadie puede anularlo o agregarle nada. 16 * Las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia. La Escritura no dice: «y a los descendientes», como si se tratara de muchos, sino en singular: y a tu descendencia, es decir, a Cristo. 17 Ahora bien, les digo esto: la Ley promulgada cuatrocientos treinta años después, no puede anular un testamento formalmente establecido por Dios, dejando así sin efecto la promesa. 18 * Porque si la herencia se recibe en virtud de la Ley, ya no es en virtud de la promesa. Y en realidad, Dios concedió su gracia a Abraham mediante una promesa.

El papel de la Ley [ 19 | 22 ]

19 * Entonces, ¿para qué sirve la Ley? Ella fue añadida para multiplicar las transgresiones, hasta que llegara el descendiente de Abraham, a quien estaba destinada la promesa; y fue promulgada por ángeles, a través de un mediador. 20 * Pero no existe mediador cuando hay una sola parte, y Dios es uno solo. 21 ¿Eso quiere decir que la Ley se opone a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera! Porque si hubiéramos recibido una Ley capaz de comunicar la Vida, ciertamente la justicia provendría de la Ley. 22 Pero, de hecho, la Ley escrita sometió todo al pecado, para que la promesa se cumpla en aquellos que creen, gracias a la fe en Jesucristo.

El tiempo de la fe [ 23 | 29 ]

23 Antes que llegara la fe, estábamos cautivos bajo la custodia de la Ley, en espera de la fe que debía ser revelada. 24 * Así, la Ley fue nuestro preceptor hasta la llegada de Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. 25 Y ahora que ha llegado la fe, ya no estamos sometidos a un preceptor. 26 Porque todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, 27 ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo. 28 * Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús. 29 Y si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa.
3 6

Gn. 15. 6. Ver Rom. 4. 3

1. Gn. 15. 6:

6 Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.

2. Rom. 4. 3:

3 Abraham creyó en Dios y esto le fue tenido en cuenta para su justificación.
8

Gn. 12. 3; 18. 18

1. Gn. 12. 3:

3 Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra”.

2. 18. 18:

18 siendo así que él llegará a convertirse en una nación grande y poderosa, y que por él se bendecirán todas las naciones de la tierra?
10

Deut. 27. 26. Ver Rom. 7

1. Deut. 27. 26:

26 Maldito sea el que no respeta ni cumple las palabras de esta Ley. Y todo el pueblo responderá: Amén.

2. Rom. 7:

1 ¿Acaso ustedes ignoran, hermanos –hablo a gente que entiende de leyes– que el hombre está sujeto a la ley únicamente mientras vive? 2 Así, una mujer casada permanece ligada por la ley a su esposo mientras él viva; pero al morir el esposo, queda desligada de la ley que la unía a él. 3 Por lo tanto, será tenida por adúltera si en vida de su marido, se une a otro hombre. En cambio, si su esposo muere, quedará desligada de la ley, y no será considerada adúltera si se casa con otro hombre. 4 De igual manera, hermanos, por la unión con el cuerpo de Cristo, ustedes han muerto a la Ley, para pertenecer a otro, a aquel que resucitó a fin de que podamos dar frutos para Dios. 5 Porque mientras vivíamos según la naturaleza carnal, las malas pasiones, estimuladas por la Ley, obraban en nuestros miembros para hacernos producir frutos de muerte. 6 Pero ahora, muertos a todo aquello que nos tenía esclavizados, hemos sido liberados de la Ley, de manera que podamos servir a Dios con un espíritu nuevo y no según una letra envejecida.

7 ¿Diremos entonces que la Ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero yo no hubiera conocido el pecado si no fuera por la Ley. En efecto, hubiera ignorado la codicia, si la Ley no dijera: No codiciarás. 8 Pero el pecado, aprovechando la oportunidad que le daba el precepto, provocó en mí toda suerte de codicia, porque sin la Ley, el pecado es cosa muerta.

9 Hubo un tiempo en que yo vivía sin Ley, pero al llegar el precepto, tomó vida el pecado, 10 y yo, en cambio, morí. Así resultó que el mandamiento que debía darme la vida, me llevó a la muerte. 11 Porque el pecado, aprovechando la oportunidad que le daba el precepto, me sedujo y, por medio del precepto, me causó la muerte.

12 De manera que la Ley es santa, como es santo, justo y bueno el precepto. 13 ¿Pero es posible que lo bueno me cause la muerte? ¡De ningún modo! Lo que pasa es que el pecado, a fin de mostrarse como tal, se valió de algo bueno para causarme la muerte, y así el pecado, por medio del precepto, llega a la plenitud de su malicia.

14 Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. 15 Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. 16 Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. 17 Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, 18 porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. 19 Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. 20 Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí.

21 De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. 22 Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, 23 pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros.

24 ¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte? 25 ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor! En una palabra, con mi razón sirvo a la Ley de Dios, pero con mi carne sirvo a la ley del pecado.
11

Hab. 2. 4. Ver Rom. 1. 17; Heb. 10. 38

1. Hab. 2. 4:

4 El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad.

2. Rom. 1. 17:

17 En el Evangelio se revela la justicia de Dios, por la fe y para la fe, conforme a lo que dice la Escritura: El justo vivirá por la fe.

3. Heb. 10. 38:

38 El justo vivirá por la fe, pero si se vuelve atrás, dejaré de amarlo.
12

Lev. 18. 5

1. Lev. 18. 5:

5 Ustedes cumplirán mis preceptos y mis leyes, porque el hombre que los cumple vivirá gracias a ellos. Yo soy el Señor.
13

Deut. 21. 23. Ver Rom. 8. 3; 2 Cor. 5. 21; Col. 2. 14. Ver nota 2. 19

1. Deut. 21. 23:

23 su cadáver no quedará en el árbol durante la noche, sino que lo enterrarás ese mismo día, porque el que está colgado de un árbol es una maldición de Dios. Y tú no mancharás el suelo que el Señor, tu Dios, te da como herencia.

2. Rom. 8. 3:

3 Lo que no podía hacer la Ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado, y como víctima por el pecado. Así él condenó el pecado en la carne,

3. 2 Cor. 5. 21:

21 A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.

4. Col. 2. 14:

14 Él canceló el acta de condenación que nos era contraria, con todas sus cláusulas, y la hizo desaparecer clavándola en la cruz.
18

Pablo contrapone la «Ley» a la «promesa», para destacar la gratuidad de la «herencia» que Dios concede a los que creen en su Palabra. Si esta herencia estuviera condicionada por la observancia de la Ley, sería una recompensa a los méritos del hombre, y no un don. Dios no condiciona sus dones, sino que los concede gratuitamente, en virtud de su promesa, es decir, de una libre iniciativa de su gracia. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Ver Rom. 4. 2. 13-17

1. Rom. 4. 213-17:

20

Este versículo enfatiza nuevamente la superioridad de la «promesa» respecto de la «Ley»: en la promulgación de la Ley, intervinieron los ángeles y Moisés, como mediadores entre Dios y el pueblo de Israel. En la promesa, por el contrario, no intervino ningún mediador, sino solamente Dios.

24

«Preceptor», en griego «pedagogo», no era un maestro o educador, sino el esclavo que se ocupaba de la disciplina de los niños y los llevaba a la escuela.

28

Ver Col. 3. 11

1. Col. 3. 11:

11 Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos.