Isaías 40: El Libro del Pueblo de Dios - La Biblia

Segunda Parte del Libro de Isaías

Más de un siglo después de la muerte del profeta Isaías, el pueblo de Judá pierde su independencia. En el 587 a.C., Jerusalén es destruida por los ejércitos de Babilonia y una buena parte de la población es llevada al exilio. Pero, poco tiempo más tarde, también este poderoso imperio comienza a tambalearse. Ciro el Grande, rey de los persas, inicia una fulgurante campaña por todo el Antiguo Oriente y sus victorias hacen prever la inminente caída de Babilonia.

En este horizonte histórico, un nuevo profeta –llamado “Déutero Isaías” o “Segundo Isaías”– dirige a los desterrados un mensaje de liberación, denominado habitualmente “Libro de la consolación de Israel”. Sus palabras están cargadas de entusiasmo y esperanza. El exilio ha sido el fuego purificador del que Israel resurgirá completamente renovado. El único Dios, Creador del universo, Señor de la historia y Redentor de su Pueblo, ha encomendado a Ciro la misión de liberar al “Resto” de Judá. Así, en medio del exilio, el recuerdo del Éxodo adquiere una nueva actualidad: el Señor prepara para su Pueblo un nuevo Éxodo, más admirable aún que el primero. Jerusalén ha sido humillada, pero el Señor se ha compadecido de sus ruinas y ella verá gozosamente el retorno de sus hijos.

En esta segunda parte del libro de Isaías hay cuatro poemas que merecen especial atención: son los “Cantos del Servidor del Señor” (42. 1-7; 49. 1-6; 50. 4-11; 52. 13-53. 12). Este misterioso Servidor ha sido amado y elegido por Dios (42. 1; 49. 1), colmado de su espíritu (42. 1) e instruido por el Señor (50. 4-5). Su misión consiste en reunir a Israel (42. 6; 49. 5-6), en llevar la luz y la salvación a las naciones (42. 1-6; 49. 6) y en expiar los pecados (53. 4-12). Él es humilde y misericordioso (42. 2-3), pero intrépido en el cumplimiento de su misión (42. 3-4; 49. 2; 50. 5-6). Aunque es inocente (53. 9), sufre la persecución y la afrenta y es sometido a un juicio injusto (53. 7-8). Por la humillación, el sufrimiento y la muerte libremente aceptados, él expía los pecados de los hombres. Por eso recibe finalmente de Dios una extraordinaria recompensa (53. 10-12). Estos poemas son una sorprendente anticipación de la figura y de la obra de Jesús, que redime a la humanidad pecadora mediante el misterio de la Cruz y la Resurrección.

El camino del Señor en el desierto [ 3 | 5 ]

3 [bj] Mt. 3. 3p; Mal. 3. 1. 23-24; Ecli. 48. 10; Lc. 1. 76; Is. 45. 2; Lc. 3. 4-6; Bar. 5. 7

3 * Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
4 ¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!

5 [bj] Éx. 24. 16+; Is. 35. 2; Is. 58. 8 ; Is. 60. 1; Is. 1. 20 ; Is. 58. 14

5 Entonces se revelará la gloria del Señor
y todos los hombres la verán juntamente,
porque ha hablado la boca del Señor.

Estabilidad y eficacia de la Palabra de Dios [ 6 | 8 ]

6 * Una voz dice: «¡Proclama!».
Y yo respondo: «¿Qué proclamaré?».
«Toda carne es hierba
y toda su consistencia, como la flor de los campos:

7-8 [bj] Sant. 1. 10-11; 1 Ped. 1. 24-25; Is. 51. 12; Jb. 14. 2; Sal. 37. 2; Sal. 90. 5+; Sal. 103. 15s; Sal. 119. 89; Mt. 24. 35; Jn. 1. 1+

7 la hierba se seca, la flor se marchita
cuando sopla sobre ella el aliento del Señor.
Sí, el pueblo es la hierba.
8 La hierba se seca, la flor se marchita,
pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».

Anuncio de la llegada del Señor [ 9 | 11 ]

9 Súbete a una montaña elevada,
tú que llevas la buena noticia a Sión;
levanta con fuerza tu voz,
tú que llevas la buena noticia a Jerusalén.
Levántala sin temor,
di a las ciudades de Judá:
«¡Aquí está su Dios!».

10 [bj] =Is. 62. 11

10 Ya llega el Señor con poder
y su brazo le asegura el dominio:
el premio de su victoria lo acompaña
y su recompensa lo precede.

11 [bj] Ez. 34. 1+; Dt. 32. 11+; Lc. 15. 5

11 Como un pastor, él apacienta su rebaño,
lo reúne con su brazo;
lleva sobre su pecho a los corderos
y guía con cuidado a las que han dado a luz.

La grandeza incomparable del Señor [ 12 | 17 ]

12 [bj] Jb. 28. 23-27; Jb. 38. 4-5; Prov. 30. 4; Sab. 11. 20

12 ¿Quién midió las aguas en el hueco de su mano
y abarcó con la palma las dimensiones del cielo?
¿Quién hizo caber en una medida el polvo de la tierra
o pesó en una báscula las montañas
y en una balanza la colinas?

13-15 [bj] Rom. 11. 34; 1 Cor. 2. 16; Jb. 15. 8 ; Jb. 21. 22 ; Jb. 36. 22-26; Jb. 38. 2-21; Jer. 23. 18; Prov. 8. 22-31; Ecli. 10. 16-17; Sab. 11. 22

13 * ¿Quién abarcó el espíritu del Señor
y qué consejero lo instruyó?
14 * ¿Con quién se aconsejó para que le hiciera comprender,
para que le enseñara el sendero del derecho,
para que le enseñara la ciencia
y le hiciera conocer el camino de la inteligencia?
15 * Sí, las naciones son como una gota que cae de un balde,
cuentan como un grano de polvo en la balanza;
las islas pesan lo mismo que el polvillo.
16 El Líbano no bastaría para encender fogatas,
sus animales no bastarían para los holocaustos.

17 [bj] Dan. 4. 32; Sal. 62. 10

17 Todas las naciones son como nada ante él,
cuentan para él como la nada y el vacío.

41 [ 6 | 7 ]

6 * Ellos se ayudan mutuamente y uno dice al otro: «¡Fuerza!».

7-8 [bj] Sant. 1. 10-11; 1 Ped. 1. 24-25; Is. 51. 12; Jb. 14. 2; Sal. 37. 2; Sal. 90. 5+; Sal. 103. 15s; Sal. 119. 89; Mt. 24. 35; Jn. 1. 1+

7 El artesano anima al orfebre;
el que forja a martillo, al que golpea el yunque,
diciendo de la soldadura: «¡Está bien!».
Luego se sujeta al ídolo con clavos,
para que no se tambalee.

Isaías 40 [ 20 | 20 ]

20 El que es demasiado pobre
para hacer esa ofrenda
elige una madera que no se pudra
y se busca un hábil artesano
para erigir un ídolo que no se tambalee.

El poder del Señor [ 21 | 26 ]

21 ¿No lo saben acaso?¿Nunca lo han escuchado?
¿No se les anunció desde el principio?
¿No han comprendido cómo se fundó la tierra?

22 [bj] Dn. 4. 32; Dn. 44. 24; Sal. 104. 2

22 Él está sentado sobre la cúpula de la tierra,
donde los habitantes son como langostas.
Él extiende los cielos como un tul,
los despliega como una carpa para habitar en ellos.

23 [bj] Sal. 2. 2-5; Jb. 34. 18-19

23 Él aniquila a los soberanos
y reduce a nada a los árbitros de la tierra:

24 [bj] Is. 17. 13-14

24 apenas plantados, apenas sembrados,
apenas su tallo echa raíz en la tierra,
él sopla sobre ellos y se secan,
y el huracán se los lleva como paja.

25 [bj] Is. 46. 5; Is. 6. 3+

25 «¿A quién me van a asemejar,
para que yo me iguale a él?»,dice el Santo.

26 [bj] 1 Sam. 1. 3+; Bar. 3. 34-35; Sal. 147. 4

26 Levanten los ojos a lo alto
y miren: ¿quién creó todos estos seres?
El que hace salir a su ejército uno por uno
y los llama a todos por su nombre:
¡su vigor es tan grande, tan firme su fuerza,
que no falta ni uno solo!

Exhortación a la confianza [ 27 | 31 ]

27 [bj] Is. 49. 14-16

27 ¿Por qué dices, Jacob,
y lo repites tú, Israel:
«Al Señor se le oculta mi camino
y mi derecho pasa desapercibido a mi Dios»?

28 [bj] Gn. 21. 33; Rom. 11. 34

28 * ¿No lo sabes acaso?¿Nunca lo has escuchado?
El Señor es un Dios eterno,
él crea los confines de la tierra;
no se fatiga ni se agota,
su inteligencia es inescrutable.
29 Él fortalece al que está fatigado
y acrecienta la fuerza del que no tiene vigor.
30 Los jóvenes se fatigan y se agotan,
los muchachos tropiezan y caen.

31 [bj] Sal. 103. 5

31 Pero los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas,
despliegan alas como las águilas;
corren y no se agotan,
avanzan y no se fatigan.
40 1-11

Varias voces resuenan en este gran oráculo introductorio, para anunciar la liberación de los desterrados en Babilonia. Primero, el profeta escucha la voz del Señor, que dirige a sus mensajeros celestiales la orden de consolar a su Pueblo (vs. 1-2). Luego interviene una voz celestial, que invita a preparar un camino en el desierto para el regreso triunfal de los exiliados (vs. 3-5). Inmediatamente, un heraldo misterioso comunica al profeta el mensaje que debe proclamar (vs. 6-8). Por último, un mensajero de buenas noticias recibe la misión de anunciar a todas las ciudades de Judá la inminente llegada del Señor, como rey victorioso y buen pastor de su Pueblo (vs. 9-11).

3-5

Los Evangelios aplican este pasaje a Juan el Bautista. Ver Mt. 3. 3; Mc. 1. 3; Lc. 3. 4; Jn. 1. 23.

1. Mt. 3. 3:

3 A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: ‘Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.’

2. Mc. 1. 3:

3 Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,

3. Lc. 3. 4:

4 como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

4. Jn. 1. 23:

23 Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».
6-8

Ver Sant. 1. 10-11; 1 Ped. 1.24-25.

1. Sant. 1. 10-11:

10 y el rico se alegre cuando es humillado, porque pasará como una flor del campo: 11 apenas sale el sol y calienta con fuerza, la hierba se seca, su flor se marchita y desaparece su hermosura. Lo mismo sucederá con el rico en sus empresas.

2. 1 Ped. 1.24-25:

13

Ver Rom. 11. 34; 1 Cor. 2. 16.

1. Rom. 11. 34:

34 ¿Quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿Quién fue su consejero?

2. 1 Cor. 2. 16:

16 Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor, para poder enseñarle? Pero nosotros tenemos el pensamiento de Cristo.
15

Ver Sal. 62. 10; Sab. 11. 22.

1. Sal. 62. 10:

10 Los hombres no son más que un soplo, los poderosos son sólo una ficción: puestos todos juntos en una balanza, pesarían menos que el viento.

2. Sab. 11. 22:

22 El mundo entero es delante de ti como un grano de polvo que apenas inclina la balanza, como una gota de rocío matinal que cae sobre la tierra.
19-20

Ver 44. 9-20; Jer. 10. 1-16; Sal. 115. 4-7; Sab. 13. 10-14. 21.

1. 44. 9-20:

9 Los fabricantes de ídolos no valen nada, y sus obras más preciadas no sirven para nada; sus testigos no ven ni conocen nada, para su propia vergüenza. 10 ¿Quién modela un Dios o funde una estatua, que no sirven para nada? 11 Sí, todos sus devotos quedarán avergonzados, porque esos artífices no son más que hombres. ¡Que se reúnan todos y comparezcan! ¡Sentirán espanto y confusión a la vez!

12 El herrero forja la imagen, la trabaja al fuego y la modela con el martillo: la trabaja con su brazo robusto. Después siente hambre y decae su fuerza; si no bebe agua, queda agotado. 13 El carpintero toma las medidas con la cuerda, diseña la forma con el estilete, la trabaja con el cincel y la dibuja con el compás; le da figura de hombre y la belleza de un ser humano, para que habite en una casa.

14 Él en efecto, cortó algún cedro, o tomó un roble y una encina que había dejado crecer entre los árboles del bosque, o plantó un abeto que luego la lluvia hizo crecer. 15 El hombre se sirve de ellos para hacer fuego, los toma para calentarse y también los enciende para cocer el pan. Pero, además, hace con ellos un dios y se postra ante él; hace un ídolo y lo adora. 16 Él hace arder al fuego la mitad de la madera, y asa la carne sobre las brasas; luego come la carne asada y se sacia. También se calienta y exclama: “¡Voy entrando en calor, mientras miro las llamas!”. 17 Con el resto, hace un dios, su ídolo, y lo adora; se postra y le suplica, diciendo: “¡Líbrame, porque tú eres mi dios!”.

18 Ellos no saben ni comprenden, porque tienen tan tapados los ojos y el corazón, que no pueden ver ni entender. 19 Ninguno reflexiona, ni tiene conocimiento e inteligencia, para pensar: “Quemé la mitad al fuego, hice cocer el pan sobre las brasas, asé la carne y la comí, y con el resto, haré una Abominación: ¡Voy a adorar un tronco de árbol!”. 20 ¡Él se alimenta de ceniza, su corazón engañado lo extravía! Ya no puede librarse ni decir: “¿No es una mentira lo que tengo en mi mano?”.

2. Jer. 10. 1-16:

1 ¡Escuchen, casa de Israel, la palabra que les dirige el Señor! 2 Así habla el Señor: No imiten las costumbres de los paganos ni se atemoricen por los signos del cielo, porque son los paganos los que temen esas cosas.

3 Sí, el Terror de los pueblos no vale nada: es una madera que se corta en el bosque, una obra cincelada por la mano del orfebre;

4 se la embellece con plata y oro, se la asegura con clavos y martillos, para que no se tambalee.

5 Ellos son como un espantapájaros, en un campo de pepinos; no pueden hablar, hay que transportarlos, porque no dan ni un paso. ¡No les tengan miedo, no hacen ningún mal, ni tampoco son capaces de hacer el bien!

6 No hay nadie como tú, Señor: tú eres grande y es grande la fuerza de tu Nombre.

7 ¿Quién no sentirá temor de ti, Rey de las naciones? Sí, eso es lo que te corresponde, porque entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos, no hay nadie como tú.

8 Todos ellos, por igual, son estúpidos y necios: vana es su enseñanza, no son más que madera,

9 plata laminada traída de Tarsis y oro de Ufaz, obra de un orfebre, de las manos de un fundidor, con vestiduras de púrpura y carmesí: ¡obra de artesanos es todo eso!

10 Pero el Señor es el Dios verdadero, él es un Dios viviente y un Rey eterno. Cuando él se irrita, la tierra tiembla y las naciones no pueden soportar su enojo.

11 Esto es lo que ustedes dirán de ellos: “Los dioses que no hicieron ni el cielo ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo del cielo”.

12 Con su poder él hizo la tierra, con su sabiduría afianzó el mundo, y con su inteligencia extendió el cielo.

13 Cuando él truena, retumban las aguas en el cielo, hace subir las nubes desde el horizonte, desata la lluvia con los relámpagos, hace salir el viento de sus depósitos.

14 El hombre queda aturdido, sin comprender, el fundidor se avergüenza de su ídolo, porque su estatua es una mentira, y en nada de eso hay aliento de vida;

15 son pura vanidad, una obra ridícula, perecerán cuando haya que dar cuenta.

16 Pero no es como ellos la Parte de Jacob, porque él ha modelado todas las cosas; Israel es la tribu de su herencia, su nombre es: “Señor de los ejércitos”.

3. Sal. 115. 4-7:

4 Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres.

5 Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven; 6 tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen.

7 Tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta.

4. Sab. 13. 10-14. 21:

10 ¡Desgraciados, porque han puesto su esperanza en cosas muertas, los que llamaron dioses a obras fabricadas por las manos del hombre, al oro y la plata trabajados con arte, a figuras de animales, o a una piedra sin valor esculpida por una mano antigua!

11 Tomemos, por ejemplo, un leñador: él derriba con la sierra un árbol fácil de voltear, le quita hábilmente toda la corteza, lo trabaja con maestría y hace con él un objeto útil para el uso común.

12 Con las astillas que sobran calienta su comida y sacia su apetito.

13 Pero queda todavía un resto que no sirve para nada, un tronco retorcido y lleno de nudos: él lo toma, lo esculpe para llenar sus ratos de ocio, lo talla con habilidad en sus momentos libres, y le da forma humana

14 o lo hace semejante a un vil animal. Después, lo recubre de minio, colorea la superficie de rojo, y disimula todos sus defectos con un enduido;

15 le prepara un sitio adecuado, lo coloca en la pared y lo asegura con un clavo.

16 De esa manera, toma precauciones para que no se caiga, sabiendo que no puede valerse por sí mismo, porque no es más que una imagen y tiene necesidad de ayuda.

17 Sin embargo, cuando ruega por sus bienes, por su hogar o sus hijos, no se avergüenza de dirigir la palabra a ese objeto sin vida: ¡reclama salud a un inválido,

18 implora vida a un muerto, pide socorro al más inexperto; al emprender un viaje, ruega al que es incapaz de dar un paso;

19 para sus ganancias, sus empresas y el éxito de sus trabajos, pide vigor al que no tiene en sus manos ningún vigor!

1 Otro se embarca dispuesto a surcar las olas bravías e invoca a una madera más carcomida que la nave que lo lleva.

2 Porque esa nave fue concebida por el afán de lucro y construida por la sabiduría artesanal,

3 pero es tu Providencia, Padre, la que dirige el timón. Sí, tú has abierto un camino en el mar y un sendero seguro entre las olas,

4 mostrando así que puedes salvar de todo peligro, incluso si uno se embarca sin ninguna experiencia.

5 Tú no quieres que las obras de tu Sabiduría sean estériles: por eso los hombres confían su vida a una simple madera, y atraviesan a salvo las olas sobre una frágil embarcación.

6 Así, en el principio, mientras perecían los gigantes orgullosos, la esperanza del mundo se refugió en una frágil embarcación, que, dirigida por tu mano, dejó al futuro el germen de nuevas generaciones.

7 Bendita la madera convertida en instrumento de justicia,

8 pero maldito el ídolo hecho por manos humanas, tanto él como su autor: éste por haberlo fabricado y aquel porque, siendo corruptible, fue llamado dios.

9 Porque Dios detesta igualmente al impío y su impiedad,

10 y el objeto fabricado será castigado junto con su autor.

11 Por eso también serán juzgados los ídolos de las naciones, ya que, entre las criaturas de Dios, se convirtieron en una abominación, en motivo de escándalo para las almas de los hombres y en una trampa para los pies de los insensatos.

12 La invención de los ídolos es el origen de la fornicación, y su descubrimiento, la corrupción de la vida.

13 Ellos no existían al principio ni existirán para siempre,

14 sino que entraron en el mundo por la superstición humana: por eso les está reservado un rápido fin.

15 Un padre, afligido por un duelo prematuro, encarga una imagen de su hijo tan pronto arrebatado, y al que antes no era más que un cadáver, ahora lo honra como a un dios y transmite a los suyos misterios y ritos.

16 Luego, con el tiempo, esta impía costumbre es observada como ley.

17 Asimismo, por orden de los soberanos, se rendía culto a las estatuas: como no se los podía honrar en persona, a causa de la distancia, reprodujeron esa figura lejana, fabricando una imagen visible del rey que veneraban; así se adulaba con fervor al ausente como si estuviera presente.

18 La ambición del artista contribuyó a extender este culto, atrayendo incluso a los que ni siquiera conocían al rey,

19 porque aquel, deseoso sin duda de complacer al soberano, empleó todo su arte para hacerlo más hermoso de lo que era;

20 y la gente, seducida por el encanto de la obra, convirtió en objeto de adoración al que poco antes honraba como a un hombre.

21 Y esto resultó una asechanza para los vivientes, ya que los hombres, víctimas del infortunio o de la tiranía, atribuyeron a piedras y maderas el Nombre incomunicable.