Jeremías 1: El Libro del Pueblo de Dios - La Biblia

Título [ 1 | 3 ]

1 [bj] 1 Rey. 2. 26-27 [bla] Jer. 32. 7

1 Palabras de Jeremías, hijo de Jilquías, uno de los sacerdotes de Anatot, en territorio de Benjamín.

2 [bj] Sof. 1. 1 [bla] 2 Rey. 21. 24

2 * La palabra del Señor le llegó en los días de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, en el año decimotercero de su reinado; 3 * y también en los días de Joaquím, hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del undécimo año de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, es decir, hasta la deportación de Jerusalén en el quinto mes.

ORÁCULOS CONTRA JUDÁ Y JERUSALÉN

Durante el reinado de Joaquím, Jeremías dictó a Baruc “todas las palabras que el Señor le había dicho” (36. 4), para que él las fijara por escrito. Los oráculos fueron leídos en presencia del rey, pero este, a medida que los escuchaba, fue quemando el rollo en el que estaban escritos. Entonces Jeremías volvió a dictar a Baruc aquellas mismas palabras, y además “fueron añadidas muchas otras” (36. 32).

Este rollo, que contenía las palabras pronunciadas por Jeremías antes del 605 a. C., constituye sin duda la base de los materiales agrupados en los caps. 1-25. Pero en esta sección se han incluido también otros textos de épocas posteriores, en especial las “Confesiones” del profeta, como asimismo algunos pasajes en prosa. Estos últimos, si bien no son la obra personal de Jeremías, expresan al menos su pensamiento, tal como fue reinterpretado por la llamada “escuela deuteronomista”.

COMIENZO DE LA PREDICACIÓN DE JEREMÍAS

En los primeros años de su actividad profética, Jeremías denuncia con tono apasionado la corrupción moral y religiosa de Judá. El profeta apostrofa rudamente a sus oyentes (2. 23-25) y los llama a una sincera conversión, que él quisiera hacer brotar de lo más hondo de los corazones, porque muy pronto comprende que de nada vale reformar las instituciones si no cambia el corazón (3. 224. 1-4). En su lenguaje se refleja la influencia de Oseas, que ya un siglo antes había expresado la relación del Señor con su Pueblo mediante la imagen del amor conyugal. Con el mismo acendrado lirismo, Jeremías evoca la historia del Éxodo para mostrar que Israel había perdido el contacto con sus orígenes. Los tiempos de la marcha por el desierto tenían todo el encanto del “primer amor” (2. 2-3). Pero apenas entró en la Tierra prometida, el Pueblo contaminó el suelo con sus ídolos. Como una esposa infiel, abandonó al Señor, la “fuente de agua viva”, para cavarse “cisternas agrietadas” incapaces de retener el agua (2. 13).

Una sola cosa preocupa por el momento a Jeremías: hacer que Judá se convierta al Señor antes de que sea demasiado tarde. Pero el pueblo y sus dirigentes están más endurecidos que la roca (5. 3) y han perdido la capacidad de escuchar la Palabra de Dios (4. 46. 10). Por eso, el profeta se ve obligado a predecir el castigo que desearía evitarles. En varios poemas de extraordinaria fuerza evocadora, anuncia la llegada de un ejército que viene del Norte, destruyéndolo todo a su paso (1. 14-154. 5-316. 1-30). Este misterioso invasor no tiene por el momento un rostro bien definido. Su verdadero nombre se revelará más tarde, cuando las tropas de Nabucodonosor, rey de Babilonia, estén a las puertas de Jerusalén.

Vocación de Jeremías [ 4 | 10 ]

4-10 [bnp] Éx. 3; 1 Sam. 1-3; Is. 6; Ez. 2

4 La palabra del Señor llegó a mí en estos términos:

5 [bj] Is. 49. 1. 5; Lc. 1. 15; Gál. 1. 15; Rom. 8. 29; Am. 3. 2 [bnp] Sal. 27. 10; Sal. 71. 6; Gál. 1. 15 [bla] Is. 42. 1

5 «Antes de formarte en el vientre materno,
yo te conocía;
antes de que salieras del seno, yo te había consagrado,
te había constituido profeta para las naciones».

6 [bj] Éx. 4. 10; Is. 6. 8+ [bnp] Ecli. 32. 7

6 Yo respondí:
«¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar,
porque soy demasiado joven».

7 [bla] Éx. 4. 11

7 El Señor me dijo: “No digas: ‘Soy demasiado joven’,
porque tú irás adonde yo te envíe
y dirás todo lo que yo te ordene.

8 [bj] Ez. 2. 6 [nba2] Gn. 26. 24; Gn. 28. 15; Jos. 3. 7; Is. 41. 10; Is. 43. 5; Jer. 1. 19; Jer. 15. 20; Jer. 30. 11; Jer. 46. 28; Sal. 73. 25; Hech. 18. 10 [bnp] Sal. 23. 4 [bla] Éx. 3. 12; Jue. 6. 12

8 No temas delante de ellos,
porque yo estoy contigo para librarte
–oráculo del Señor–».

9 [bj] Is. 6. 6-7; Ez. 3. 1-3; 2 Sam. 23. 2; Is. 59. 21 [bnp] Núm. 22. 38

9 * El Señor extendió su mano,
tocó mi boca y me dijo:
«Yo pongo mis palabras en tu boca.

10 [bj] Os. 6. 5; Jer. 18. 7; Jer. 31. 28; Jer. 45. 4 [bla] Hech. 9. 15

10 * Yo te establezco en este día
sobre las naciones y sobre los reinos,
para arrancar y derribar,
para perder y demoler,
para edificar y plantar».

Primeras visiones y revelaciones [ 11 | 19 ]

11 * La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: “¿Qué ves, Jeremías?”. Yo respondí: “Veo una rama de almendro”.

12 [bj] Ez. 12. 28; Is. 55. 10-11; Dn. 9. 14 [bla] Am. 8. 2

12 Entonces el Señor me dijo: “Has visto bien, porque yo vigilo sobre mi palabra para realizarla”.

13 [bj] Jer. 4. 5-31

13 * La palabra del Señor llegó a mí por segunda vez, en estos términos: “¿Qué ves?”. Yo respondí: “Veo una olla hirviendo, que se vuelca desde el Norte”.

14 [bj] Jer. 4. 6; Jer. 6. 1. 22 [bnp] Is. 8. 6-8

14 Entonces el Señor me dijo:
«Del Norte se desencadenará la desgracia
contra todos los habitantes del país.
15 Porque ahora voy a convocar
a todas las familias de los reinos del Norte
–oráculo del Señor–.
Ellos vendrán, y cada uno instalará su trono
a la entrada de las puertas de Jerusalén,
contra todos los muros que la rodean
y contra todas las ciudades de Judá.

16 [bnp] Sal. 50 [bla] 2 Rey. 22. 17

16 Pronunciaré mis sentencias contra ellos,
por todas sus maldades, porque me han abandonado,
han quemado incienso a dioses extraños,
y se han postrado ante las obras de sus manos.

17 [bj] Jer. 1. 7-8 [bla] Is. 50. 7; Ez. 3. 8; Miq. 3. 8

17 En cuanto a ti, cíñete la cintura,
levántate y diles
todo lo que yo te ordene.
No te dejes intimidar por ellos,
no sea que te intimide yo delante de ellos.

18 [bj] Jer. 15. 20 [bnp] Is. 50. 7

18 Mira que hoy hago de ti
una plaza fuerte,
una columna de hierro,
una muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes de Judá y a sus jefes,
a sus sacerdotes y al pueblo del país.

19 [bnp] Jer. 20. 7-11 [bla] Hech. 18. 9; Hech. 26. 17

19 Ellos combatirán contra ti,
pero no te derrotarán,
porque yo estoy contigo para librarte
–oráculo del Señor–».
1 2

“Josías” comenzó a reinar en el 640 a. C. Favorecido por la declinación y la caída del Imperio asirio, el joven rey promovió una drástica reforma política y religiosa, que marcó una etapa importante en la historia de Judá. Pero su trágica y prematura muerte en el enfrentamiento de Meguido (609 a. C.) frustró las esperanzas que él había suscitado. Ver 2 Rey. 22. 1-23. 30

1. 2 Rey. 22. 1-23. 30:

1 Josías tenía ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó treinta y un años en Jerusalén. Su madre se llamaba Iedidá, hija de Adaías, y era de Boscat. 2 Él hizo lo que recto a los ojos del Señor y siguió en todo el camino de su padre David, sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda.

3 El año decimoctavo de su reinado, el rey Josías envió al secretario Safán, hijo de Asalías, hijo de Mesulám, a la Casa del Señor, con este encargo: 4 “Sube a ver a Jilquías, el sumo sacerdote, para que haga el recuento de toda la plata que se ha traído a la Casa del Señor, la que han recaudado del pueblo los guardianes del umbral. 5 Que se la entreguen a los que dirigen las obras, a los supervisores de la Casa del Señor, para que paguen a los que trabajan en reparar las partes deterioradas de la Casa del Señor 6 –a los carpinteros, a los constructores y albañiles– y se pueda comprar la madera y las piedras talladas necesarias para reparar la Casa. 7 Pero que no se les pida cuenta de la plata que se les entrega, porque ellos obran a conciencia”.

8 El sumo sacerdote Jilquías dijo al secretario Safán: “He encontrado el libro de la Ley en la Casa del Señor”. Jilquías entregó el libro a Safán, y este lo leyó. 9 Luego el secretario Safán se presentó ante el rey, y le informó, diciendo: “Tus servidores han volcado la plata que se encontraba en la Casa y se la entregaron a los que dirigen las obras, a los encargados de supervisar la Casa del Señor”. 10 Luego el secretario Safán anunció al rey: “Jilquías, el sacerdote, me ha dado un libro”. Y Safán lo leyó delante del rey.

11 Cuando el rey oyó las palabras del libro de la Ley, rasgó sus vestiduras, 12 y dio esta orden a Jilquías, el sacerdote, a Ajicám, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, a Safán, el secretario, y a Asaías, el servidor del rey: 13 “Vayan a consultar al Señor por mí, por todo el pueblo y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que ha sido encontrado. Porque es grande el furor del Señor que se ha encendido contra nosotros, ya que nuestros padres no han obedecido a las palabras de este libro y no han obrado conforme a todo lo que está escrito en él”.

14 El sacerdote Jilquías, Ajicám, Acbor, Safán y Asaías fueron a ver a la profetisa Julda, esposa de Salúm, hijo de Ticvá, hijo de Jarcás, el encargado del vestuario. Ella habitaba en Jerusalén, en el barrio nuevo. Y cuando terminaron de hablar, 15 les dijo: “Así habla el Señor, el Dios de Israel: Díganle al hombre que los ha enviado: 16 Así habla el Señor: Yo voy a traer una desgracia a este lugar y sobre sus habitantes, cumpliendo así todas las palabras del libro que ha leído el rey de Judá. 17 Porque me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, provocando mi indignación con toda la obra de sus manos, mi furor se ha encendido contra este lugar, y no se extinguirá. 18 Pero al rey de Judá que los envía a consultar al Señor, le dirán: Así habla el Señor, el Dios de Israel: En lo que respecta a las palabras que has escuchado... 19 Porque tu corazón se ha conmovido y te has humillado delante del Señor al oír lo que dije contra este lugar y contra sus habitantes, a saber, que se convertirán en una devastación y en una maldición; porque has rasgado tus vestiduras y has llorado delante de mí, también yo he escuchado –oráculo del Señor–. 20 Por eso, voy a reunirte con tus padres: serás sepultado en paz y tus ojos no verán nada de la desgracia que atraeré sobre este lugar”. Ellos llevaron la respuesta al rey.

1 El rey mandó que se reunieran junto a él todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. 2 Luego subió a la Casa del Señor, acompañado de todos los hombres de Judá y de todos los habitantes de Jerusalén –los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, desde el más pequeño al más grande– y les leyó todas las palabras del libro de la Alianza, que había sido hallado en la Casa del Señor. 3 Después, de pie sobre el estrado, el rey selló delante del Señor la alianza que obliga a seguir al Señor y a observar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, de todo corazón y con toda el alma, cumpliendo las palabras de esta alianza escritas en aquel libro. Y todo el pueblo se comprometió en la alianza.

4 El rey ordenó al sumo sacerdote Jilquías, a los sacerdotes de segundo orden y a los guardianes del umbral, que sacaran del Templo del Señor todos los objetos fabricados en honor de Baal, de Aserá y de todo el Ejército de los cielos; los quemó fuera de Jerusalén, en los baldíos del Cedrón, e hizo llevar sus cenizas a Betel. 5 Suprimió a los sacerdotes que habían establecido los reyes de Judá para quemar incienso en los lugares altos, en las ciudades de Judá y en los alrededores de Jerusalén, y a los que quemaban incienso a Baal, al sol, a la luna, a los signos del zodíaco y a todo el Ejército de los cielos. 6 Sacó del Templo del Señor el poste sagrado, y lo llevó fuera de Jerusalén, al torrente Cedrón; allí lo quemó hasta reducirlo a polvo, y arrojó el polvo a la fosa común. 7 Derribó las casas de las prostitutas sagradas que había en la Casa del Señor, y donde las mujeres tejían mantos para Aserá.

8 Hizo venir de las ciudades de Judá a todos los sacerdotes, y profanó los lugares altos donde esos sacerdotes quemaban incienso, desde Gueba hasta Berseba. Derribó el lugar alto dedicado a los sátiros, que estaba a la entrada de la puerta de Josué, el gobernador de la ciudad, a la izquierda de quien entra por la puerta de la ciudad. 9 Pero los sacerdotes de los lugares altos no podían subir al altar del Señor en Jerusalén, aunque comían los panes ácimos en medio de sus hermanos.

10 Además, profanó el Tófet del valle de Ben Hinnóm, para que nadie inmolara en el fuego a su hijo o a su hija, en honor de Moloc. 11 Suprimió los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al sol, a la entrada de la Casa del Señor, hacia la habitación del eunuco Natán Mélec, en los anexos, y quemó el carro del sol. 12 El rey derribó los altares que estaban sobre las terrazas de la habitación alta de Ajaz, construidos por los reyes de Judá, y también los que había hecho Manasés en los dos atrios de la Casa del Señor; allí mismo los destrozó y arrojó el polvo en el torrente Cedrón. 13 El rey profanó los lugares altos que estaban frente a Jerusalén, al sur del monte de la Destrucción, y que Salomón, rey de Israel, había construido en honor de Astarté, el despreciable ídolo de los sidonios, en honor de Quemós, el despreciable ídolo de Moab, y en honor de Milcóm, el abominable ídolo de los amonitas. 14 También destrozó las piedras conmemorativas, cortó los postes sagrados y cubrió de huesos humanos el lugar ocupado por ellos.

15 Josías derribó también el altar que estaba en Betel, el lugar alto que había edificado Jeroboám, hijo de Nebat, el que hizo pecar a Israel; derribó este altar y su lugar alto, quemó el lugar alto, lo redujo a polvo, y quemó el poste sagrado.

16 Al darse vuelta, Josías divisó las tumbas que había allí, sobre la montaña; mandó recoger los huesos de esas tumbas y los quemó sobre el altar: así lo profanó, conforme a la palabra del Señor que había proclamado el hombre de Dios, mientras Jeroboám estaba de pie junto al altar, durante la fiesta. Al darse vuelta, Josías levantó los ojos y vio la tumba del hombre de Dios que había proclamado estas cosas, 17 y preguntó: “¿Qué mausoleo es ese que veo?”. La gente de la ciudad le respondió: “Es la tumba del hombre de Dios que vino de Judá y proclamó las cosas que tú acabas de hacer contra el altar de Betel”. 18 “Déjenla, dijo el rey; que nadie remueva sus huesos”. Así fueron respetados sus huesos y los del profeta que había venido de Samaría.

19 Josías hizo desaparecer también todas las casas de los lugares altos que se encontraban en las ciudades de Samaría, y que habían hecho los reyes de Israel para provocar la indignación del Señor: hizo con ellas lo mismo que había hecho en Betel. 20 Inmoló sobre los altares a todos los sacerdotes de los lugares altos que había allí, y quemó sobre ellos huesos humanos. Luego regresó a Jerusalén.

21 El rey dio esta orden a todo el pueblo: “Celebren una Pascua en honor del Señor, su Dios, como está escrito en este libro de la Alianza”. 22 Porque no se había celebrado una Pascua como aquella desde el tiempo en que los Jueces habían gobernado a Israel, ni durante todo el tiempo de los reyes de Israel y de Judá. 23 Fue en el año decimoctavo del rey Josías cuando se celebró esta Pascua en honor del Señor, en Jerusalén.

24 Josías eliminó también a los nigromantes, los adivinos, los ídolos familiares, los fetiches y todas las monstruosidades que se veían en el país de Judá y en Jerusalén, para cumplir las palabras de la Ley, escritas en el libro que el sacerdote Jilquías encontró en la Casa del Señor.

25 Antes de Josías no hubo otro rey como él, que se convirtiera al Señor con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, conforme a toda la Ley de Moisés. Y después de él no surgió otro igual. 26 Sin embargo, el Señor no aplacó el ardor de su ira, que se había encendido contra Judá a causa de la gran indignación que le había provocado Manasés. 27 El Señor dijo: “También apartaré de mi presencia a Judá, como aparté a Israel. Y rechazaré a esta ciudad que elegí, a Jerusalén, y a la Casa de la que dije: Allí estará mi Nombre”.

28 El resto de los hechos de Josías y todo lo que él hizo, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Judá?

29 En ese tiempo, el faraón Necao, rey de Egipto, subió en apoyo del rey de Asiria, hacia el río Éufrates. El rey Josías le salió al paso, pero Necao le dio muerte en Meguido, apenas lo divisó. 30 Sus servidores cargaron el cadáver en un carro, lo llevaron de Meguido a Jerusalén y lo sepultaron en su tumba. Entonces el pueblo del país tomó a Joacaz, hijo de Josías, lo ungió y lo proclamó rey en lugar de su padre.
3

Ver 2 Rey. 23. 36-25. 21

1. 2 Rey. 23. 36-25. 21:

36 Joaquím tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Zebidá, hija de Pedaías, y era de Rumá. 37 Él hizo lo que es malo a los ojos del Señor, tal como lo habían hecho sus padres.

1 El noveno año del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con todo su ejército contra Jerusalén; acampó frente a la ciudad y la cercaron con una empalizada. 2 La ciudad estuvo bajo el asedio hasta el año undécimo del rey Sedecías. 3 En el cuarto mes, el día nueve del mes, mientras apretaba el hambre en la ciudad y no había más pan para la gente del país, 4 se abrió una brecha en la ciudad. Entonces huyeron todos los hombres de guerra, saliendo de la ciudad durante la noche, por el camino de la Puerta entre las dos murallas, que está cerca del jardín del rey; y mientras los caldeos rodeaban la ciudad, ellos tomaron por el camino de la Arabá. 5 Las tropas de los caldeos persiguieron al rey, y lo alcanzaron en las estepas de Jericó, donde se desbandó todo su ejército. 6 Los caldeos capturaron al rey y lo hicieron subir hasta Riblá, ante el rey de Babilonia, y este dictó sentencia contra él. 7 Los hijos de Sedecías fueron degollados ante sus propios ojos. A Sedecías le sacó los ojos, lo ató con una doble cadena de bronce y lo llevó a Babilonia.

8 El día siete del quinto mes –era el decimonoveno año de Nabucodonosor, rey de Babilonia– Nebuzaradán, comandante de la guardia, que prestaba servicio ante el rey de Babilonia, entró en Jerusalén. 9 Incendió la Casa del Señor, la casa del rey y todas las casas de Jerusalén, y prendió fuego a todas las casa de los nobles. 10 Después, el ejército de los caldeos que estaba con el comandante de la guardia derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén.

11 Nebuzaradán, el comandante de la guardia, deportó a toda la población que había quedado en la ciudad, a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de los artesanos. 12 Pero dejó una parte de la gente pobre del país como viñadores y cultivadores.

13 Además, los caldeos hicieron pedazos las columnas de bronce de la Casa del Señor, las bases y el Mar de bronce que estaban en la Casa del Señor, y se llevaron el bronce a Babilonia. 14 Tomaron también las ollas, las palas, los cuchillos, las fuentes y todos los objetos de bronce que servían para el culto. 15 El comandante de la guardia tomó asimismo los pebeteros, los aspersorios y todos los objetos de oro y plata. 16 En cuanto a las dos columnas, al único Mar de bronce y a las bases que había hecho Salomón para la Casa del Señor, no se podía evaluar el peso de bronce de todos esos objetos. 17 La altura de una columna era de nueve metros; estaba rematada por un capitel de bronce, y la altura del capitel era de un metro y medio. Sobre el capitel, todo alrededor, había una moldura en forma de red y de granadas, todo de bronce. La segunda columna, con su red, era igual a la primera.

18 El comandante de la guardia apresó a Seraías, el sumo sacerdote, a Sefanías, el segundo sacerdote, y a los tres guardianes del umbral. 19 En la ciudad apresó también a un eunuco, que estaba al frente de los hombres de guerra, a cinco hombres del servicio personal del rey que fueron sorprendidos en la ciudad, al secretario del jefe del ejército, encargado de enrolar al pueblo del país, y a sesenta hombres del pueblo que estaban dentro de la ciudad. 20 Después de tomarlos prisioneros, Nebuzaradán, comandante de la guardia, los llevó ante el rey de Babilonia, a Riblá. 21 El rey de Babilonia los mandó golpear y ejecutar en Riblá, en el país de Jamat. Así fue deportado Judá lejos de su tierra.
9

Ver Is. 6. 7

1. Is. 6. 7:

7 Él le hizo tocar mi boca, y dijo: “Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado”.
10

Ver 31. 28; 18. 7. 924. 6; 32. 41; 42. 10; 45. 4

1. 31. 28:

28 Y así como yo he velado sobre ellos para arrancar y derribar, para demoler, perder y hacer el mal, así también velaré sobre ellos para edificar y para plantar –oráculo del Señor–.

2. 18. 79 :


3. 24. 6:

6 Yo pondré mis ojos sobre ellos para su bien, y los haré volver a este país; los edificaré y no los demoleré, los plantaré y nos los arrancaré.

4. 32. 41:

41 Mi alegría será colmarlos de bienes, y los plantaré sólidamente en este país, con todo mi corazón y con toda mi alma.

5. 42. 10:

10 Si ustedes permanecen en este país, yo los edificaré y no los demoleré, los plantaré y no los arrancaré, porque me arrepiento del mal que les hice.

6. 45. 4:

4 Esto es lo que le dirás a Baruc: Así habla el Señor: Lo que había edificado, lo voy a demoler; lo que había plantado, lo voy a arrancar.
11-12

En hebreo, el “almendro” es designado con una palabra que significa “vigilante”, porque es el primero en florecer, aún antes de despuntar la primavera. Como el almendro vela en medio de la naturaleza dormida, así el Señor está siempre alerta para asegurar el cumplimiento de sus palabras.

13

La “olla” que hierve sobre el brasero es el símbolo de la desgracia que está a punto de abatirse sobre el país. Del “Norte” provenían generalmente los ejércitos invasores de Palestina.