Lamentaciones 2: El Libro del Pueblo de Dios - La Biblia

SEGUNDA LAMENTACIÓN

Sión se lamenta porque el Señor la trató como a un enemigo. Su Templo fue incendiado, sus murallas arrasadas y sus puertas arrancadas. El rey y sus príncipes fueron llevados cautivos. Ya no existe la Ley ni hay profetas que hablen en nombre del Señor. Los ancianos están abatidos y los niños desfallecen en las plazas. “¿A quién podré compararte, hija de Jerusalén? Porque tu desastre es inmenso como el mar” (2. 13). ¿Cómo es posible que el Señor haya llegado a ese extremo con la ciudad que era “el estrado de sus pies”? (2. 1).

La indignación del Señor contra Israel [ 1 | 17 ]

1 ¡Cómo cubrió de nubes el Señor,
en su enojo, a la hija de Sión!
Precipitó del cielo a la tierra
la gloria de Israel;
no se acordó del estrado de sus pies,
en el día de su ira.
2 El Señor devoró sin piedad
todas las moradas de Jacob;
derribó en su indignación las fortalezas
de la hija de Judá;
echó por tierra y profanó
el reino y sus príncipes.
3 Abatió, en el ardor de su ira,
toda la fuerza de Israel;
retiró su mano derecha frente al enemigo;
encendió en Jacob una llama como de fuego
que devora a su alrededor.
4 Tendió su arco como un enemigo,
afirmó su mano derecha;
como un adversario,
dio muerte a lo más apuesto de la juventud;
en el campamento de la hija de Sión
derramó como un fuego su furor.
5 El Señor se portó como un enemigo
y devoró a Israel:
devoró todos sus palacios,
destruyó sus fortalezas;
multiplicó en la hija de Judá
las lamentaciones y los lamentos.
6 Desmanteló su morada como una huerta,
arrasó el Lugar de los encuentros.
El Señor hizo olvidar en Sión
las fiestas y los sábados;
despreció, en el ímpetu de su ira,
al rey y al sacerdote.
7 El Señor rechazó su propio altar,
repudió su Santuario;
entregó en manos del enemigo
los muros de sus palacios;
se lanzaron gritos en la Casa del Señor
como en un día de fiesta.
8 El Señor decidió arrasar
la muralla de la hija de Sión:
tomó sus medidas y no retiró su brazo
hasta dejarla derruida;
cubrió de luto el antemural y el muro,
que se desmoronaron juntamente.
9 Sus puertas se hundieron en la tierra,
él quebró sus cerrojos;
su rey y sus príncipes están entre las naciones,
¡no hay más Ley!
Tampoco sus profetas obtienen visiones
de parte del Señor.
10 Están sentados en el suelo, silenciosos,
los ancianos de la hija de Sión;
se han cubierto la cabeza de polvo,
se han vestido con un sayal.
Dejan caer su cabeza hasta el suelo
las vírgenes de Jerusalén.
11 Mis ojos se deshacen en llanto,
me hierven las entrañas;
mi bilis se derrama en la tierra
por el desastre de la hija de mi pueblo,
mientras desfallecen sus niños y pequeños
en las plazas de la ciudad.
12 Ellos preguntan a sus madres:
«¿Dónde hay pan y vino?»,
mientras caen desfallecidos
como heridos de muerte
en las plazas de la ciudad,
exhalando su espíritu
en el regazo de sus madres.
13 ¿A quién podré compararte?
¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén?
¿A quién te igualaré, para poder consolarte,
virgen hija de Jerusalén?
Porque tu desastre es inmenso como el mar:
¿quién te sanará?
14 Tus profetas te transmitieron
visiones falsas e ilusorias.
No revelaron tu culpa
a fin de cambiar tu suerte,
sino que te hicieron
vaticinios falsos y engañosos.
15 Al verte, golpean las manos
todos los que pasan por el camino;
silban y mueven la cabeza
sobre la hija de Jerusalén:
«¿Es ésta el dechado de toda hermosura,
la alegría de toda la tierra?».
16 Abren sus fauces contra ti
todos tus enemigos;
silban, rechinan los dientes,
diciendo: «¡La hemos devorado!
Sí, este es el día que esperábamos:
ya lo alcanzamos, lo estamos viendo».
17 El Señor ha realizado su designio,
ha cumplido su palabra,
la que había decretado hace tiempo:
demolió sin compasión,
hizo que el enemigo se alegrara de tu suerte,
exaltó el poder de tus adversarios.

Exhortación a Jerusalén [ 18 | 22 ]

18 ¡Invoca al Señor de corazón,
gime, hija de Sión!
¡Deja correr tus lágrimas a raudales,
de día y de noche:
no te concedas descanso,
que no repose la pupila de tus ojos!
19 ¡Levántate, y grita durante la noche,
cuando comienza la ronda!
¡Derrama tu corazón como agua
ante el rostro del Señor !
¡Eleva tus manos hacia él,
por la vida de tus niños pequeños,
que desfallecen de hambre
en todas las esquinas!
20 ¡Mira, Señor,
y considera a quién has tratado así!
¿Puede ser que las mujeres se coman a sus hijos,
a los pequeños que antes mimaban?
¿Puede ser que se asesine en el Santuario
al sacerdote y al profeta?
21 En las calles están tendidos
el niño y el anciano;
mis vírgenes y mis jóvenes
cayeron bajo la espada;
tú has sembrado la muerte en el día de tu ira,
has degollado sin piedad.
22 Convocaste como para un día de fiesta
los terrores que me rodean;
en el día de la ira del Señor
no hay escapados ni sobrevivientes.
¡A los que yo había mimado y hecho crecer
los aniquiló mi enemigo!