San JUAN CRISÓSTOMO

HOMILÍAS SOBRE EL EVANGELIO DE SAN MATEO

HOMILÍA 34

Cuando se os expulse de una ciudad, huid a otra. En verdad os digo: No terminaréis las ciudades de Israel hasta que venga el Hijo del hombre. (Mt. 10. 23)

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MOTIVOS DE ALIENTO QUE DA EL SEÑOR A SUS DISCÍPULOS

Después de hablarles de todos aquellos horrores y calamidades capaces de quebrantar un diamante, es decir, de lo que había de acontecerles después de su resurrección y ascensión a los cielos, vuelve el Señor su razonamiento a cosas más suaves y concede unos momentos de respiro a sus atletas, a la vez que les infunde la más completa confianza. Porque no les mandó que al ser perseguidos atacaran también ellos de frente, sino que huyeran. Y es que, como estaban sus discípulos aún en los comienzos, usa el Señor con ellos de palabra más condescendiente. Así no les habló de las persecuciones que luego sufrirían, sino de las que habían de preceder a la cruz y a la pasión. Es lo que les puso de manifiesto al decirles: No terminaréis las ciudades de Israel hasta que venga el Hijo del hombre. (Mt. 10. 23) Para que no le objetaran: "¿Y qué haremos si huimos al ser perseguidos y luego nos expulsan también de donde fuimos a refugiarnos?" El Señor les quita este temor, diciéndoles: "No habréis dado la vuelta a la Palestina antes que yo venga a recogeros". Y observad aquí cómo no trata el Señor de eliminar los trabajos, sino que promete su asistencia en los peligros. Porque no dijo: "Yo os arrebataré y desharé la persecución". ¿Pues qué dijo? No habréis terminado las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre. Y es que con sólo verle a Él bastaba para su consuelo. Pero considerad también, os ruego, cómo no siempre lo deja el Señor todo a la gracia, sino que manda que contribuyan también ellos de su parte. Si teméis —les dice—, huid, y no temáis. Y no les manda que sean ellos los primeros en emprender la fuga, sino que si se los hostiga, se retiren. Y tampoco es muy larga la distancia que les señala, sino la que supone ir recorriendo las ciudades de Israel.

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EL SEÑOR LOS PREPARA CONTRA LA MALEDICENCIA

Seguidamente prepara el Señor a sus discípulos para otra parte de filosofía. Primero había expulsado de ellos toda ansiedad por el sustento, luego les quitó el miedo a los peligros; ahora se lo quita también a la maledicencia. De la ansiedad por el sustento los libró cuando les dijo: Digno es el trabajador que se le pague su salario (Lc. 10. 7) , a la vez que les hizo ver cómo muchos estarían prontos a darles acogimiento. Del temor a los peligros: No os preocupéis de cómo y qué hablaréis. (Mt. 10. 19) Y: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará. (Mt. 10. 22) Pero como, naturalmente, los discípulos habían de sufrir posteriormente de la maledicencia, cosa que a muchos se les hace más dura qué cualquiera otra, mirad de qué manera los consuela también aquí en eso, no menos que con su propio ejemplo y lo que contra Él se había dicho. Que era el mejor consuelo que les podía dar. Porque a la manera que antes les había dicho: Seréis aborrecidos de todos (Mt. 10. 22) , pero añadió en seguida: Por causa de mi nombre; así también los consuela aquí, si bien añade algo más a lo ya dicho. ¿Qué es lo que añade? No está el discípulo —dice— por encima de su maestro, ni el esclavo por encima de su amo. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al amo de casa le han llamado Belcebú, ¿cuánto más no llamarán a sus criados? Así, pues, no los temáis. (Mt. 10. 23-25) Mirad cómo aquí se nos revela Cristo Dueño soberano de todas las cosas, como Dios y creador. ¿Pues qué? No está el discípulo por encima de su maestro, ni el esclavo por encima de su amo. Mientras uno es discípulo o esclavo, no puede, efectivamente, igualarse en honor a su maestro o amo. Porque no me vendrás aquí con algunas raras excepciones; el razonamiento del Señor hay que tomarlo por lo general. Y observad que no dice: "¡Cuánto más a sus esclavos!", sino a sus criados, con lo que les da una grande prueba de consideración, como les decía en otra ocasión: Ya no os llamo esclavos. Vosotros sois mis amigos (Jn. 15. 15) , Tampoco dijo de modo general: ''Si al amo de casa le han injuriado y calumniado", sino que pone también la especie de injuria: Si al amo le han llamado Belcebú. (Mt. 10. 25)

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NADA HAY OCULTO QUE NO SE REVELE

Otro consuelo da seguidamente el Señor a sus discípulos no menor que el pasado. En realidad, éste era el más grande; pero como no estaban aún ellos muy hechos a su filosofía divina, necesitaban de otro que pudiera reanimarlos, y éste es el que les propone ahora. Aparentemente, lo que va a decir el Señor tiene un carácter general; sin embargo, no habla ahí de todas las cosas en general, sino sólo del asunto que entonces trataba. ¿Qué dice en efecto? No los temáis, porque nada hay oculto que no haya de revelarse; nada hay escondido que no haya de conocerse. (Mt. 10. 26) Como si dijera: Para vuestro consuelo, basta que yo, que soy vuestro maestro y señor, haya recibido las mismas injurias que vosotros; mas, si todavía os duele oírlas, considerad también una cosa, y es que poco tiempo ha de pasar sin que os veáis libres de tales sospechas. ¿De qué os doléis, efectivamente? ¿De que os llamen hechiceros y embaucadores? Pues aguardad un poco, y todos a una voz os proclamarán por salvadores y bienhechores de toda la tierra. El tiempo saca a la luz cuanto se oculta en las sombras y él demostrará la calumnia de vuestros enemigos y hará patente vuestra virtud. Porque cuando los hechos mismos demuestren que vosotros habéis sido los luminares y bienhechores del mundo y que practicasteis todas las virtudes, los hombres no atenderán a las palabras de vuestros enemigos, sino a la verdad de los hechos. Y entonces ellos aparecerán como sicofantas, embusteros y maldicientes, y vosotros más brillantes que el sol. El largo tiempo será el que os descubra y os proclame, él el que dará en favor vuestro una voz más clara que la de una trompeta y el que hará a todos los hombres testigos de vuestra virtud. No os abatáis, pues, por lo que ahora digan contra vosotros; levantaos más bien la esperanza de los bienes por venir. Porque es imposible que vuestra virtud quede para siempre escondida.

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LIBERTAD CON QUE HABÍAN DE PREDICAR LOS APÓSTOLES

Una vez, pues, que hubo el Señor librado a sus apóstoles de toda angustia, de todo temor y preocupación; una vez que los hubo hecho superiores a toda injuria, creyó venido el momento de hablarles de la libertad con que habían de predicar su doctrina: Lo que yo os digo —dice— en las sombras, decidlo vosotros en la luz; y lo que oís al oído, pregonadlo por los tejados. (Mt. 10. 27) Realmente, ni había sombras cuando el Señor les hablaba ni tampoco conversaba con ellos al oído. Se trata de una hipérbole de lenguaje. Como conversaba con ellos solos y allá en un rincón de Palestina, de ahí que pudiera ahora hablar de cosas dichas entre sombras y al oído. Era comparar el modo como entonces los instruía con la libertad de palabra que luego habían de tener y que Él mismo les daría. Porque vosotros —les dice— no predicaréis a una, a dos o a tres ciudades, sino al mundo entero, recorriendo tierra y mar, lo habitado y lo inhabitado, hablando a cara descubierta y con toda, libertad, a tiranos y pueblos, a filósofos y a oradores. Por eso, dijo: Sobre los tejados. Y: En la luz, sin disimulo ninguno, con toda libertad. Y ¿por qué no dijo solo: Pregonadlo sobre los tejados y decidlo en la luz, sino que puso antes que Él les hablaba entre sombras y ellos oían al oído? Porque de este modo quería levantar sus pensamientos. Como les decía en otra ocasión: El que cree en mí, las obras que yo hago también las hará, él, y aun mayores que éstas hará (Jn. 14. 12) ; así también aquí les quiere dar a entender que todo lo ha de hacer por medio de ellos, y hasta más que por sí mismo. Los principios —les dice— y como los preludios los he puesto yo, pero lo más importante lo que quiero llevar a cabo por medio vuestro. Este lenguaje no es ya solo de uno que manda, sino de profeta que predice lo por venir y que infunde aliento con sus palabras y les hace ver a los suyos que en todo habían de salir vencedores. Y esto era también enterrar definitivamente toda su angustia por la maledicencia. Porque así como esta predicación, oculta al principio, había luego de invadirlo todo; así, por lo contrario, las calumnias de los judíos se desvanecerían rápidamente.

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NO TEMER A QUIENES NO PUEDEN MATAR EL ALMA

Ya, pues, que ha animado el Señor y levantado a sus apóstoles, nuevamente les profetiza los peligros por los que habrían de pasar, y nuevamente también presta alas a sus almas y los levanta por encima de todas las cosas. Pues ¿qué les dice? No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.¡Mirad cómo los pone por encima de todo! Porque no les persuade a despreciar sólo toda solicitud y la maledicencia, y los peligros, y las insidias, sino a la muerte misma, que parece ser lo más espantoso de todo. Y no sólo la muerte en general, sino hasta la muerte violenta. Y no les dijo simplemente: "Se os matará", sino que todo lo expresó con la magnificencia que dice con Él mismo: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed más bien al que puede echar alma y cuerpo en el infierno. (Mt. 10. 28) Como lo hace siempre, también aquí lleva su razonamiento al extremo opuesto. Porque ¿qué es lo que viene a decir? ¿Teméis la muerte, y por eso vaciláis en predicar? Justamente porque teméis la muerte, tenéis que predicar, pues la predicación os librará de la verdadera muerte. Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida, contra lo que es principal en vosotros, nada han de poder, por más que se empeñen y porfíen. De ahí que no dijo: "No temáis a los que no matan", sino: a los que no pueden matar el alma. Es decir, que, aun cuando quieran, no han de lograrlo. De suerte que, si temes el suplicio, teme el que es mucho más grave que la muerte del cuerpo. Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor librarlos de la muerte. No, permite que mueran; pero les hace merced mayor que si no lo hubiera permitido. Porque mucho más que librarlos de la muerte es persuadirlos que desprecien la muerte. Así, pues, no los arroja temerariamente a los peligros, pero los hace superiores a todo peligro. Y notad cómo con una breve palabra fija el Señor en sus almas el dogma de la inmortalidad del alma y cómo, plantada en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por otros razonamientos.

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LA CONFIANZA EN LA PROVIDENCIA DEL PADRE

Y, en efecto, para que no pensasen que, si morían y se los pasaba a cuchillo, se debía a estar abandonados de Dios, nuevamente habla el Señor de su providencia, diciendo: ¿No es así que dos pajarillos se venden por un as? Y, sin embargo, ni uno de ellos caerá en el lazo sin permisión de vuestro Padre, que está en los cielos. En cuanto a vosotros, aun los cabellos de vuestra cabeza están contados todos (Mt. 10. 29-30) . Como si dijera: ¿Qué cosa de menos valor que unos pajarillos? Y, sin embargo, ni ésos serán cogidos en el lazo sin conocimiento de vuestro Padre. No dice que sea Dios quien los haga caer en el lazo, pues ello sería indigno de Dios, sino que nada de cuanto acontece le pasa inadvertido. Si, pues, Dios no ignora nada de cuanto acontece y a vosotros os ama con más sincero amor que el de un padre, y hasta tal punto os ama que tiene contados los cabellos de vuestra cabeza, no hay motivo para que temáis. Pero tampoco quiso decir que Dios cuente realmente uno por uno nuestros cabellos. Con esas palabras quiso el Señor po-nerles de manifiesto el cabal conocimiento y la grande provi-dencia que de ellos tenía. Si, pues, Él sabe todo lo que os pasa y puede y quiere salvaros, sufráis lo que sufráis, no penséis que lo sufrís por estar de Él abandonados. Realmente, no quiere el Señor librar a los suyos de sufrir, sino enseñarles a menospreciar el sufrimiento, pues ésta es sin duda la más cabal liberación del sufrimiento. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. (Mt. 10. 31) ¿Veis cómo ya el miedo se había apoderado de los apóstoles? Bien conocía el Señor los secretos de su alma. De ahí que prosiguiera: No los temáis, pues. Aun cuando lleguen a dominaros, sólo dominarán lo que hay de inferior en vosotros, es decir, vuestro cuerpo. Y éste, aun cuando no lo mataran vuestros enemigos, la naturaleza vendrá sin remedio a arrebatároslo.

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EXHORTACIÓN AL TEMOR DE DIOS

De manera que ni aun en eso tienen vuestros enemigos verdadero poder, sino que se lo deben a la naturaleza. Y si eso temes, mucho más es razón que temas lo que es más que eso; que temas al que puede echar alma y cuerpo en el infierno. No dice claramente el Señor ser Él quien tiene ese poder de echar cuerpo y alma en el infierno; pero por lo que anteriormente ha afirmado, bien claramente da a entender que ni es el juez. Pero ahora sucede todo lo contrario: al que puede perder, es decir, castigar nuestra alma, no le tememos; en cambio, temblamos ante quienes tienen poder de matar el cuerpo. Y, sin embargo, Dios castiga juntamente alma y cuerpo; mas los hombres, no ya al alma, al cuerpo mismo, no son capaces de castigarle. Le podrán infligir mil suplicios; pero con eso sólo conseguirán aumentar su gloria. ¿Veis cómo el Señor les hace fáciles los combates? Sin duda, el espectro de la muerte había abatido a los discípulos—una muerte que todavía respiraba fiereza—, pues no había aún sido domada, y los que luego habían de despreciarla, no habían aún recibido la gracia del Espíritu Santo.

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CONFESAR A JESÚS ANTE LOS HOMBRES

Ahora, pues, que el Señor ha expulsado del alma de sus discípulos el miedo y la angustia que la agitaba, nuevamente los anima por lo que sigue, expulsando un temor por otro temor, si bien no sólo por temor, sino también por la esperanza de grandes bienes. Así, con gran autoridad les amenaza, y por uno y otro lado, por el temor y la esperanza, los incita a la libertad con que han de decir la verdad y les dice: Todo aquel que confesare por mí delante de los hombres, yo también le confesaré a él delante de mi Padre, que está en los cielos. (Mt. 10. 32) No los exhorta, pues, solamente con la perspectiva del premio, sino también con la contraria, y de hecho termina por lo triste. Y notad la precisión de sus palabras, pues no dijo: "El que me confesare a mí", sino: El que confesare por mí, con lo que dio a entender que el que confiesa, no confiesa por propia virtud, sino porque es ayudado de lo alto. En cambio, hablando del que le niega, ya no dijo: "El que negare por mí, sino: El que me negare a mí, porque el que niega, por estar abandonado de la gracia niega. —Entonces —dirás— ¿qué culpa tiene el que niega, si niega por haber sido abandonado? —Tiene culpa, porque el haber sido abandonado dependió del mismo que fue abandonado. —Pero ¿por qué razón no basta la fe interior, sino que nos exige también el Señor que le confesemos con la boca? —Es que quiere prepararnos para la libertad de palabra, para mayor amor y prontitud, para mayor elevación de nuestra alma. De ahí que ahora habla con todos sin excepción y no sólo personalmente a los apóstoles. No sólo a sus discípulos, sino también a los discí-pulos de éstos, trata el Señor de hacerlos generosos. Y es así que quien se penetre de esta palabra del Señor, no sólo enseñará con libertad, sino que todo lo sufrirá fácil y animosamente. De hecho, el haber creído esa palabra atrajo a muchos hacia los apóstoles. Y, en efecto, la dilación del castigo aumenta el suplicio; pero la dilación del premio aumenta la recompensa. Y es que, como con el tiempo gana el que hace bien, y el pecador cree también ganar por el aplazamiento del castigo, el Señor vino a introducir un como equilibrio o, por mejor decir, una mayor ventaja, cual es el aumento de las recompensas. ¿Has ganado ya —parece decirte— por el hecho de haberme confesado primero en el mundo? Pues aún te haré ganar yo más al darte mayor recompensa, e inefablemente mayor, pues yo te confesaré en el cielo. ¿Veis cómo bienes y males están reservados para la eternidad? ¿A qué, pues, corres y te apresuras? ¿A qué buscar aquí recompensa, cuando es la esperanza la que te salva? No, si haces algún bien y no recibes el galardón en esta vida, no te turbes, pues te espera en la otra una recompensa con creces. Y si haces algún mal y no sufres el castigo, no por eso seas negligente, pues si no te conviertes y corriges, te espera el castigo en la eternidad, Si no lo crees, conjetura lo por venir por lo presente. En efecto, si en el tiempo de los combates, tan gloriosos son los que confiesan a Cristo, considera cómo serán en la hora de las coronas. Y si ahora aplauden hasta los enemigos, ¿cómo no te admirará y proclamará el que te ama con amor mayor que el de todos los padres? Allí, allí están las recompensas de nuestras buenas obras; allí también los castigos de las malas. Aunque, a decir verdad, los que niegan a Cristo, sufren en ésta y en la otra vida: en ésta, porque viven con el torcedor de su mala conciencia, y, aunque de pronto no mueran, han de morir sin remedio; y en la otra, porque se los condenará a eterno suplicio. Los que Fe confiesan, en cambio, ganan aquí y en la eternidad. Aquí, porque mueren, y su muerte los hace más gloriosos que los mismos que viven, y en la eternidad, porque gozarán de bienes inefables. Porque Dios no está dispuesto sólo a castigar, sino también premiar, y más se inclina al premio que al castigo. Pero ¿por qué razón el premio sólo una vez lo puso el Señor, y el castigo dos? Porque sabía que sus oyentes se corregían mejor de ese modo. Por eso, después de haber dicho: Temed al que puede arrojar cuerpo y alma al infierno, todavía añadió: Yo también le negaré. (Mt. 10. 33) Así hacía también Pablo, que recuerda continuamente el infierno.

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CONVIENE QUE LOS CUERPOS SE CORROMPAN

De todos estos modos ha preparado, pues, el Señor, a sus discípulos: les ha abierto los cielos, les ha puesto delante el espantoso tribunal, les ha dado por espectadores a los ángeles, pues ante ellos Él los proclamará vencedores y por todos estos medios ha allanado grandemente el camino a la palabra de la religión. Ahora, para que su cobardía no fuera un obstáculo a la predicación, les manda que estén preparados hasta para el derramamiento de su sangre, y de este modo les hace saber que quienes permanecieran en el error pagarían también haber tramado contra ellos esas asechanzas. Despreciemos, pues, la muerte, aunque no estemos ahora en momentos en que se nos exija morir, puesto que hemos de resucitar a mejor vida. ¿Me objetáis que nuestro cuerpo se corrompe? Pues justamente es motivo de alegría que se corrompa la muerte, que perezca la mortalidad y no la sustancia misma del cuerpo. Si vierais fundir una estatua, no lo tendríais por una pérdida, sino por mejor empleo de la materia. Pensad, pues, lo mismo acerca del cuerpo y no lloréis. De lo que habría que llorar sería que permaneciera siempre en el castigo. —Pero los cuerpos—insistís—tendrían que pasar a la incorrupción final sin corromperse y permaneciendo siempre íntegros. — ¿Y qué provecho sacarían de ahí los vivos y aun los muertos? ¿Hasta dónde llevaréis el amor al cuerpo? ¿Hasta cuándo, pegados a la tierra, correréis des-alados tras las sombras? ¿Qué ventaja habría en ello? O, por mejor decir, ¿qué daño no se seguiría de ahí? Si los cuerpos no se corrompieran, en primer lugar, la soberbia, que es el mayor de los males, se afianzaría más en muchos hombres. Porque si, aun corrompiéndose y convirtiéndose en manantial de gusanos, ha habido tantos que han querido se los tuviera por dioses, ¿qué hubiera sido de permanecer los cuerpos intactos? En segundo lugar, nadie creería que los cuerpos proceden de la tierra; pues si, aun atestiguándolo así su último paradero, hay quienes lo ponen en duda, ¿qué se imaginarían de no verlo con sus ojos? En tercer lugar, se tendría vehemente amor a los cuerpos, y la mayor parte de las gentes se harían, aún más carnales y más groseras de lo que son. Porque si aun ahora, desaparecidos los cuerpos, hay quienes se abrazan a los sepulcros y a los ataúdes, ¿qué no harían si tuvieran delante la imagen intacta de los mismos? En cuarto lugar, se disminuiría el deseo de los bienes venideros. Quinto, los que afirman que el mundo es eterno, tendrían ahí un argumento para confirmarlo y negarían que Dios sea su creador. Sexto, no se reconocería la virtud del alma y cómo, con su presencia, es alma del cuerpo. Séptimo, muchos de los que han perdido a sus familiares, dejando las ciudades, se irían a morar en los sepulcros o cementerios y se enajenarían en conversación perpetua con los muertos. Porque si ahora, por un simple retrato que forman, ya que no pueden retener el cuerpo —imposible intento, como quiera que éste se desvanece y huye a despecho de todos—; si ahora, digo, hay quienes se están clavados en los cuadros, ¿qué absurdos no excogitarían en el otro caso? Yo creo que el vulgo llegaría a construir templos a tales cuerpos, y los que son hábiles en estos embustes tratarían de convencernos que los demonios hablaban por ellos, pues aun ahora, cuando los cuerpos se han convertido en polvo y ceniza, se empeñan todavía en persuadírnoslo, ésos que se dan a la ignorancia e inventan cosas aún más absurdas. ¿Y cuántas idolatrías no se seguirían de todo eso? De ahí que Dios, para cortar todos estos inconvenientes y juntamente enseñarnos a desprendernos de todo lo terreno, hace desaparecer el cuerpo de nuestros ojos. Así el amador de la carne, y que locamente se enamora de una bella muchacha, si por razón no quiere disuadirse de lo frágil de la materia, tendrá que verlo por sus propios ojos. Muchas, en efecto, de la misma edad de la que él ama, y muchas veces más brillantes de hermosura que ella misma, un día y dos después de muertas, ya despedían hedor intolerable y manaban corrupción y gusanos. Considera, pues, la belleza que amas, considera la bella forma que te enamoras. Si los cuerpos, sin embargo, no se corrompieran, no pudiera tan claramente aprenderse esta verdad, sino que como los demonios corren a los sepulcros, así los amantes esos irían a sentarse junto a las tumbas de sus amadas, sin moverse de allí, y, apoderán-dose los demonios mismos de su alma, morirían rápidamente, víctimas de esta grave locura. Ahora, sin embargo, entre los otros consuelos que tiene el alma, uno es no ver la imagen del objeto amado, con lo que va olvidándose de su pasión.

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EL ALMA, FUENTE DE TODA BELLEZA

De no ser así, no habría sepulturas, sino que veríamos las ciudades llenas de cadáveres en lugar de estatuas, pues todos desearían contemplar a sus propios muertos. La confusión que de ahí resultaría sería enorme, y nadie del vulgo se cm. daría para nada de su alma ni consentiría que le viniera el pensamiento de la inmortalidad. En fin, muchos otros inconvenientes se seguirían que no es bien ni hablar de ellos. El cuerpo se pudre inmediatamente, para que podáis ver al desnudo la belleza del alma. Pues si el alma es la causa de toda aquella belleza y vida, mucho más bella y viva será ella en sí misma. Si de tal manera transfigura un objeto tan repugnante y feo, mucho más se transfigurará a sí misma. Porque lo bello no es el cuerpo en sí mismo, sino su configuración, y aquella flor que el alma tiñe su sustancia. Pero ¿qué digo después de la muerte? En la vida misma quiero mostrarte cómo toda la belleza depende del alma. Cuando el alma goza, un color de rosa se esparce por las mejillas; si el alma sufre, desaparece la belleza de la rosa y un manto negro lo recubre todo. Si el alma vive en perpetua alegría, el cuerpo no conoce padecimiento ninguno; mas si el alma sufre, el cuerpo se vuelve más tenue y más débil que una tela de araña. Si el alma se irrita, hace también al cuerpo repelente y feo; mas, si la mirada es serena; también el cuerpo se agracia y embellece. Si la envidia domina al alma, una palidez y podredumbre se derrama por el cuerpo; mas si la domina el amor, la cara recobra su bello parecer. De este modo, por lo menos, muchas mujeres que no eran muy bellas de rostro, lo suplieron con la belleza extraordinaria de su alma; otras, en cambio, espléndidas de juventud y belleza, echaron a perder su hermosura, porque tuvieron alma fea y sin gracia. Mirad cómo se enrojece un rostro blanco y qué placer produce la variedad de los colores cuando los produce la vergüenza y el pudor; y cómo, por lo contrario, un alma desvergonzada presenta un rostro que nos repele más que el de una bestia. De ahí que la mujer modesta nos ofrece una cara suave y bella, porque nada hay más bello, nada más grato que el alma misma. El deseo que se dirige a los cuerpos va acompañado de dolor; el que descansa en las almas es un placer puro y sin tormentas.

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EXHORTACIÓN FINAL: AMEMOS LA BELLEZA DEL ALMA

¿Por qué, pues, dejando al rey, te enamoras de su heraldo? ¿Por qué, abandonando al filósofo, te quedas embobado ante su intérprete? Si ves un ojo hermoso, considera el ojo interior. Y si éste no es hermoso, desprecia también al otro. Si se te presentara una mujer fea cubierta de una hermosa máscara, no por eso te sentirías inclinado a ella; como, al revés, no consentirías que una mujer bella se escondiera bajo una máscara, sino que querrías contemplarla a cara descubierta en su belleza. Pues haz eso mismo con el alma y considérala a ella lo primero. El cuerpo es como una máscara que la recubre. De ahí que siempre sea el mismo; el alma, sin embargo, si es fea, puede en un momento volverse hermosa. Si su ojo es informe, áspero y duro, puede luego convertirse en bello, suave, sereno, apacible y benigno. Esta belleza es la que debemos buscar, así es como hemos de hermosear nuestra cara, a fin que Dios también, enamorado de nuestra propia hermosura, nos dé parte en los bienes eternos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILÍA 50

USO LITÚRGICO: Domingo 19 - Durante el año, Ciclo o Año A.

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LA SOLEDAD, MADRE DE LA TRANQUILIDAD

¿Por qué sube el Señor al monte? Para enseñarnos que nada hay como el desierto y la soledad cuando tenemos que suplicar a Dios. De ahí la frecuencia con que se retira a lugares solitarios y allí se pasa las noches en oración, para enseñarnos que, para la oración, hemos de buscar la tranquilidad del tiempo y del lugar. El desierto es, en efecto, padre de la tranquilidad, un puerto de calma que nos libra de todos los alborotos. Por eso, pues, se sube Él al monte; sus discípulos, sin embargo, nuevamente son juguete de las olas y sufren otra tormenta como la primera. Mas entonces le tenían por lo menos a Él consigo; ahora se hallan solos y abandonados a sus propias fuerzas. Es que quiere el Señor irlos conduciendo suavemente y por sus pasos contados a mayores cosas, y particularmente a que sepan soportarlo todo generosamente. Por eso justamente, cuando estaban para correr el primer peligro, allí estaba Él con ellos, siquiera estuviera durmiendo, pronto para socorrerlos en cualquier momento; ahora, sin embargo, para conducirlos a mayor paciencia, ni siquiera está Él allí, sino que se ausenta y permite que la tempestad los sorprenda en medio del mar, sin esperanza de salvación por parte alguna, y allí los deja la noche entera juguete de las olas, sin duda, a lo que se me alcanza, con intento de despertar sus corazones endurecidos. Tal es, en verdad, el efecto del miedo, al que no menos que la tormenta contribuía el tiempo. Pero juntamente con ese sentimiento de compunción quería el Señor excitar en sus discípulos un mayor deseo y un continuo recuerdo de Él mismo. De ahí que no se presentara inmediatamente a ellos: A la cuarta vigilia de la noche—dice el evangelista—vino a ellos caminando sobre las aguas. Con lo que quería darles la lección de no buscar demasiado aprisa la solución de las dificultades, sino soportar generosamente los acontecimientos. El caso fue que, cuando esperaban verse libres del peligro, entonces fue cuando aumentó el miedo: Porque los discípulos—dice el evangelista—, al verle caminar sobre el mar, se turbaron, diciendo que era un fantasma, y de miedo rompieron en gritos. Tal es el modo ordinario de obrar de Dios: cuando Él está a punto de resolver las dificultades, entonces es cuando nos pone otras más graves y espantosas. Así sucede en este momento; pues, como si fuera poco la tormenta, la aparición vino también a alborotarlos, no menos que la tormenta misma. Por eso ni deshizo la oscuridad ni de pronto se manifestó claramente a Sí mismo. Es que quería, como acabo de decir, templarlos entre aquellos temores y enseñarles a ser pacientes y constantes. Lo mismo hizo también con Job: cuando estaba para poner fin a sus pruebas y temores, entonces fue cuando permitió que el fin fuera más grave que los comienzos. Ya no se trataba entonces de la muerte de los hijos ni de las palabras de su mujer, sino de los improperios de sus mismos criados y amigos. Y, por modo semejante, cuando estaba Dios a punto de sacar a Jacob de toda la miseria sufrida en tierra extranjera, entonces fue cuando permitió que se levantara mayor alboroto, porque fue así que su suegro, apoderándose de él, le amenazó de muerte, y después del suegro viene el hermano, que le pone también en el último peligro. Es que, como los justos no pueden ser tentados por largo tiempo y a la vez con grande fuerza; como Dios quiere, por otra parte, aumentarles sus merecimientos, de ahí el intensificarles también las pruebas justamente cuando están para dar fin a sus combates. Así lo hizo Dios también con Abrahán, a quien por última prueba le puso el sacrificio de su hijo. Y es que de este modo lo insoportable se hace soportable, pues llega ya cuando estamos a la puerta, cuando la liberación está ya al alcance de la mano. Tal hizo también ahora Cristo con sus apóstoles, a quienes no se manifiesta hasta que rompen en gritos; porque, cuanto más íntima e intensa fuera su angustia, con más gozo acogerían su presencia. Luego, después de lanzar los gritos, prosigue el evangelista: Inmediatamente les habló Jesús diciendo: Tened confianza. Soy yo, no temáis. Esta palabra disipó todo su miedo y les infundió confianza. Y es que, como no le habían conocido por la vista, pues lo extraño de caminar sobre las aguas y el tiempo mismo se lo impedía, el Señor se les da a conocer por la voz.

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PEDRO CAMINA SOBRE LAS AGUAS

¿Qué hace, pues, entonces Pedro, que siempre fue ardiente de carácter y se adelantaba a los otros? Señor —le dice—, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas. No dijo: "Ruega y suplica", sino: Manda. ¡Mirad qué ardor y qué fe tan grande! Sin embargo, por eso justamente se expone muchas veces Pedro a peligro, pues tiende a ir más allá de la medida. En verdad, tam-bién aquí pidió cosa grande, si bien a ello le impulsó sólo la caridad y no la vanagloria. Porque no dijo: "Manda que yo camine sobre las aguas". Pues ¿qué dijo? Manda que vaya yo a ti sobre las aguas. Nadie, en efecto, amaba como él a Jesús. Lo mismo hizo después de la resurrección. "El no pudo aguantar el ir con los otros al sepulcro, sino que se adelantó. Aquí, sin embargo, no sólo da pruebas de amor, sino también de fe. Porque no sólo creyó que podía el Señor caminar sobre el mar, sino que podía conceder la misma gracia a los otros. Y de este modo desea Pedro llegar cuanto antes a su lado. Y Él le dijo: Ven. Y bajando Pedro de la barca, caminó sobre las aguas y llegó a Jesús. Pero, viendo el fuerte viento, tuvo miedo y, empezando ya a hundirse, gritó diciendo: Señor, sálvame. Y en seguida Jesús, tendiéndole la mano, le cogió y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? (Mt. 14. 28-31) He aquí un milagro más maravilloso que el de la tempestad calmada. Por eso también sucede después del primero. Y, en efecto, una vez que hubo mostrado ser El señor del mar, ahora realiza otro más maravilloso milagro. Entonces sólo increpó a los vientos; mas ahora es El mismo quien camina sobre el mar y hasta le concede a otro hacer lo mismo. Cosa que, de habérselo mandado al principio, no le hubiera Pedro obedecido tan prontamente, pues todavía no tenía tanta fe.

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CONSIDERACIONES SOBRE LA FE DE PEDRO

— ¿Por qué, pues, se lo permitió Cristo? —Porque de haberle dicho: "No puedes", él, ardiente como era, le hubiera contradecido. De ahí que quiere el Señor enseñarle por vía de hecho, para que otra vez sea más moderado. Mas ni aun así se contiene. Bajado, pues, que hubo de la barca, empezó a hundirse, por haber tenido miedo. El hundirse dependía de las olas; pero el miedo se lo infundía el viento. Juan, por su parte, cuenta: Quisieron recibirle en la barca, e inmediatamente la barca llegó al punto de la costa a donde se dirigían (Jn. 6. 21) (Juan 6,21). Que viene a decir lo mismo, es decir, que, cuando estaban para llegar a tierra, montó el Señor en la barca. Bajado, pues, que hubo Pedro de la barca, caminaba hacia Jesús, alegre no tanto de ir andando sobre las aguas cuanto de llegar a Él. Y es lo bueno que, vencido el peligro mayor, iba a sufrir apuros en el menor; por la fuerza del viento, quiero decir, no por el mar. Tal es, en efecto, la humana naturaleza. Muchas veces, triunfadora en lo grande, queda derrotada en lo pequeño. Así le aconteció a Elías con Jezabel; así a Moisés con el egipcio; así a David con Bersabé. Así le pasa aquí a Pedro. Cuando todos estaban llenos de miedo, él tuvo valor de echarse al agua; en cambio, ya no pudo resistir la embestida del viento, no obstante hallarse cerca de Cristo. Lo que prueba que de nada vale estar materialmente cerca de Cristo si no lo estamos también por la fe. Esto, sin embargo, sirvió para hacer patente la diferencia entre el maestro y el discípulo y para calmar un poco a los otros. Porque si se irritaron en otra ocasión de las pretensiones de los dos hermanos Santiago y Juan (Mt 20,24), con mucha más razón se irritarían aquí. (Mt. 20. 24) Porque todavía no se les había concedido la gracia del Espíritu Santo. Después de recibido éste, no aparecen así. Entonces, en todo momento, dan la primacía a Pedro y a él diputan para hablar públicamente, no obstante ser el más rudo de todos. —Mas ¿por qué no mandó el Señor a los vientos que se calmaran, sino que, tendiendo Él su mano, le cogió a Pedro? —Porque hacía falta la fe del propio Pedro. Cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda de Dios. Para dar, pues, a entender el Señor que no era la fuerza del viento, sino la poca fe del discípulo la que producía el peligro, le dice a Pedro mismo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Así, de no haber flaqueado en la fe, fácilmente hubiera resistido también el empuje del viento. La prueba es que aun después que el Señor lo hubo tomado de la mano, dejó que siguiera soplando el viento; lo que era dar a entender que, estando la fe bien firme, el viento no puede hacer daño alguno. Y como al polluelo que antes de tiempo se sale del nido y está para caer al suelo, la madre lo sostiene con sus alas y lo vuelve al nido, así hizo Cristo con Pedro.

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EFECTO DEL MILAGRO EN LOS DISCÍPULOS

Y apenas hubieron subido ellos a la barca, se calmó el viento. En el milagro de la tempestad calmada habían dicho: ¿Quién es éste, para que los vientos y el mar le obedezcan? (Mt. 8. 27) (Mt 8,27) No así ahora. Porque los que estaban en la barca —prosigue el evangelista—, acercándose, le adoraron, diciendo: Verdaderamente tú eres Hijo de Dios. Mirad cómo poco a poco va el Señor levantándolos a todos más alto. La fe, en efecto, era ya muy grande por haberle visto caminar sobre el mar, por haber concedido a Pedro hacer lo mismo y por haberle salvado del peligro. En la otra ocasión había intimado al mar; ahora no le intima, pero demuestra de otro modo mejor aún su poder. De ahí que dijeran: Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios. (Mt. 14. 33)

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CURACIÓN DE ENFERMOS EN MASA

Ahora bien, ¿por ventura les reprendió el Señor de decir eso? Más bien todo lo contrario. Lo que hizo fue confirmar su confesión curando con absoluta autoridad, mayor si cabe que de primero, a cuantos se le acercaron. Y atravesado el Lago —dice el evangelista—, llegaron a tierra de Genesaret. Y, al reconocerle los hombres de aquel lugar, enviaron recado por todo el contorno, y le presentaron todos los enfermos, y le suplicaban les permitiera tocar el borde de su vestido, y cuantos le tocaron se curaron. (Mt. 14. 34-36) Ya no se le acercan como de primero: no le obligan a que vaya a sus propias casas ni a que imponga las manos a los enfermos ni que lo mande de palabra. Ahora se ganan la curación de modo más elevado, más filosóficamente, por medio de una fe mayor. La mujer del flujo de sangre les había enseñado a todos esta filosofía. Por lo demás, el mismo evangelista nos da a entender que, de mucho tiempo atrás, había estado el Señor en aquellas partes, cuando dice: Y, al reconocerle los hombres de aquel lugar, enviaron recado por todo el contorno y le presentaron a todos los enfermos. Sin embargo, no sólo no había el tiempo destruido la fe de aquella gente en el Señor; no sólo la había mantenido viva, sino que la había aumentado. Toquemos también nosotros la orla de su vestido o, más bien, si queremos, con nosotros le tenemos entero. En verdad, su cuerpo mismo está ahora puesto delante de nosotros. No sólo su vestido, sino su cuerpo. No sólo para tocarle, sino para comerle y hartarnos de su carne. Acerquémonos, pues, a Él con viva fe, llevando cada uno nuestra enfermedad. Porque si aquellos que sólo tocaron la orla de su vestido tamaña virtud atrajeron, ¡cuánto más los que le tengan a Él entero! Ahora bien, acercarse con fe viva no significa tomar simplemente lo que nos ofrece, sino también tocarle con corazón puro, acercarnos con tales disposiciones como de quienes se llegan a Cristo en persona. ¿Qué tiene que ver que no oigas su voz? Pero le contemplas puesto sobre el altar. O, por mejor decir, también su voz la oyes, puesto que Él te habla por medio de los evangelistas.

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HERMOSA PROFESIÓN DE FE EUCARÍSTICA

Creed, pues, firmemente que ésta es aquella misma cena a que estuvo Él mismo sentado. No hay diferencia alguna entre la del cenáculo y la del altar. Y no puede decirse que ésta la hace un hombre y aquélla la hizo Cristo, sino Cristo también ésta. Cuando veas, pues, al sacerdote que te da el pan consagrado, no pienses que es el sacerdote quien te lo da, sino mira la mano de Cristo mismo tendida hacia ti. Porque al modo que, cuando te bautiza, no es el sacerdote quien te bautiza, sino Dios mismo quien con poder invisible sostiene tu cabeza, y ni un ángel ni un arcángel ni otro alguno se atrevería a acercarse y tocarla, así es también aquí. Siendo, pues, Dios el único que regenera, don suyo únicamente es el bautismo. ¿No veis cómo, aun en el mundo, los que adoptan a un hijo no encomiendan el asunto a sus esclavos, sino que ellos personalmente se presentan al tribunal? Así tampoco Dios encomendó este don a los ángeles. No. Él mismo se presenta y nos manda: No llaméis a nadie padre sobre la tierra (Mt. 23. 9) (Mt 23,9). No porque hayamos de desestimar a los que nos han dado el ser, sino para que a todos ellos prefiramos al que nos ha creado y nos ha inscrito entre sus hijos. Ahora bien, el que nos ha dado lo más, es decir, entregarse a sí mismo, mucho menos se desdeñará de darnos su cuerpo. Oigamos, pues, sacerdotes a la vez que fieles, el don que se nos ha otorgado. Oigamos y temblemos. El Señor nos ha concedido hartarnos de su carne divina, se nos ha dado a sí mismo en sacrificio. ¿Qué excusa, pues, tendremos si, así alimentados, así pecamos; si, comiéndonos un cordero, nos volvemos lobos; si, alimentados de una oveja, arrebatamos como leones? Porque este sacramento no sólo nos exige estar en todo momento puros de toda rapiña, sino de la más sencilla enemistad. Este sacramento es un sacramento de paz. No nos consiente codiciar las riquezas. Porque si Él, por amor nuestro, no se perdonó a sí mismo, ¿qué mereceríamos nosotros si, por miramiento a nuestras riquezas, no miramos por nuestra alma, por la que Él no se perdonó a sí mismo? Entre los judíos, Dios instituyó las fiestas de cada año para recuerdo de sus propios beneficios; mas a nosotros nos los recuerda, por así decir, todos los días por medio de este sacramento. No te avergüences, pues, de la cruz. Porque éstas son nuestras cosas sagradas, éstos son nuestros misterios, con este don nos adornamos, con él nos embellecemos. Si os digo que Él tendió los cielos y la tierra, que desplegó el mar y nos envió a los profetas y a los ángeles, nada digo que iguale a este beneficio. Porque la suma de todos los bienes está en que Él no perdonó a su propio Hijo, a fin de salvar a los esclavos que se le habían escapado. Que ningún Judas, pues, que ningún Simón Mago, se acerque a esta mesa, pues estos dos perecieron por su amor al dinero. Huyamos, por tanto, de ese abismo. Y no pensemos que basta para nuestra salvación presentar al altar un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos. Si quieres honrar este sacrificio, presenta tu alma, por la que fue ofrecido. Ésta es la que has de hacer de oro. Mas si ella sigue siendo peor que el plomo o que una teja, ¿qué vale entonces el vaso de oro? No miremos, pues, solamente de presentar vasos de oro, sino veamos si proceden de justo trabajo. Porque más precioso que el oro es lo que nada tiene que ver con la avaricia. La iglesia no es un museo de oro y plata, sino una reunión de ángeles. Almas son lo que necesitamos, pues por las almas quiere Dios los vasos sagrados. No era de plata, en la cena última, la mesa aquella, ni el cáliz en que el Señor dio a sus discípulos su propia sangre. En cambio, ¡qué precioso era todo aquello y qué venerable, como lleno que estaba del Espíritu Santo! ¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No le honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis perecer de frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Este es mi cuerpo, y con su palabra afirmó nuestra fe, ése dijo también: Me visteis hambriento y no me disteis de comer. Y: En cuanto no lo hicisteis con uno de esos más pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis (Mt. 26. 26; Mt. 25. 42-45) (Mt 26, 26; 25, 42-45). El sacramento no necesita preciosos manteles, sino un alma pura; los pobres, sin embargo, sí requieren mucho cuidado. Aprendamos, pues, a pensar discretamente y a honrar a Cristo como Él quiere ser honrado. Porque para quien es honrado, la honra más grata es la que Él mismo quiere, no la que nosotros nos imaginamos. Pedro se imaginaba honrar al Señor no consintiéndole que le lavara los pies, y eso no era honra, sino todo lo contrario. Tribútale el honor que Él mismo mandó por ley, empleando tu riqueza en socorrer a los pobres. Porque Dios no tiene necesidad de vasos de oro, sino de almas de oro.

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EL SOCORRO DE LOS POBRES, DEBER ANTERIOR AL DE ADORNAR LAS IGLESIAS

Al hablar así, no es mi intención prohibir que se hagan semejantes ofrendas. Lo que pido es que, juntamente con ellas, y aun antes que ellas, se haga limosna. El Señor acepta ciertamente las ofrendas, pero mucho más la limosna. En un caso, sólo se aprovecha el que da; en el otro, el que da y el que recibe. En las ofrendas puede tratarse sólo de asunto de ostentación; en la limosna la caridad lo es todo. ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena toda de vasos de oro, si Él se consume de hambre? Saciad primero su hambre y luego, de lo que os sobre, adornad también su mesa. ¿Haces un vaso de oro y no le das un vaso de agua fría? Y ¿qué provecho hay en que recubráis su altar de paños recamados de oro, si a Él no le procuráis ni el necesario abrigo? ¿Y qué ganancia hay en esto? Dime, en efecto: si, viendo a un desgraciado falto del necesario sustento, le dejaras a él que consumiera su hambre y tú te dedicaras a recubrir de oro la mesa, ¿es que te agradecería el beneficio o se irritaría más, bien contra ti? Pues ¿qué si, viéndole vestido de harapos y aterido de frío, no le alargaras un vestido, y te entretuvieras, en cambio, en levantar unas columnas de oro, diciéndole que todo aquello se hacía en honor suyo? ¿No diría que le estabas tomando el pelo y lo tendría todo por supremo insulto? Pues piensa todo eso sobre Cristo. £1 anda errante y peregrino, necesitado de techo; y tú, que no le acoges a Él, te entretienes en adornar el pavimento, las paredes y los capiteles de las columnas, y en colgar lámparas con cadenas de oro. A Él, sin embargo, no quieres ni verle entre cadenas en las cárceles. Al hablar así, repito, no es que prohíba que también en el ornato de la iglesia se ponga empeño; a lo que exhorto es a que juntamente con eso, o, más bien, antes que eso, se procure el socorro de los pobres. De no haber hecho lo primero, a nadie se le culpó jamás; por lo otro, sin embargo, se nos amenaza con el infierno, con el fuego inextinguible y con el castigo entre los demonios. Mientras adornas, pues, la casa, no abandones a tu hermano en la tribulación, pues él es templo más precioso que el otro. Además, todos esos tesoros se los pueden llevar los reyes infieles, los tiranos y los salteadores; mas cuanto hagas por tu hermano hambriento, peregrino o desnudo, tú el diablo mismo te lo podrá arrebatar, pues lo guardas en tesoro seguro. —Entonces, ¿cómo es que Él mismo dice: A los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis? (Mt. 26. 11; Mc. 14. 7) (Mt 26,11; Mc 14,7) —Porque justamente la razón por la que hemos de hacer más limosna es porque no siempre le hemos de tener a Él hambriento, sino en la presente vida. Por lo demás, si queréis saber el sentido exacto de estas palabras del Señor, escuchadme. Estas palabras, aunque así lo parezca, no fueron dichas por los discípulos, sino por la flaqueza de la mujer que ungió al Señor. Y es que, como era aún imperfecta y los discípulos la molestaban, con el fin de ganarla, dijo el Señor lo que dijo. Porque que así se habló para consolarla, lo prueba lo que luego añade: ¿A qué fin molestáis a esa mujer? Y que Él está siempre con nosotros lo afirma Él mismo: Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt. 28. 20) (Mt 28,20). De todo lo Cual se sigue evidentemente que no por otro motivo dijo el Señor aquellas palabras sino porque quería que la reprensión de sus discípulos no marchitara la fe de aquella mujer, que estaba entonces brotando.

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¡FUERA PRETEXTOS PARA NO HACER LIMOSNA!

No saquemos, pues, a relucir lo que fue dicho por particular dispensación del Señor; leamos más bien las leyes todas que sobre la limosna se nos han dado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y pongamos el mayor ahínco en su cumplimiento. La limosna llega hasta purificarnos de los pecados: Dad limosna —dice el Señor— y todo será para vosotros puro (Lc. 11. 41) (Lc 11,41). La limosna es superior al sacrificio: Misericordia quiero, no sacrificio (Os. 6. 6) (Os 6,6). Ella nos abre los cielos: Porque tus oraciones y tus limosnas fueron recordadas en el acatamiento de Dios (Hech. 10. 14) (Hechos 10,14). La limosna es más necesaria que la virginidad, pues así fueron las vírgenes fatuas echadas de la sala de bodas y así fueron admitidas las prudentes. Sabiendo, pues, todo esto, sembremos generosamente, a fin de cosechar con mayor abundancia y alcanzar los bienes venideros, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria por los siglos. Amén.

HOMILÍA 56

En verdad, en verdad os digo que hay algunos de los que aquí están que no gustarán de la muerte, hasta que vean al Hijo del hombre que viene en su reino. (Mt. 16. 28; Mt. 17. 1-9)

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JESÚS ANIMA A LOS SUYOS CON EL ANUNCIO DE SU GLORIA

Había hablado el Señor de peligros y de muerte, de su propia pasión y de la sangre que sus discípulos habrían de derramar y les había dado aquellos severos mandatos de tomar la cruz y negarse a sí mismos. Por otra parte, todo esto atañía a la vida presente; los bienes, sin embargo, quedaban sólo en esperanzas y expectación; por ejemplo, que quienes perdieran su alma la salvarían, que había Él de venir en la gloria de su Padre y que les daría la recompensa merecida. Ahora quiere también satisfacer la vista de sus discípulos y, en la medida de lo posible, mostrarles cómo era aquella gloria en que había Él de venir. Y así, aun en esta presente vida, se la muestra y revela, a fin de que no sientan ya pena ni por su propia muerte ni por la de su Maestro, especialmente a Pedro, que tanto lo sentía. Y mirad cómo obra el Señor, después de hablar del infierno y del reino de los cielos. El había dicho: El que halle su alma, la perderá, y el que la pierda por causa mía, la encontrará. (Jn. 12. 25) Además: El Hijo del hombre dará a cada uno según su conducta (Mt. 16. 27) ; y en una y otra sentencia alude al cielo y al infierno. Sin embargo, no obstante haber hablado de los dos, el reino de los cielos lo muestra a los ojos de los discípulos; pero el infierno, no. ¿Por qué? De haber sido ellos otros, gentes, por ejemplo, muy rudas, también esto hubiera sido necesario; pero como eran de alma noble y bien dispuesta, trata más bien de atraerlos y dirigirlos con la perspectiva del premio. Y no es ésta la sola razón, sino porque ello era también lo que mejor decía con Él. Sin embargo, no siempre pasa por alto la otra parte, pues hay veces que nos pone poco menos que delante de los ojos el infierno; por ejemplo, cuando nos cuenta la parábola de Lázaro, o nos recuerda al siervo que reclamó de su compañero los cien denarios, y al convidado de bodas con vestidos sucios, y en otros muchos casos.

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LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Y después de seis días, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan... Otro evangelista (Lc 9,28) dice haber sido después de ocho días, en lo que no hay contradicción, sino perfecta armonía. Lucas, en efecto, cuenta el día en que el Señor les habló y el en que los subió al monte; Mateo, en cambio, sólo tiene en cuenta los intermedios. Mas considerad, os ruego, por otra parte, que sabiamente obra Mateo, al no callar los nombres de los que fueron preferidos a él mismo. Lo mismo hace también Juan en muchas ocasiones al contar con la mayor verdad las extraordinarias alabanzas que se tributan a Pedro. Es que aquel coro de santos estaba totalmente limpio de envidia y de vanagloria. Tomando, pues, consigo a los principales, los condujo aparte, a un monte elevado, y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y les aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con Él. - ¿Por qué toma el Señor a sólo éstos consigo? -Porque ellos eran los que descollaban sobre los otros. Pedro sobresalía por el ardiente amor que tenía a su Maestro; Juan era por éste particularmente amado, y Santiago le había dado, juntamente con su hermano, aquella generosa respuesta: Sí, podemos beber el cáliz (Mt 20,22). Y no fue solo responder, sino que las obras probaron lo que había dicho. Era, en efecto, tan vehemente y tan duro para los judíos, que el mismo Herodes pensó que no podía hacerles mejor gracia que quitarlo de en medio. -Mas ¿por qué no los subió inmediatamente al monte? Porque los otros discípulos no sintieran algún celillo humano. De ahí que ni siquiera les dice los nombres de los que habían de subir. Y en verdad, todos habrían deseado ardientemente acompañarle, pues iban a ver un trasunto de la gloria celeste, y se hubieran dolido de haber sido preferidos. Porque si bien el Señor mostró su gloria de un modo muy corporal, la cosa, sin embargo, era para excitar el mayor deseo. -Entonces, ¿por qué se lo anuncia de antemano? -A fin de que, por habérselo dicho antes, estuvieran más dispuestos para la visión y, llenos de más vehemente deseo durante los ocho días de plazo, llegaran por fin al monte con alma vigilante y cuidadosa. - ¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? -Muchas causas cabría alegar de ello. Sea la primera la siguiente: puesto que las gentes decían que el Señor era Elías o Jeremías o uno de los antiguos profetas, Él trae allí a los dos más grandes de ellos, a fin de que vieran con sus propios ojos la distancia y diferencia que iba del Señor a los siervos y cuán justamente había sido alabado Pedro por haberle confesado por hijo de Dios. Luego, bien sabemos que le acusaban constantemente de que transgredía la ley y que le tenían por un blasfemo, al atribuirse una gloria que no le pertenecía, no menos que la gloria del Padre. Así decían: Éste no viene de Dios, puesto que no guarda el sábado (Juan 9,16). Y otra vez: No te apedreamos por obra alguna buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios (Juan 10,33). Ahora, pues, para mostrar a sus enemigos que ambas acusaciones procedían de envidia y Él era totalmente inocente en ellas, pues ni sus actos eran transgresión de la ley ni se apropiaba una gloria que no se le debiera al proclamarse igual al Padre, saca allí al medio a los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios. Moisés, en efecto, era el que había dado la ley, y los judíos podían calcular que Moisés no hubiera tolerado al que, como ellos pensaban, la conculcaba ni hubiera rendido pleitesía a un enemigo declarado del propio legislador. En cuanto a Elías, nadie como él tenía tanto celo por la gloria de Dios, y si el Señor hubiera sido contrario a Dios, si se hubiera proclamado Dios, haciéndose igual al Padre, sin ser lo que decía ni convenirle aquella gloria, Elías no se hubiera presentado a su lado ni le hubiera obedecido. (Lc. 9. 28; Mt. 20. 22; Jn. 9. 16; Jn. 10. 33)

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OTRAS CAUSAS DE LA APARICIÓN DE MOISÉS Y ELÍAS

Otra causa cabe alegar juntamente con las ya dichas. - ¿Cuál es ésta? -Hacerles entender que Él tenía poder sobre la vida y la muerte y que lo mismo domina en el cielo que en el infierno. De ahí que haga presentarse allí tanto a Moisés, que ya había muerto, como a Elías, que no había aún pasado por la muerte. La quinta causa (porque cinco van ya con ésta), nos la revela el mismo evangelista. ¿Y cuál es ésta? Mostrarles la gloria de la cruz, consolar a Pedro y a los otros, que temían la pasión, y levantar así sus pensamientos. Porque fue así que, llegados allí Moisés y Elías, no se estuvieron callados, sino que hablaban -dice el evangelista- de la gloria que había de cumplir en Jerusalén (Lc 9,31). Es decir, de la cruz y de la pasión, a la que llaman siempre "gloria". Y no era ése el único modo como el Señor entrenaba a sus discípulos, sino también con la virtud de aquellos dos grandes varones, que Él más requería de ellos. Él les había dicho: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame (Mt 16,24); de ahí que ahora les pone delante aquellos dos hombres que mil veces se habían expuesto a la muerte por cumplir la voluntad de Dios y por amor del pueblo que les había sido encomendado. Los dos, por haber perdido su alma, la hallaron. Los dos valientemente se enfrentaron a tiranos: Moisés al de Egipto, Elías a Acab, y eso en favor de hombres ingratos y rebeldes. Porque los dos se vieron en extremo peligro por culpa justamente de los mismos a quienes habían salvado. Los dos trataron de librar al pueblo de la idolatría, y los dos eran hombres con muchas limitaciones. El uno era tartamudo y de escasa voz; el otro de trato rudo. Los dos, seguidores de la suma perfección de la pobreza, puesto que ni Moisés poseía nada, ni menos Elías. ¿Qué tenía éste fuera de su piel de oveja? Y todo esto en el Antiguo Testamento y sin haber recibido tan grande gracia de milagros. Porque si es cierto que Moisés dividió en dos el mar, Pedro anduvo sobre las aguas y era capaz de trasladar montañas, y curó toda clase de enfermedades corporales, y expulsó a fieros demonios, y con la sombra de su cuerpo hizo aquellos grandes prodigios, y convirtió a toda la tierra. Y si Elías resucitó a un muerto, los apóstoles resucitaron infinitos, y eso que no habían aún recibido el Espíritu Santo. He ahí, pues, una nueva razón de ponerles delante a Moisés y a Elías: quería el Señor que sus discípulos imitaran el amor al pueblo, la constancia e inflexibilidad de aquellos dos grandes profetas y que fueran mansos como Moisés y celosos como Elías y, como los dos, solícitos por la salvación del pueblo. El uno, en efecto, soportó el hambre durante tres años por amor del pueblo judío. El otro decía: Si les perdonas este pecado, perdónaselo; si no, bórrame también a mí del libro que has escrito (Ex 32,32). Todo eso quería el Señor recordarles por medio de la visión. En realidad, si el Señor hizo aparecer a Moisés y Elías en su gloria, no fue para que sus discípulos se detuvieran en ellos, sino para que los sobrepasaran en la lucha por la virtud. Así, cuando más adelante le dijeran: ¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo?, y le recuerdan a Elías, que lo había hecho, el Señor les dice: No sabéis a qué espíritu pertenecéis (Lc 9,54-55), alentándolos a la paciencia por la diferencia del don que habían recibido. Y nadie piense que al decir esto pretendemos condenar por imperfecto a Elías. No, no decimos eso. En verdad, él era muy perfecto. Pero en sus tiempos, cuando la mente de los hombres era más infantil, necesitaba de aquella pedagogía. Según eso, también Moisés era perfecto y, sin embargo, a los apóstoles se les exige más que a Moisés. Porque, si vuestra justicia no aventaja a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 5,20). Porque los apóstoles no tenían que entrar sólo en Egipto, sino en el mundo entero, que estaba peor dispuesto que Egipto; ni iban tampoco a hablar con Faraón, sino a luchar con el mismo diablo, tirano de la maldad. En verdad, su combate había de consistir en atar al tirano y arrebatarle luego todos sus instrumentos, y esto lo hicieron no rompiendo -el mar, sino hiriendo el abismo de la impiedad por medio de la vara de Jesé -aquel abismo de ondas más agitadas que las del mar-. Mira, sino, cuántos motivos de espanto tenían los apóstoles: la muerte, la pobreza, la ignominia, los sufrimientos sin término. Y más temían ellos todo esto que antaño los judíos el mar Rojo. Y, sin embargo, el Señor les persuadió a que rompieran con todo eso y que con toda tranquilidad atravesaran aquel mar como si caminaran por encima de tierra firme. Queriendo, pues, el Señor prepararlos para todo eso, les llevó allí sobre el monte a los que habían más gloriosamente brillado en el Antiguo Testamento. (Lc. 9. 31; Mt. 16. 24; Éx. 32. 32; Lc. 9. 54-55; Mt. 5. 20)

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INTERVIENE PEDRO

¿Qué hace, pues, el ardiente Pedro? Bueno es -dice- estarnos aquí. Como había oído que Jesús tenía que ir a Jerusalén y allí padecer, temiendo aún y temblando por la suerte de su Maestro, después de la reprimenda recibida, no se atreve ciertamente a acercársele y decirle lo mismo, aquello de Dios te sea propicio...; sin embargo, dominado del miedo, viene a decir lo mismo por otras palabras. Y era así que, como veía el monte, el retiro y la soledad, pensó sin duda que aquel paraje les ofrecía la mayor seguridad; y no sólo el paraje, sino el hecho que el Señor no volvería más a Jerusalén. Porque su plan era quedarse allí definitivamente, y ésa es la razón por la que hace mención de tiendas. Si esto lográramos-parece decirse Pedro-, ya no subiremos más a Jerusalén; y si allí no subimos, el Maestro no morirá, pues allí dijo Él que habían de acometerle escribas y fariseos. Claro que Pedro no se atrevió a decirlo en estos términos, pero esto es lo que él intentaba conseguir cuando, curándose en salud, decía: Bueno es que nos quedemos aquí, donde tenemos con nosotros a Moisés y Elías-Elías, el que hizo bajar fuego sobre el monte, y Moisés, que entró en la oscuridad para hablar con Dios-. Y no habrá nadie que sepa ni dónde estamos.

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EL ARDIENTE AMOR DE PEDRO A SU MAESTRO

¡He ahí el ardiente amador de Cristo! Porque no hay que buscar tanto la oportunidad del consejo que Pedro daba a su Maestro cuanto lo ardiente de su amor. Y que no hablaba así porque temiera por sí mismo, pruébalo la respuesta que le dio a Cristo cuando éste anunció su propia muerte y sufrimientos: Yo daré mi vida por ti. Aun cuando fuere preciso morir contigo, yo no te he de negar (Mc 14,31). Y mirad cómo, puesto en medía de los peligros, se desentendió también de sí mismo. Pues fue así que, no obstante rodearle toda aquella chusma, no sólo no huyó, sino que, desenvainando su puñal, cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Así es que no miraba por sí mismo, sino que todo su temor era por su Maestro. Luego, como había hablado muy afirmativamente, vuelve sobre sí y, considerando no fuera nuevamente reprendido, dice: Si quieres, hagamos aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. ¿Qué dices, oh Pedro? ¿No separabas hace bien poco al Maestro de sus esclavos? ¿Cómo es que ahora le cuentas otra vez entre ellos? ¡Ya veis cuán imperfectos eran los apóstoles antes de la cruz! A Pedro le había hecho el Padre una revelación, pero Pedro no la recuerda continuamente, sino que se deja perturbar por la angustia, y no sólo por la que he dicho, sino por la misma que les producía aquella visión. Por lo menos los otros evangelistas, queriéndonos dar a entender esto, a la vez que la confusión de la mente con que Pedro había hablado y cómo todo procedía de aquella angustia, dicen: Marcos, que Pedro no sabía lo que se decía, pues habían quedado aterrados (Mc 9,6); y Lucas, a las palabras de Pedro: Hagamos aquí tres tiendas, les pone esta apostilla: Sin saber lo que decía (Lc 9,33). Luego, declarándonos cómo estaban poseídos de miedo, tanto Pedro como sus compañeros Santiago y Juan, prosigue el mismo Lucas: Estaban rendidos de sueño y, despertándose, vieron la gloría de Él; llamando sueño a la misma extraordinaria pesadez de cabeza que les producía la visión misma. Porque así como los ojos quedan cegados por el exceso de resplandor, algo así les pasó entonces a los apóstoles. Porque no era de noche, sino de día, y fue el exceso de resplandor lo que agravó la debilidad de sus ojos. (Mc. 14. 31; Mc. 9. 6; Lc. 9. 33)

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LA VOZ DEL PADRE

¿Qué pasa, pues, entonces? El Señor no habla nada, como tampoco Moisés ni Elías. Mas el Padre, que es mayor que todos y está por encima de todos, el Padre es el que emite una voz desde la nube. ¿Por qué desde la nube? Porque de este modo suele aparecerse siempre Dios: Nube y obscuridad en torno suyo (Salmo 96,2); y otra vez: El que hace de las nubes trono suyo (Salmo 103,3); y otra: El Señor se sienta sobre ligera nube (Is 19,1). Y: Una nube lo escondió de los ojos de ellos (Hechos 1,9). Y: Como un hijo de hombre que viene sobre las nubes (Dan 7,13). Así, pues, a fin de que creyeran que la voz venía de Dios, salió también entonces de la nube, y la nube era luminosa: Porque, cuando Pedro estaba aún hablando, una nube luminosa los cubrió con su sombra; y he aquí una voz que salía de la nube diciendo: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadle. Cuando Dios viene para amenazar, hace aparecer una nube obscura, como en el Sinaí. Porque entró -dice la Escritura- Moisés en la nube y en la oscuridad, y el humo se levantaba como vapor (Ex 24,18). Y el profeta, hablando de la amenaza de Dios dice: Agua tenebrosa en las nubes del aire (Salmo 17,12). Mas aquí, que no quería Dios espantar, sino enseñar, la nube es luminosa. Pedro había dicho: Hagamos tres tiendas, pero el Padre muestra una tienda que no había sido hecha por mano de hombre. Por eso, allí, humo y vapor de horno; aquí, luz inefable y voz. Luego, para hacer ver que no hablaba de ninguno de los otros dos sino solamente de Cristo, apenas se oyó la voz, desaparecieron Moisés y Elías. Si de uno de ellos se hubiera dicho la voz, no hubiera quedado Cristo solo, por haberse apartado los otros dos, ¿Por qué, pues, no cubrió la nube a Cristo solo, sino que los cobijó a todos? -Porque si sólo a Cristo hubiera cubierto, pudiera pensarse haber sido Él mismo el que emitió la voz. De ahí que el mismo evangelista, queriendo dejar este punto bien asegurado, dice que la voz salió de la nube, es decir, de Dios. - ¿Y qué dijo aquella voz? Éste es mi Hijo amado. Si, pues, amado, no tienes, Pedro, por qué temer. Ya era tiempo de que conocieras su poder y tuvieras plena certeza de la resurrección; pero, puesto que aún la desconoces que la voz por lo menos del Padre te infunda confianza. Porque si el Padre es poderoso, como efectivamente lo es, es evidente que el Hijo lo es igualmente. No temas, pues, los sufrimientos. Mas si todavía no aceptas esto, reflexiona por lo menos que es Hijo y que es amado. Porque: Este es -dice- mi Hijo amado. Ahora bien, si es amado, no temas, puesto que nadie traiciona a aquel a quien ama. No te turbes, por tanto. Porque por mucho que tú le ames, no le amas tanto como su Padre. En quien me he complacido. Porque no le ama sólo por haberle engendrado, sino también porque es en todo igual a Él y no tiene otro sentir que Él. De suerte que doble, por mejor decir, triple, es el motivo de su amor: por Hijo, por amado y por tener en Él sus complacencias. Y ¿qué quiere decir: En quien me he complacido? Es como si dijera: "En quien tengo mi descanso, en quien hallo mis delicias". Y eso porque tengo en todo y con toda perfección era igual a Él, porque sólo había en Él una voluntad con la del Padre, porque, aun siguiendo Hijo, era en todo una sola cosa con el que le había engendrado. Escuchadle. De suerte que aun cuando Él quiera ser crucificado, no te opongas tú a ello. Y oyendo que oyeron la voz, cayeron sobre su rostro y quedaron por extremo espantados, y, acercándose a ellos Jesús, les tocó y les dijo: Levantaos y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo. (Sal. 96. 2; Sal. 103. 3; Is. 19. 1; Hech. 1. 9; Dn. 7. 13; Éx. 24. 18; Sal. 17. 12)

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POR QUÉ TEMEN LOS APÓSTOLES EN EL MONTE

¿Cómo es que al oír la voz quedaron de ese modo aterrados? Realmente, antes de ahora se había oído una voz semejante sobre el Jordán, y allí había una muchedumbre de gente y a nadie le pasó nada semejante. Y otra vez, después de ahora, cuando decían haberse oído un trueno (Juan 12, 28-29), y tampoco entonces le pasó nada a nadie. ¿Cómo es, pues, que en el monte cayeron por tierra? Es que la soledad, la altura, el silencio grande, la transfiguración del Señor, llena de tanto estremecimiento; aquella luz purísima, aquella nube que los cubría, todo hubo de influir para infundirles un grande terror. De todas partes se sentían sobrecogidos, y cayeron al suelo a la vez aterrados y en adoración. Sin embargo, para que el terror, de prolongarse mucho, no les quitara la memoria de lo acontecido, el Señor les disipó inmediatamente toda su angustia, y se les muestra Él solo y les manda que a nadie dijeran nada de lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Porque: Bajando que iban -dice el evangelista- del monte, les mandó que a nadie hablaran de la visión hasta que Él resucitara de entre los muertos. Y es que cuanto mayores cosas se decían de Él entonces, más difícilmente las aceptaba entonces el vulgo, y con ello no se lograba sino acrecentar el escándalo de la cruz. De ahí que les mande callar, y no sin motivo, pues nuevamente les recuerda la pasión, con lo que veladamente les da a entender la causa por la que les mandaba callar. Porque, ciertamente, no les mandó que callaran siempre, sino hasta que Él resucitara de entre los muertos. Y notemos cómo callando lo difícil, sólo hace mención de lo agradable. - ¿Pues qué? ¿Es que después de esto no había la gente de escandalizarse? -De ninguna manera. El problema era el tiempo anterior a la cruz. Después vendría la gracia del Espíritu Santo, la fuerza de los milagros corroboraría las palabras de la predicación y todo cuanto dijeran sería fácilmente aceptado, pues los hechos mismos pregonarían el poder del Señor con voz más clara que la de una trompeta, y no habría ya un escándalo como el de la cruz que se interpusiera entre ellos. Bienaventurados, pues, los apóstoles, y señaladamente aquellos tres que merecieron, cubiertos por la nube, estar bajo el mismo techo del Señor. (Jn. 12. 28-29)

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LA VENIDA GLORIOSA DEL SEÑOR

Mas, si queremos, también nosotros veremos a Cristo; no como lo vieron entonces los tres apóstoles sobre el monte, sino mucho más resplandeciente todavía. No vendrá luego así. Porque entonces, por miramiento a sus discípulos, el Señor no les descubrió más resplandor de su gloria que el que ellos podían soportar; mas, en el último día, vendrá en la gloria misma del Padre, no sólo en compañía de Moisés y Elías, sino escoltado de todo el ejército incontable de los ángeles, con los arcángeles y serafines y con las muchedumbres infinitas de los cielos. Entonces no se observará una nube sobre su cabeza, sino el cielo entero sobre ella contraído. Como a los jueces, cuando públicamente dictan sentencia, les descorren sus asistentes las cortinas y quedan a la vista de todos, así entonces, todos los hombres verán al Señor sentado en su trono y todo el género humano se presentará ante Él y Él pronunciará por sí mismo sobre cada uno la sentencia. A unos les dirá: Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25,34). A otros: Enhorabuena, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel en lo poco, yo te constituiré sobre lo mucho (Mt 25,23). Mas con sentencia contraria, a unos los condenará diciendo: Id al fuego, que está aparejado para Satanás y sus ángeles (Mt 25,41). Y a otros: Siervo malo y perezoso (Mt 25,26).Y a unos los partirá por medio y los entregará a los verdugos, y a otro, atados de pies y manos, los mandará arrojar en las tiniebla, exteriores. Y al hacha sucederá el horno, y allí será arrojado cuanto se tiró de lo recogido por la red. Entonces los justos brillarán como el sol (Mt 4,13). O, por mejor decir, más que el mismo sol. Si así lo dijo el Señor, no es porque la Luz de los santos haya de ser sólo como la del sol, no. Es que como no hay astro para nosotros más brillante que el sol, quiso el Señor representar por un ejemplo conocido el resplandor de los santos. En el monte mismo, si el evangelista dijo que brilló como el sol, por esta misma causa lo dijo, pues que su resplandor fuera mayor que el que se toma por comparación, bien lo demostraron los discípulos con su caída. Si la luz no hubiera sido tan pura, sino a la medida de la del sol, no hubieran caído, sino que la hubieran fácilmente soportado. Los justos, pues, brillarán entonces como el sol y más que el sol; mas los pecadores sufrirán los últimos tormentos. Entonces no habrá necesidad ni de documentos, ni de pruebas, ni de testigos, pues el juez mismo lo es todo: testigo, prueba y juez. Él lo sabe todo perfectamente. Porque todo está descubierto y desnudo ante sus ojos (Hebr 4,13). Allí no habrá ni rico ni pobre, ni poderoso ni débil, ni sabio ni ignorante, ni esclavo ni libre. No. Todas esas caretas se harán entonces pedazos y sólo se examinarán las obras. Aun en nuestros mismos tribunales, cuando se acusa a alguien de tiranía o asesinato, sea el reo lo que sea, prefecto, cónsul o cualquier otra cosa, todas esas dignidades se deshacen en el aire, y el que es convicto, sufre la última pena. Pues mucho más sucederá así en aquel tribunal. (Mt. 25. 34. 23. 41. 26; Mt. 4. 13; Heb. 4. 13)

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FACILIDAD DE LOS MANDAMIENTOS DIVINOS

A fin, pues, de que esto no nos suceda, depongamos los vestidos sucios y revistámonos las armas de la luz, y la gloria de Dios nos cubrirá. Porque ¿cuál de los mandamientos es pesado? ¿Cuál no es fácil? Escucha si no lo que dice el profeta, y entonces verás la facilidad: Aun cuando dobles tu cuello como un aro y te tiendas sobre saco y ceniza, ni aun así lo llamarás ayuno aceptable; desata más bien todo lazo de iniquidad, rompe las ataduras de los contratos violentos (Is 58,5-6). Mira la sabiduría del profeta. Habiendo puesto primero lo pesado y habiéndolo eliminado, pide luego que nos salvemos por lo fácil, haciéndonos ver que Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia. Seguidamente, para hacernos ver que la virtud es fácil y el vicio difícil, por los mismos nombres nos lo demuestra. A la maldad, en efecto, la llama lazo y atadura; a la virtud, sin embargo, liberación y soltura de todo eso. Rasga toda escritura injusta. Así llama a las escrituras usureras, a las letras de préstamos. Pon en libertad a los quebrantados, es decir, a los miserables. Tal es el mísero deudor: cuando ve a su acreedor, se le quebranta el alma y le teme más que a una fiera. Y a los pobres sin techo, mételos en tu casa. Si ves a un desnudo, vístele, y de los de tu propia sangre no apartes desdeñosamente tus ojos. En la pasada homilía, al hablaros de los premios, os hice ver la riqueza que hay en las palabras del profeta. Veamos ahora si hay algo difícil en lo que se nos manda. ¡Algo que sobrepase nuestra naturaleza! Pero nada hallaren tal, sino todo lo contrario. Todo eso son cosas de absoluta facilidad. Lo que exige sudores es la maldad. ¿Qué cosa, en efecto, más molesta que el prestar, andar constantemente preocupado de intereses y contratos, pedir fiadores y estar siempre temiendo y temblando por las prendas recibidas, por el capital, por las escrituras, por los intereses, por las fianzas? Tales son los negocios mundanos. Porque esta aparente e imaginada seguridad es de lo más frágil e incierto. La limosna en cambio, es más fácil y nos libra de toda preocupación. (Is. 58. 5-6)

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DIATRIBA CONTRA LA USURA

No especulemos, pues, con la ajena desgracia ni hagamos negocio de la caridad. Sé muy bien que muchos oyen con desagrado estas palabras; pero ¿qué adelantamos con callar? Si yo me callo, si no os molesto con mis palabras; imposible que con mi silencio os podáis librar del castigo. Todo lo contrario. Ello acrecentaría el suplicio. Ese silencio os acarrearía castigo no sólo a vosotros, sino también a mí. ¿A qué, pues, el deleite de las palabras, cuando no se ayuda en las obras, sino que se daña? ¿Qué provecho hay en alegrar con el discurso y dar pena en la realidad, halagar al oído y condenar al alma? Por eso es necesario causaros aquí pena, a fin de no causaros después castigo. Porque terrible, carísimos, terrible es la enfermedad que ha invadido a la Iglesia; terrible y que reclama mucho cuidado. Porque quienes tienen mandamiento de no atesorar ni aun de sus justas ganancias, sino abrir sus puertas a los necesitados, esos mismos son los que sacan ganancia de la pobreza de los demás y se inventan una rapiña de buen parecer, una avaricia de bellos pretextos. Y no me vengas con las leyes profanas. El publicano cumple la ley profana y, sin embargo, es castigado. Y también lo seremos nosotros, si no ponemos término a la opresión de los pobres, si seguimos tomando ocasión de su necesidad y de su necesario sustento para el más desvergonzado negocio. Si tienes riquezas, es justamente para que socorras la pobreza, no para que trafiques con ella. Tú, sin embargo, con apariencias de que socorres, haces más grave la miseria y vendes a buen precio la caridad. Vende tu dinero, no te lo prohíbo; pero véndelo por el reino de los cielos. No recibas por paga de tan buena obra el interés de la centésima. (*) Aspira a la paga de la vida eterna. ¿Por qué eres tan pobre y miserable? ¿Por qué eres tan mezquino, vendiendo lo grande por vil precio, por unas riquezas perecederas, cuando pudieras venderlo a precio del reino de los cielos, que no perece? ¿Por qué dejas a Dios y buscas ganancias humanas? ¿Por que te pasas de largo al verdaderamente rico y vas a molestar al que no tiene y, dejando al que te puede devolver, hablas y tratas con quien no te lo ha de agradecer? Aquél está deseoso de devolverte tu dinero; ese otro se te enfada al devolverlo. El uno a duras penas te da la centésima parte; el otro, el ciento por uno y la vida eterna. El uno te paga entre insultos e injurias; el otro, con alabanzas y bendiciones. El uno te levanta envidias, el otro te entreteje coronas. El uno con trabajo te pagará en esta vida; el otro en ésta y en la otra. Ahora bien, ¿no será el colmo de la insensatez el no saber ni cómo se gana? ¡Cuántos por sus usuras perdieron hasta el capital! ¡Cuántos por ellas cayeron en peligros! ¡Cuántos, por una desmedida avaricia, se redujeron a sí mismos y a los demás a la extrema miseria!

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LA USURA ES UN DESHONOR ANTE LA LEY PROFANA

Porque no me digas que tu deudor recibe con gusto el dinero que le prestas y que hasta te da las gracias por ello. Es un agradecimiento a tu crueldad. Cuando Abrahán entregó su mujer a los bárbaros, él mismo preparó una traza para que el asunto saliera bien; pero no lo hizo por el gusto de entregarla, sino por miedo al Faraón (Gen 12,13). Así el pobre contigo: como ni de ese dinero que le prestas le consideras tú digno, no tiene otro remedio que darte las gracias por tu crueldad. Tú, a lo que a mí se me alcanza, si por fortuna le libraras de un peligro de muerte, le irías a exigir paga por haberle librado. - ¡Dios me libre! -no respondes-. ¡Jamás por jamás! ¿Qué dices? ¿No quieres exigirle dinero por librarle de un peligro inferior, y muestras esa inhumanidad en otro mayor? ¿No ves el castigo que semejante conducta merece? ¿No has oído que, aun en la antigua ley, estaba eso prohibido? Mas ¿qué es lo que la gente replica a esto? -Sí, yo tomo el interés; pero se lo doy a los pobres. ¡No blasfemes, hombre! Dios no quiere semejantes sacrificios. No intentes burlar la ley. Más vale no dar al pobre que darle de ese dinero, porque el dinero que fue fruto de justo trabajo, tú lo conviertes muchas veces en inicuo al hacerle producir usurariamente, que es como si a un vientre bueno le obligas a producir escorpiones. Mas ¿qué digo la ley de Dios? ¿Acaso vosotros mismos no llamáis a eso negocio sucio? Pues si así juzgáis los que ganáis, considera cuál será la sentencia que Dios dará sobre vosotros. Y aun si consultas las leyes profanas, verás que, aun para éstas, dedicarse a la usura es prueba de la mayor vileza. Por lo menos a los dignatarios del Imperio que han llegado al supremo consejo que es el Senado, no les está permitido deshonrarse con tales ganancias, sino que hay una ley que expresamente se lo prohíbe. ¿Cómo, pues, no horrorizarse de que no concedas a la constitución y ley del cielo ni siquiera el honor que los legisladores conceden al Senado romano, sino que tienes en menos el cielo que la tierra y no sientes ni vergüenza de tráfico tan insensato? ¿Qué hay, en efecto, más insensato que empeñarse en sembrar sin tierra, sin lluvia y sin arado? De ahí que quienes excogitan idean tan perversa agricultura sólo recogen cizaña para echarla al fuego. ¿Es que no hay otros negocios justos: el campo, la ganadería con sus rebaños mayores y menores, el trabajo manual, el cuidado de la propia hacienda? ¿Qué locura, qué insensatez es esa de empeñarse en cultivar espinas? Es que los frutos del campo están expuestos a muchos percances: el granizo, el gorgojo, las lluvias torrenciales. Pero nunca a tantos como los intereses de la usura. Porque en el campo, suceda lo que suceda, el daño sólo puede afectar al rédito; pero el capital, que es el campo mismo, permanece intacto. En el préstamo, en cambio, muchas veces han sufrido naufragio en el mismo capital. Y aun antes de sufrir daño alguno, los usureros están en constante angustia. El usurero no goza jamás de sus bienes ni siente alegría por ellos. Cuando cobra el interés no se alegra de ver un ingreso, sino que tiene pena de que no se haya todavía igualado al capital. Y ya antes de que ese mal engendro haya nacido totalmente, le obliga también a producir, capitalizando el interés, y lo fuerza a dar a luz esos prematuros y abortivos engendros de víboras de que antes hablábamos. Porque tales intereses, con más furor que esas fieras, devoran y despedazan las almas de los desgraciados usureros. Ésta es la atadura de iniquidad, éstos son los lazos de los contratos violentos. Yo te doy-dice el usurero-no para que recibas, sino para que me devuelvas más de lo que te he dado. Dios nos manda que no recibamos ni lo que hemos dado; Dad -dice el Evangelio- a aquellos de quienes no esperáis recibir (Lc 6,35). Tú, sin embargo, reclamas más de lo que has dado, y obligas al que recibió a que pague como una deuda lo que tú no le diste. Con ello piensas tú que acrecientas tu caudal, y lo que haces es encender más el fuego inextinguible. (Gn. 12. 13; Lc. 6. 35)

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EXHORTACIÓN FINAL: BUSQUEMOS LAS VERDADERAS GANANCIAS

A fin, pues, de que no nos acaezca tal desgracia, arranquemos esas perversas entrañas de donde nacen los intereses, cortemos esos partos inicuos, sequemos ese vientre funesto y busquemos solamente las verdaderas y grandes ganancias. ¿Qué ganancias son éstas? Oye a Pablo, que dice: Sí, es verdad que la piedad reporta grandes ganancias, pero solamente si va unida al desinterés (1 Tim 6,6). Sólo aspiremos, pues, a esta riqueza, a fin de gozar aquí de seguridad y alcanzar luego los bienes venideros, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. (1 Tim. 6. 6)

HOMILÍA 67

Y, habiendo entrado Jesús en el templo, expulsó de allí a todos los que vendían y compraban, echó por tierra las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas y les dijo: Escrito esta: Mi casa será llamada casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos. (Mt. 21. 12-32)

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PARÁBOLA DE LOS DOS HIJOS

Luego les habló así Jesús: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos y le dijo al mayor: Anda, trabaja hoy en la viña. Y él le contestó diciendo: No me da la gana. Pero luego, arrepentido, fue a la viña. Y llegándose al segundo, le dijo igualmente. Y él le contestó diciendo: Voy, y no fue. ¿Quién de los dos, pues, hizo la voluntad de su padre? Respondiéronle ellos: El primero. Nuevamente les arguye el Señor por medio de parábolas, para darles a entender, por un lado, la ingratitud de ellos y, por otro, la docilidad de aquellos mismos que tan absolutamente condenaban. Porque estos dos hijos ponen bien de manifiesto lo que sucedió con los judíos y con los gentiles. Porque fue así que los gentiles, que no habían prometido obedecer y no habían oído jamás la ley, en sus obras mostraron su obediencia; y los judíos, que habían dicho: Todo cuanto dijere el Señor lo haremos y obedeceremos (Éx. 19. 8) (Ex 19,8), en sus obras le desobedecieron. Justamente por que no pensaran que la ley había de servirles para algo, Él les hace ver que ella había de ser motivo de mayor condenación. Que es lo mismo que Pablo afirma cuando dice: No los que oyen la ley son justos delante de Dios, sino los que cumplen la ley serán justificados (Rom. 2. 13) (Rom 2,13). Y notemos que, para que sean ellos mismos quienes se condenen, les obliga el Señor a responder a su pregunta, que era como pronunciar su propia sentencia. Lo mismo hace luego en la parábola siguiente de la viña.

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PUBLICANOS Y RAMERAS VAN DELANTE

Para conseguirlo, pone la culpa en otra persona. Como directamente no lo hubieran querido confesar, los va llevando a donde quiere por medio de la parábola. Mas ya que ellos mismos, sin entender lo que decían, pronuncian su sentencia, el Señor pasa a revelarles lo que estaba como en la penumbra y les dice: Los publicanos y las rameras se adelantan a vosotros camino del reino de los cielos. Porque vino Juan a vosotros en camino de justicia, y no le creísteis, pero los publicanos y las rameras le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlos, no os arrepentisteis luego para creer en él. Si les hubiera, sin más, dicho: "Las rameras se os adelantarán", su palabra hubiera parecido dura; ahora, en cambio, cuando han sido ellos mismos los que han dado su sentencia, aquella dureza desaparece. De ahí, añade también la causa. — ¿Y qué causa era ésa? —Vino Juan —dice— a vosotros, y no a ellos. Más aún: Vino en camino de justicia. Porque no vais a acusar a Juan de haber sido un hombre negligente e inútil. No, su vida fue irreprochable, y su celo extraordinario; y, sin embargo, no le prestasteis atención, y junto con ésta, otra culpa: que los publicanos se la prestaron. Y otra más todavía: que ni aun después de ellos creísteis vosotros. Porque su deber era haber creído antes; mas el no haber creído ni aun después, es pecado que no tiene ya perdón posible. Grande alabanza de los publicanos y mayor condenación de los fariseos: "A vosotros vino y no le atendisteis; a los publicanos no vino y lo recibieron. Y ni aun a éstos queréis por maes-tros". Mirad por cuántos modos alaba a los unos y condena a los otros: "A vosotros vino, no a ellos. Vosotros no creísteis, y esto no les escandalizó a ellos. Ellos creyeron, y esto no os aprovechó a vosotros". Por lo demás, decir: Os preceden, no quiere decir que ellos sigan, sino que, si quieren, tienen esperanza de seguirlos. Nada, en efecto, como la emulación despierta a la gente grosera. De ahí que el Señor repita a cada paso: Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Y por eso, para excitar su emulación, les pone delante a publicanos y rameras. En realidad, éstos son los dos extremos del pecado; los dos engendrados de un mal amor: la concupiscencia de la carne y la codicia de la riqueza. Pero con ello les prueba también que creer a Juan es, sobre todo, obedecer a la ley de Dios. El que las rameras, pues, entraran en el reino de los cielos no fue obra de sola gracia, sino también de justicia. Porque no entraron siguiendo en su mala vida, sino obedientes y creyentes, purificadas y transformadas. Ya veis, pues, cómo con la parábola y luego con el ejemplo de las rameras quitó dureza, a la vez que añadió viveza a su palabra. Porque no les dijo a bocajarro: "¿Por qué no creísteis a Juan Bautista?" Su procedimiento es más enérgico. Primero les pone el ejemplo de las rameras y luego añade lo de la fe, convenciéndolos por la evidencia misma de los hechos de lo imperdonable de su conducta y haciéndoles ver de paso cómo todo lo hacían por temor a los hombres y por vanagloria. Porque si no confesaban a Cristo, era por temor de ser excomulgados de la sinagoga; y si de Juan no se atrevían a hablar mal, no era por respeto a su santidad, sino por temor al pueblo. De todo lo cual los arguyó con lo dicho, y todavía les asestó mas duro golpe diciendo: Y vosotros, a pesar de saberlo, no os arrepentisteis después para creer en él. Malo es ya no decidirse por el bien desde el principio, pero mucho peor no cambiar tampoco después. Esto es lo que señaladamente hace perversos a muchos y esto es lo que veo pasarles ahora a algunos por su extremo endurecimiento.

HOMILÍA 69

USO LITÚRGICO: Domingo 28 - Durante el año, Ciclo o Año A.

Y tomando Jesús la palabra, de nuevo les habló en parábolas diciendo: Semejante es el reino de los cielos a un rey que preparó un banquete para las bodas de su hijo. Y despachó a sus siervos para llamar a los convidados al banquete de bodas y éstos no quisieron venir. Nuevamente despachó a otros siervos, a quienes dijo: Decid a los convidados: Mi banquete está preparado. Mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Venid a las bodas. Mas ellos, sin hacerles caso, se marcharon, quién a su campo, quién a su negocio. Los otros, apoderándose de los criados, los maltrataron y hasta los asesinaron, etc. (Mt 22, 1 y sig.). (Mt. 22. 1-14)

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COMPARACIÓN DE ÉSTA Y LA ANTERIOR PARÁBOLA

Mirad en ésta y en la anterior parábola la diferencia que va entre los siervos y el hijo. Mirad el grande parentesco que hay entre una y otra parábola, a la vez que su grande diferencia. Porque también ésta pone de manifiesto la gran longanimidad y providencia de Dios a la vez que la ingratitud de los judíos; pero contiene algo que no contiene la anterior. Porque ésta pronostica la ruina de los judíos y la vocación de los gentiles; pero juntamente con eso nos muestra la necesidad de la perfección de la vida y cuán grande castigo espera a los negligentes. Y muy a propósito viene ésta después de aquélla. Porque como en la primera había dicho el Señor: Será dada la viña a un pueblo que dé los frutos de ella, aquí declara ya qué pueblo sea ése. Aunque no es eso sólo, sino que también aquí se da una prueba de providencia inefable para con los judíos. Porque allí se ve que los llama antes de la cruz; pero aquí insiste en su intento de atraérselos aun después de haber sido por ellos crucificado.

Y cuando hubiera debido infligirles el más duro castigo, entonces es cuando justamente los llama y convida al banquete de bodas y los honra con el más alto honor. Y notad cómo allí, lo mismo que aquí, no son las naciones las que invita primero, sino los judíos. Allí, cuando no quisieron recibirle, antes bien le asesinaron, entonces es cuando entregó a otros la viña; y aquí, cuando ellos se negaron a asistir al banquete de bodas, entonces es cuando llamó a otros. Ahora bien, ¿puede haber ingratitud mayor que ser convidados a bodas y rechazar la invitación? Porque ¿quién no iría de buena gana a unas bodas y bodas de un rey, y de un rey que apareja el banquete en honor de su hijo?

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POR QUÉ SE HABLA DE BODAS EN ESTA PARÁBOLA

— ¿Y por qué —me dices— se habla aquí de bodas? —Por que nos demos cuenta de la solicitud de Dios, del amor que nos tiene, de la alegría de su llamamiento, pues nada hay aquí triste ni sombrío, sino que todo rebosa espiritual alegría. De ahí que Juan llame esposo a Cristo (Jn 3, 29) y que Pablo mismo diga: Os he desposado con un solo varón. Y: Este misterio es grande; pero yo hablo en relación a Cristo y a la Iglesia (2 Cor. 11. 2; Ef. 5. 32) (2 Cor 11,2; Ef 5, 32).

Entonces, ¿por qué no se dice que la esposa se desposa con el Padre mismo, sino con el Hijo? —Porque la que se desposa con el Hijo se desposa también con el Padre. La Escritura habla indiferentemente de eso, por la unidad de sustancia del Padre y del Hijo. Por aquí proclamó también el Señor su resurrección. Como antes había hablado de su muerte, ahora hace ver que después de la muerte habrá bodas y habrá esposo. Mas ni por ésas se mejoraron ni ablandaron los judíos. ¿Puede darse maldad más grande? En verdad, ésta era su tercera culpa. La primera fue haber matado a los profetas; la segunda, al hijo; la tercera, que, después de haberlo matado, y cuando el mismo que mataron los llamó a sus bodas, no quisieron acudir. Y allá se fingen sus pretextos: unas yuntas de bueyes, sus mujeres, sus campos. Sin embargo, parecen pretextos razonables.

Mas de ahí hemos de aprender que, por necesarias que sean las cosas que nos retienen, a todo debe anteponerse lo espiritual. Y los llama no de repente, sino con mucho tiempo de anticipación. Porque: Decid —dice— a los con-vidados. Y luego: Llamad a los convidados. Lo cual agrava la culpa de los judíos. —Y ¿cuándo fueron llamados? —Fueron llamados por los profetas todos, luego por Juan Bautista, pues éste remitía a Cristo a cuantos a él acudían, diciendo: Es menester que Él crezca y yo mengüe (Jn 3, 30). Finalmente, por el mismo Hijo: Venid a mí —dice— todos los que trabajáis y estáis cargados y yo os aliviaré (Mt 11, 28). Y otra vez: Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37). Y no los llamaba sólo con sus palabras, sino también con sus obras. En fin, después de su ascensión a los cielos, los llamó por medio de Pedro y los otros apóstoles: Porque el que dio eficacia a Pedro para el apostolado de la circuncisión —dice Pablo—, me la dio también a mí para las naciones (Gal 2, 8). Ya que al ver al Hijo se irritaron y lo mataron, los vuelve a llamar por medio de los criados. ¿Y para qué los llama? ¿Acaso para trabajos, fatigas y sudores? No, sino para placer. Porque: Mis toros —dice— y los animales de cebo han sido sacrificados. ¡Qué espléndido banquete! ¡Qué magnificencia! Mas ni esto los hizo entrar dentro de sí mismos. No. Cuanto mayor era la paciencia de Dios, más se endurecían ellos.

Porque no es que no fueran al banquete por hallarse ocupados, sino porque eran negligentes. — ¿Cómo es, pues, que unos alegan sus yuntas de bueyes, otros sus casamientos? No hay duda que son ocupaciones. — ¡De ninguna manera! Porque, cuando lo espiritual nos llama, no hay ocupación alguna necesaria. A mi parecer, si alegaron esos pretextos fue para echar un velo y tapadura a su propia pereza. Pero no fue sólo lo malo que no acudieron al banquete, sino que —y esto es mucho más grave y supone mayor locura— se apoderaron de los que fueron a invitarlos y los maltrataron y hasta les quitaron la vida. Esto es peor que lo primero. Los criados de la parábola de la viña vinieron a reclamar la renta y fueron degollados; éstos vienen a convidar a las bodas del mismo hijo, que había sido también muerto, y son también asesinados. ¿Cabe locura más grande? Es lo que Pablo les recriminaba, diciendo: Ellos que, después de haber muerto al Señor, y a sus propios profetas, nos persiguen también a nosotros (Tes 2, 15). Luego, para que no dijeran: "Es un contrario de Dios, y por eso no acudimos a la boda”, mira lo que dicen los invitantes: es el Padre quien prepara el banquete y Él mismo quien os convida. ¿Qué pasa, pues, después de esto? Ya que no sólo no habían querido aceptar la invitación, sino que mataron a quienes fueron a llevársela, el rey pegó fuego a las ciudades de ellos y, enviando sus ejércitos, los pasó a cuchillo. Con estas palabras les declara de antemano lo que había de suceder en tiempo de Vespasiano y Tito. Y como quiera que al no creerle a Él ofendieron también al Padre, Él mismo es también quien toma venganza de ellos. Por esto justamente la toma de la ciudad no sucedió inmediatamente de haber dado la muerte a Cristo, sino cuarenta años más tarde —buena prueba de la longanimidad de Dios—, cuando ya habían asesinado a Esteban, pasado a cuchillo a Santiago y maltratado a los apóstoles. ¡Mirad la verdad y rapidez de los hechos! Porque todo sucedió cuando aún vivía Juan Evangelista y muchos de los que habían tratado a Cristo y los mismos que oyeron sus palabras fueron testigos de los hechos.

Mirad, pues, la inefable bondad de Dios. Él plantó la viña, Él lo hizo y preparó cumplidamente todo. Asesinados sus criados, todavía envió otros. Pasados también éstos a cuchillo, envía a su propio Hijo. Asesinado también éste, todavía los llama a banquete de bodas, y ¡ellos no quisieron asistir! Luego les envía otros criados, y también a éstos matan. Sólo entonces, cuando se ve que su en-fermedad es incurable, se decide a aniquilarlos. Porque que su enfermedad era incurable, no sólo lo demuestran esos hechos, sino el de que, habiendo creído las rameras y los publicanos, ellos cometieron todos esos crímenes. De suerte que los judíos quedan condenados no sólo por los crímenes por ellos cometidos, sino también por las buenas obras que otros practican. Mas si alguno objetara que los gentiles no fueron llamados cuando los apóstoles fueron azotados y sufrieron otras infinitas vejaciones, sino inmediatamente después de la ascensión, pues entonces les dijo el Señor: Marchad y haced discípulos míos en todas las naciones (Mt 10, 6), a ello podemos responder que no; tanto antes como después de la cruz, los judíos fueron los primeros a quienes Él habló. En efecto, antes de la cruz, les dice a sus discípulos: Marchad a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10, 6). Y después de la cruz, no sólo no les prohibió, sino que más bien les mandó que a ellos se dirigieran los primeros. Porque no dijo sólo: Haced discípulos míos a todos los pueblos, sino que, estando para subir al cielo, dio a entender que a los judíos hablarían primero. Porque: Recibiréis —les dice— la fuerza del Espíritu, que vendrá sobre vosotros, y seréis testigos míos en Jerusalén y en toda la Judea y hasta lo último de la tierra (Hechos 1,8). Y Pablo a su vez: El que dio eficacia a Pedro para el apostolado de la circuncisión, me la ha dado también a mí para las naciones (Gal 2, 8). De ahí que los apóstoles fueran ante todo a los judíos, y después de haber vivido mucho tiempo en Jerusalén, luego, expulsados por los mismos judíos, se dispersaron por las naciones.

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"ID POR LOS CRUCES DE CAMINOS"

Mas considerad también aquí la generosidad del Señor: Cuantos hallareis —dice—, llamadlos a las bodas. Antes de esto, como he dicho, los apóstoles hablaban a la vez a judíos y gentiles, permaneciendo durante mucho tiempo en la Judea; mas como se obstinaban en armarles asechanzas, escuchad cómo interpreta Pablo esta parábola, diciendo así: A vosotros era menester ante todo hablaros la palabra de Dios; pero ya que vosotros os habéis juzgado indignos a vosotros mismos, he aquí que nos volvemos a las naciones (Hechos 13, 46). De ahí que diga aquí el Señor mismo: El banquete de bodas está preparado, pero los convidados no eran dignos. Ahora bien, eso lo sabía Él muy bien antes de que sucediera. Mas para no dejarles pretexto alguno de desvergonzada contradicción, aun sabiéndolo, a ellos fue primero y a ellos envió sus criados. Con lo cual quería ciertamente taparles a ellos la boca; pero también enseñarnos a nosotros a cumplir lo que depende de nosotros, aun cuando nadie hubiere de sacar provecho alguno. Como quiera, pues, que no eran dignos: Marchad —dice— a los cruces de caminos y llamad a cuantos hallareis. A la gente cualquiera, a los más abyectos. Muchas veces había dicho el Señor que las rameras y publicanos heredarían el reino de los cielos (Mt 21, 31) que los primeros serían los últimos, y los últimos los primeros (Mt 19, 30), y ahora hace ver cuán justamente había de ser así. Y eso era lo que más que nada picaba a los judíos, eso había de escocerles más, y mucho más, que la misma ruina de su ciudad: ver que en lugar suyo entraban en el banquete los gentiles.

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LA VESTIDURA NUPCIAL

Luego, para que tampoco éstos pongan su confianza en la sola fe, les habla también del juicio, que se hará sobre las malas obras, a fin de que quienes no habían aún creído, se acercaran a la fe, y los que ya creían pusieran todo cuidado en su vida. Porque la vestidura de que habla la parábola, la vida y las obras quiere decir. Realmente, el llamamiento fue obra de la gracia. — ¿Cómo, pues, nos habla de perfección de vida? —Porque, sí, el ser llamados y purificados fue obra de la gracia; pero que el llamado y vestido de ropas limpias las conserve constantemente limpias, eso pertenece ya a su propia diligencia. Ciertamente, el ser llamado no fue por propio mérito, sino de gracia. Luego había que corresponder a la gracia con la obediencia, y no, después de tanto honor, cometer tamaña maldad. —Pero yo —me dices— no he recibido tantos beneficios como los judíos.

—En verdad, mayores los has recibido. Porque lo que durante tanto tiempo les fue preparado a ellos, tú lo has recibido de golpe, sin merecerlo. De ahí que dijera Pablo: Mas las naciones, que glorifican a Dios por su misericordia (Rom 15, 9). Porque lo que a ellos les debía, tú lo has recibido. De ahí que es también muy grande el castigo reservado a quienes hubieren sido negligentes. Porque así como los judíos ofendieron a Dios por no haber acudido al banquete, así también tú por haberte sentado a la mesa con una vida corrompida. Porque haber estado con vestidos sucios, no otra cosa quiere decir sino salir de este mundo con vida impura. Por eso enmudeció —dice el evangelista—el pobre convidado con ropa sucia. Mirad cómo, aun siendo tan evidente el caso, el Señor no le castiga hasta que el mismo pecador no pronuncia su sentencia. En efecto, por el mismo hecho de no tener qué replicar, se condenó a sí mismo, y entonces es arrebatado para los suplicios inexplicables. Porque, oyendo hablar de tinieblas, no os imaginéis que se le castiga sólo mandándole a un lugar oscuro. En ese lugar hay también llanto y crujir de dientes; palabras con que nos quiere dar a entender tormentos insoportables. Escuchad vosotros que, después de haber participado de los divinos misterios y asistido al banquete de bodas, vestís vuestra alma de sucias acciones. Escuchad de dónde fuisteis llamados: de un cruce de caminos. ¿Y qué erais entonces? Cojos y mutilados de alma, que es mucho peor que serlo de cuerpo. Respetad la benignidad del que os ha llamado y nadie venga con vestidos sucios. Cuidemos todos diligentemente de la ropa de nuestra alma.

HOMILÍA 79

USO LITÚRGICO: Array, Ciclo o Año A.

Mas cuando venga el Hijo del hombre en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará —dice— sobre el trono de su gloria y separará las ovejas de los cabritos. Y a unos los alabará, porque cuando tuvo hambre le dieron de comer y cuando tuvo sed le dieron de beber, y andando peregrino le recogieron y estando desnudo le vistieron y, enfermo, le visitaron y, encarcelado le fueron a ver. Y les dará el reino de los cielos. A los otros, echándoles en cara lo contrario, los mandará al fuego eterno, que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,31). (Mt. 25. 31)

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EL ÚLTIMO JUICIO Y EL ÚLTIMO ENCARECIMIENTO DE LA LIMOSNA

Escuchemos con fervor y con toda devoción este fragmento evangélico, tan dulcísimo, que nosotros no cesamos de meditar constantemente y con el que, muy razonablemente, ha terminado el Señor su discurso. ¡Cuánta importancia daba Él a la misericordia y a la limosna! De ahí que no sólo habló anteriormente de ella de modos diversos, sino que aquí también habla finalmente con más claridad y energía, no poniéndonos delante dos o tres o cinco personas, sino el orbe entero. Cierto que tampoco antes esas dos personas representaban simplemente dos personas, sino dos grandes porciones de la humanidad: una, los que desobedecen, y otra los que obedecen; mas aquí su palabra toma acentos más trágicos y brilla con más vivo resplandor. De ahí que ya no diga: Se asemeja el reino de los cielos, sino que Él mismo se nos muestra descubiertamente, diciendo: Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria... Porque ahora ha venido en deshonor, en injurias e ignominias; mas entonces se sentará en el trono de su gloria. Y su gloria recuerda ahora continuamente. Es que como la cruz estaba tan cerca y la cruz parecía el suplicio más ignominioso, de ahí que trate Él de levantar a sus oyentes y les ponga ante los ojos el tribunal, y delante del tribunal a la tierra entera. Y no es éste el modo único por el que da tono de espanto a su palabra, sino el hecho de mostrarnos vacíos los cielos. Porque todos los ángeles —dice— vendrán en su acompañamiento, y también ellos darán testimonio de cuanto sirvieron, enviados por el Señor, en la salvación de los hombres. De todos los modos ha de ser espantoso aquel día. Seguidamente: Se reunirán —dice— todas las naciones, es decir, todo el género humano. Y separará los unos de los otros, como el pastor a sus ovejas. Ahora no están los hombres separados, sino todos mezclados; mas entonces se hará la separación con extremo cuidado. Y, por de pronto, por el lugar que cada porción ocupa, da el Señor a entender lo que son; luego, por los nombres que les pone manifiesta la diversa calidad, pues a unos los llama ovejas, y a los otros, cabritos. Cabritos, para indicar la inutilidad; ovejas, para significar el mucho provecho. Ninguna utilidad producen, en efecto, los cabritos; mucho provecho, en cambio, sacamos de las ovejas: la lana, la leche, las crías, de todo lo cual carece el cabrito. Ahora bien, los animales tienen de la naturaleza ser inútiles o provechosos, mas en los hombres depende de su libre albedrío. De ahí que en éstos, unos son castigados y otros premiados. Sin embargo, el Señor no los castiga, hasta haberse justificado ante ellos; de ahí que, después de colocarlos a la izquierda, les dirige sus acusaciones. Ellos le responden humildemente, pero ya no les sirve para nada. Y con mucha razón, pues descuidaron una cosa en que tanto empeño tiene el Señor. En verdad, los profetas mismos no hacían sino repetirles en todos los tonos: Misericordia quiero y no sacrificio (Cs 6, 6). Moisés, su legislador, por todos los medios, por obras, por palabras, trataba de inducirlos a la práctica de la misma misericordia. Y la misma naturaleza es maestra de esa virtud. Notad, sin embargo, cómo ellos no faltan a una o dos de sus obras, sino a todas. Porque no sólo no dieron de comer al hambriento ni vistieron al desnudo, sino que ni siquiera visitaron al enfermo, con ser tan fácil. Y advertir también qué ligeras cosas manda. Porque no dijo: Estuve en la cárcel, y me librasteis; enfermo, y me curasteis, sino: Enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y me vinisteis a ver. Ni siquiera en dar de comer al hambriento mandó nada pesado, pues no pretende que pongamos una mesa suntuosa, sino lo necesario para el sustento, y lo pretende con figura lastimera. De suerte que por todos lados había motivos bastantes para castigarlos: la facilidad de dar lo que se les pedía, que era un pedazo de pan; lo lastimero del que se lo pedía, que era un mendigo; la misma compasión natural, pues era un hombre; lo precioso de la promesa, pues les había prometido el reino de los cielos; lo terrible del castigo, pues les había amenazado con el infierno; la dignidad del que recibía, pues era Dios quien por los pobres recibía; la excelencia del honor, pues se había Dios dignado descender tanto; lo justo de la donación misma, pues Dios recibía lo que era suyo. Mas la avaricia ciega de una vez a los que son víctimas de ella por más grave amenaza que pese sobre ellos. Más arriba había dicho que quien no recibiera a los suyos sufriría más grave castigo que Sodoma y Gomorra. Y aquí: En cuanto no lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. ¿Qué dices, Señor? ¿Son hermanos tuyos y los llamas pequeños? Por eso justamente son hermanos míos, porque son humildes, porque son mendigos, porque son desechados. Ésos son, en efecto: los desconocidos y desdeñados, a quienes el Señor llama señaladamente a su hermandad. No digo solamente a los monjes y a los que se han ido a morar en las montañas, no. Aun cuando sea un hombre del mundo, si está hambriento, si va desnudo, si es peregrino, el Señor quiere que goce de todo ese cuidado, pues el bautismo y la participación de los sacramentos le ha hecho hermano suyo.

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EL PREMIO DE LOS MISERICORDIOSOS

Por que veamos, por otro lado, la justicia de su sentencia contra quienes no practicaron la misericordia, el Señor alaba primeramente a los que hicieron las obras de ella, y les dice: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino que está para vosotros preparado desde la constitución del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer, y todo lo demás íntegro. Para que no dijeran los réprobos: ''Es que no teníamos'', el Señor los condena con el ejemplo de sus compañeros, como había antes condenado a las vírgenes fatuas por el ejemplo de los prudentes, y al siervo borracho y glotón, por el siervo fiel y discreto, y al que enterró su talento, por el que granjeó otros dos, y, en general, a los que pecan, por los que practican la virtud. Esta comparación se hace a veces de igual a igual, como en el caso de las vírgenes y aquí mismo; otras, a mayor abundamiento, como cuando dice el Señor: Los hombres de Nínive se levantarán y condenarán a esta generación, porque ellos creyeron en la predicación de Jonás. Y aquí está el que es más que Jonás. Y la reina del mediodía condenará a esta generación, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón. Y ahí está el que es más que Salomón (Mt. 12. 41-42) (Mt 12, 41-42). Otra vez de igual a igual: Ellos serán vuestros jueces (Mt. 12. 27) (Mt 12, 27). Y, a mayor abundamiento, dice Pablo: ¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles? ¡Cuánto más lo temporal! (1 Cor. 6. 3) (1 Cor 6, 3) Aquí, en el juicio, el paralelo va también de igual a igual, pues se comparan ricos a ricos y pobres a pobres. mas no sólo muestra el Señor la justicia de su sentencia por el hecho de que otros en las mismas circunstancias habían hecho lo que los réprobos no hicieran, sino porque ni siquiera obedecieron en aquellas cosas en que la pobreza no era obstáculo alguno; por ejemplo, en dar de beber al sediento, en ir a ver a un encarcelado, en visitar a un enfermo. Ya, pues, que ha alabado a quienes practicaron las obras de misericordia, muéstrales ahora qué grande fue desde antiguo su amor para con ellos. Porque: Venid —les dice—, benditos de mi Padre; heredad el reino que está preparado para vosotros desde la constitución del mundo. ¡Cuántos bienes no encierra ese nombre: ser benditos, y benditos de su Padre! ¿Y cómo se hicieron dignos de ese honor? ¿Cuál fue la causa de esa bendición? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber, y lo demás. ¡Qué palabras tan llenas de honor y bienaventuranza! Y no dijo: "Tomad", sino: Heredad, como si se tratara de cosa familiar, de herencia paterna, de algo que es vuestro, de algo que de antiguo se os debía. Porque antes —parece decirles— de que vosotros nacierais, todo eso estaba preparado y dispuesto para vosotros, pues ya sabía yo que habíais de ser así.

¿Y a cambio de qué reciben el reino de los cielos? A cambio de haber dado un techo, a cambio de unos vestidos, de un pedazo de pan, de un vaso de agua, de la visita a un enfermo, de la entrada en una cárcel. Porque siempre se trata de socorrer una necesidad, si bien hay casos en que ni necesidad existe. Porque como antes dije, ni el enfermo ni el encarcelado piden sólo que se los visite, sino éste que se le dé libertad, y el otro que se le cure de su enfermedad. Mas el Señor, en su benignidad, sólo nos exige lo que está en nuestra mano o, por mejor decir, menos de lo que está en nuestra mano, dejando lo demás a nuestra generosidad.

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CONDENACIÓN DE LOS QUE NO PRACTICARON LA MISERICORDIA

A los réprobos, sin embargo, les dice: Apartaos de mí, malditos; y ya no dice: De mi Padre, pues no fue el Padre quien los maldijo, sino sus propias obras; al fuego eterno, que está aparejado, no para vosotros, sino para el diablo y sus ángeles. Cuando habló del reino de los cielos, dijo: Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino, y luego prosiguió: Que está preparado para vosotros desde la constitución del mundo; mas, hablando del fuego, no dice así, sino: Que está preparado para el demonio. Por mi parte, yo os había preparado el reino de los cielos; mas el fuego, sólo para el diablo y sus ángeles, no para vosotros, estaba preparado. Mas, puesto que vosotros os habéis arrojado en él, a vosotros habéis de echaros la culpa. Y no sólo así, con lo que luego sigue se defiende también el Señor ante ellos y les pone las causas de su sentencia: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer. Aun cuando el que se acercaba a vosotros hubiera sido un enemigo, ¿no bastaban sus sufrimientos a conmover y doblegar al más cruel: el hambre, el frío, la cárcel, la desnudez, la enfermedad, el andar por doquiera errante al cielo raso? Bastante era todo eso para terminar con cualquier enemistad. Mas vosotros no socorristeis ni a quien era vuestro amigo, vuestro bienhechor y señor. Muchas veces, al ver a un perro hambriento, nos conmovemos; a una fiera que contemplemos sufrir hambre, nos doblegamos. ¿Y viendo a tu Señor no te conmueves? ¿Qué defensa tienes en eso? Aun cuando ello solo fuera, ¿no sería bastante recompensa? No digo oír, en presencia del orbe entero, aquella palabra de bienaventuranza de boca del que está sentado en el trono de su Padre y alcanzar el reino de los cielos; no, la obra misma, digo, la obra misma, ¿no era ya en sí bastante galardón? Mas ahora, en presencia de toda la tierra y entre los esplendores de su gloria, Él te proclama y te corona, y confiesa que tú le alimentaste y acogiste, y no se avergüenza de confesarlo, a fin de abrillantar más tu corona. De ahí que unos son castigados por justicia y otros son coronados por gracia. Porque, aun cuando hubieren hecho mil buenas obras, siempre será liberalidad de la gracia darles, a cambio de tan pequeños y pobres servicios, un cielo tan inmenso, tal reino y tal honor.

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SE PRELUDIA LA PASIÓN

Y fue que, cuando Jesús hubo terminado estos razonamientos, dijo a sus discípulos: Sabéis que dentro de dos días es la pascua y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado. (Mt. 26. 2) Oportunamente les habla otra vez de su pasión; ahora que les ha recordado el reino de los cielos, la recompensa de allí y el castigo eterno. Como si les dijera: ¿Por qué temer los males pasajeros, cuando os esperan tales bienes?

Advertid, os ruego, cómo templa el Señor y deja en la penumbra por todo lo que dice primero lo que particularmente podía apenar a sus discípulos. Porque no dijo: Sabéis que dentro de dos días voy a ser entregado. — ¿Pues qué? —Sabéis que dentro de dos días es la pascua y el Hijo del hombre va a ser entregado. Y entonces añade: Para ser crucificado. Con lo que daba a entender que su muerte sería un misterio, una fiesta y solemnidad que se cumpliría para salvación de todo el orbe de la tierra y, juntamente, que sabía de antemano cuanto había de padecer. Por eso, considerando que ello solo bastaba para consolarlos, ni siquiera les dijo ahora nada sobre la resurrección, pues era superfluo, después de haberles dicho tantas cosas, hablarles nuevamente de ella. Y, por otra parte, como ya he dicho, al recordarles por la mención de la pascua los antiguos beneficios concedidos por Dios en Egipto, háceles ver que el mismo sufrir había de librarlos de males sin cuento.

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MATEO

Comentario a Mateo 10

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1. Y llamados sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos, para que los arrojasen y curasen todo decaimiento y toda enfermedad. Estos son los nombres de los doce Apóstoles: el primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, que fue el que entregó a Jesús. (Mt. 10. 1-4)

No es pequeña la alabanza de que Pedro haya sido designado por su virtud y Andrés por su nobleza, es decir, por el parentesco que tenía con su hermano. San Marcos pone a Andrés en tercer lugar, esto es, después de Pedro y de Juan, San Mateo no los coloca en ese orden. Esto se entiende porque San Marcos los puso en el orden que cada uno tiene según su dignidad.

Ve aquí la razón de por qué no los coloca en orden según su dignidad. En mi concepto no es más que porque Juan, no sólo es de más edad que los otros, sino también más que su hermano.

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2. Envió Jesús a estos doce, dándoles las instruccines siguientes: "No vayáis a donde están los gentiles, no entréis en las casas de los samaritanos; id principalmente a las ovejas perdidas de la casa de Israel; id y predicadles que el reino de Dios está próximo; curad los enfermos; resucitad los muertos; limpiad los leprosos, y arrojad los demonios; dad gratuitamente lo que gratuitamente recibisteis". (Mt. 10. 5-8)

Mirad la oportunidad de la misión: los envía precisamente después que vieron resucitar a un muerto, increpar al mar y otras obras parecidas y después que recibieron de palabra y de obra una demostración suficiente de la divinidad de Jesús. Los envía el Señor primeramente a la Judea, como a una escuela, para que, ejercitados en ella, aprendieran a luchar contra todas las naciones y por eso los trata como a débiles pajarillos a quienes excita la madre al vuelo.

Para que no creyeran los judíos que Jesús les tenía odio por haberle ellos ultrajado y haberle llamado poseído del demonio, tuvo El particular empeño en corregirles, prohibiendo a sus discípulos cualquier otro ministerio y enviándoles médicos y doctores. No sólo prohibió a sus discípulos el que anunciaran el Evangelio a otros antes que a los judíos, sino que ni les permitió el que viajaran por los caminos que van a donde estaban los gentiles, por las palabras: "No vayáis por los caminos de los gentiles". Y aunque los samaritanos eran más fáciles de convertir al Evangelio, sin embargo, porque eran enemigos de los judíos no quiso que se predicase el Evangelio a los samaritanos antes que a los judíos. "Y no entraréis, dice, en las ciudades de los samaritanos".

Separando él sus discípulos de los samaritanos y mandándoles a los hijos de Israel, a quienes llama ovejas que perecen y no ovejas que se separan, nos significa el Señor cómo El puso en juego todos los medios para perdonarles y atraerlos. Vosotros veis la grandeza del ministerio; veis la dignidad de los apóstoles; no les manda, como a Moisés y a los profetas que nos anuncien cosas sensibles, sino cosas nuevas y fuera de la opinión de los hombres. Porque aquellos anunciaron los bienes de la tierra y éstos el reino del cielo y cuantos bienes se encierran en él.

Pero después que el respeto a la fe se extendió por todas partes, fueron, si efectivamente los hubo también después, menos y más raros. Dios suele hacer esos prodigios cuando los males han adquirido toda su manifestación, porque entonces es cuando hace ver su poder.

Ved aquí, cómo el Señor atiende a las costumbres no menos que a los milagros, para darnos a entender que sin las costumbres, de nada valen los milagros y cómo abate el orgullo de sus discípulos con las palabras: “Recibisteis gratuitamente y os mando que estéis limpios de toda afición al dinero”. O también para demostrarles que ellos nada dan de sí mismos, les dice: “Recibisteis gratuitamente”, que es como si dijera: “Nada dais vosotros de lo vuestro en aquello que distribuís, porque no lo habéis recibido ni por vuestro trabajo, ni como por salario vuestro y puesto que es una gracia mía, dadla como tal a los otros, porque no es justo recibáis por ella precio alguno”.

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3. "No queráis poseer en vuestros cintos oro, ni plata, ni dinero: no llevéis en vuestros viajes alforja, ni dos túnicas, ni calzado, ni báculo, porque el operario merece que se le alimente". (Mt. 10. 9-10)

El Señor después de prohibir el comerciar con las cosas divinas, arranca la raíz de todos los males con las palabras: “No queráis poseer oro, ni plata”

Este precepto tiene por objeto, primero elevar a sus discípulos sobre toda sospecha; segundo, dejarles libres de todo cuidado, a fin de que puedan emplear todo el tiempo en la predicación; tercero el manifestarles su poder, por lo que después les dijo: “¿Por ventura cuando os mandé sin saco y sin bolsillo os faltó cosa alguna?” ( Lc 22,35). (Lc. 22. 35)

¡Dichoso cambio! en lugar del oro, de la plata y de otras cosas parecidas, recibieron el poder de dar la salud a los enfermos, de resucitar a los muertos y de otras cosas semejantes: por eso no les dice desde el principio: “No poseáis oro ni plata”; sino después de haberles dicho: “Limpiad los leprosos, arrojad los demonios”. Por donde se ve que de hombres, por decirlo así, hizo ángeles, dejándoles libres de toda solicitud por las cosas de esta vida, a fin de que no tuvieran más cuidado que el de la predicación y aun quitándoles este cuidado con aquellas palabras: “No estéis inquietos por lo que habéis de hablar”, porque lo que os parece pesado y difícil, os será muy ligero y fácil. Nada hay más dulce, que el no tener cuidado de ningún género y sobre todo si se puede tener la confianza de que lo podemos poseer todo sin desear nada, con la presencia de Dios que siempre está atento a todas nuestras necesidades.

Era conveniente que los discípulos alimentasen a los Apóstoles, de quienes recibían la enseñanza, para que no despreciasen a estos últimos, con el pretexto de que ellos nada recibían y lo daban todo y para que no los abandonasen como cosa despreciable. Y para que los Apóstoles no dijeran que se les manda a vivir mendigando y de esta manera no se avergüencen, los llama operarios y les dice que el operario es digno de un salario. Y para que no se formasen ellos la idea de que porque su ministerio era verbal, carecía de importancia, les dice: “El operario es digno de su alimento”. No determinan estas palabras la clase de recompensa de que es digno el trabajo apostólico, sino que dan una regla de conducta a los apóstoles, a fin de que puedan convencer a los que atienden a sus necesidades, que todo lo que dan lo dan por un derecho de justicia.

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4. “En cualquier ciudad o villa en que entrareis, preguntad qué persona digna se encuentra en ella, y permaneced en ella hasta vuestra marcha. Saludad, al entrar en la casa, con las palabras: La paz sea en esta casa. Y si efectivamente fuere digna aquella casa, vuestra paz vendrá sobre ella, y si no lo fuera, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, sacudid el polvo de vuestros pies, y marchaos de la casa o de la ciudad. Os digo en verdad, que Sodoma y Gomorra serán tratadas en el día del juicio con menos rigor que esta ciudad”.(vv. 11-15) (Mt. 10. 11-15)

No debe creerse de que por las anteriores palabras del Señor: “Digno es el operario de su sustento”, ya todas las puertas quedaban abiertas a los discípulos. Les manda, por el contrario, que tengan mucha prudencia en la elección de la hospitalidad, por las palabras: “En cualquier ciudad o aldea en que entrareis, informáos primero de quién habita en ella”

¿Por qué razón, pues, permaneció el Señor en casa de un publicano? Sin duda, porque lo merecía el publicano por su conversión. Y no sólo cedió en utilidad de los Apóstoles esta determinación del Señor, sino que contribuyó hasta en el modo de ser tratados. Porque si es digno del Evangelio el dueño de la casa, indudablemente dará a los Apóstoles cuanto necesiten, especialmente si éstos no exigen más que lo puramente necesario. Observemos, pues, cómo al mismo tiempo que Jesús despoja a sus discípulos de todas las cosas se las da todas, permitiéndoles la estancia en la casa de aquellos a quienes enseñaban. De esta manera quedaban los Apóstoles libres de todo cuidado y persuadían a los demás de que el objeto de su venida a sus casas era su salvación, puesto que si ellos nada llevaban consigo, tampoco exigían más que lo necesario, ni entraban indistintamente en todas las casas: quería el Señor que se distinguiesen sus discípulos más bien por la virtud, que por el poder de hacer milagros y no hay cosa en que más brille la virtud, que en no usar de lo superfluo.

Es digno de observación el no haber dado Jesús todas las cosas a sus discípulos, puesto que no les dio el conocimiento de las personas dignas, sino que les manda las examinen. Y no sólo les manda que las examinen, sino que, una vez hecha la elección, les prohibe el cambiar de casa, por aquellas palabras: “Y permaneced allí hasta vuestra marcha”, a fin de no entristecer al que os recibe y de que no os tengan por ligeros y aficionados a la gula.

Les enseña el Señor que no esperen, fundados en que son los predicadores, que se adelanten otros a saludarlos, sino que ellos para honrarlos deben adelantarse. Les hace ver en seguida que su saludo es una verdadera bendición, según aquellas palabras: “Y si no fuere digna”

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5. “Mirad: yo os envío como a ovejas en medio de los lobos; sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os harán comparecer en sus asambleas, y os azotarán en sus sinagogas: os conducirán a los gobernadores y a los reyes por causa mía, y para que sirváis de testimonio a ellos y a las naciones”.(vv. 16-18) (Mt. 10. 16-18)

Cristo, después de haber alejado de los Apóstoles todo género de preocupaciones y de haberlos armado con el brillo de sus milagros, les anunció con anticipación los males que les amenazaban. Lo hace así: primero para que aprendieran la virtud de su presciencia; en segundo lugar para que no sospecharan que los males que experimentaban eran resultado de la incapacidad del maestro; tercero, para que no quedasen ellos al sufrir esos males, admirados, como si dichos tormentos les acontecieran inopinadamente y fuera de lo que esperaban y finalmente, para que oyéndolo ahora no tuvieran miedo en los días de los tormentos. Les da en seguida las reglas para este combate, enviándolos desprovistos de todo y mandándoles exijan su alimento de aquellos a quienes evangelizan y no se para en esto, sino que pasa más adelante y les hace ver su poder con las palabras: “He aquí que yo os mando como a ovejas en medio de los lobos, etc”. En estas palabras debemos considerar, que no los manda simplemente a donde están los lobos, sino en medio de los lobos. De esta manera, venciendo las ovejas a los lobos y existiendo en medio de ellos y no pereciendo a pesar de sus mordeduras, sino atrayéndolos a sí mismos, hace ver de un modo más claro su poder. Y ciertamente causa más admiración la transformación de sus mentes, que el hacerlas perecer. La dulzura, les dice, es lo que debéis desplegar en medio de los lobos.

El consuelo de todos los males lo tenían ellos en el poder de aquel que los enviaba, por eso les dijo lo primero de todo: “Mirad, yo os envío” que equivale a si dijera: No os asustéis porque os envíe en medio de los lobos; porque puedo yo hacer que no sufráis daño alguno y no sólo el que vosotros os mostréis superiores a los lobos, sino el que seáis más terribles que los leones. Y conviene que así suceda, porque de esta manera os haréis más ilustres y se extenderá más mi poder. En seguida, a fin de que ellos pusieran algo de su parte y no creyesen que serían coronados sin mérito alguno, añade: “Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas”

Así como para no ser heridos en cosas de importancia, conviene tener la astucia de la serpiente, así también cuando nos vemos precisados a sufrir cosas injustas, no debemos abrigar el deseo de la venganza, sino desplegar la sencillez de la paloma.

¿Qué puede haber más duro que estos mandatos? Porque no basta sufrir los males, sino que es preciso no alterarse por ellos como hace la paloma. No se quita la ira con la ira sino con la dulzura.

Causa admiración el que unos hombres, que jamás se habían separado del lago donde se ocupaban en pescar, no se marcharan inmediatamente que oyeron semejantes cosas. Pero esto no era efecto sólo de su valor, sino resultado de la sabiduría del Doctor, que puso el remedio a cada uno de los males. Por eso dice: “A causa mía”; porque no es pequeño el consuelo de sufrir por Cristo y el de no ser perseguidos como hombres malvados y perjudiciales. También les dice el motivo de sus persecuciones con aquellas palabras: “Para que les sirva de testimonio”:

Esto les servía de consuelo, no porque desearan ellos el castigo de otros, sino porque tenían la convicción de que Cristo estaba con ellos y lo presenciaba todo.

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6. “Y cuando os entregaren, no penséis en el modo y en lo que habéis de hablar; porque os será dado en aquella hora lo que habéis de hablar: porque no sois vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre habla en vosotros”.(vv. 19-20) (Mt. 10. 19-20)

A los consuelos anteriores añade el Señor otro nuevo y no pequeño. Por si los Apóstoles decían: ¿Cómo es posible que nosotros podamos persuadir en medio de tales persecuciones?, les manda que no se preocupen con las respuestas y les dice: “No penséis, cuando os entregaren, en el modo de hablar y en lo que habéis de decir”.

Cuando el Señor dice aquí: “No os preocupéis con lo que habéis de hablar”, estas palabras no están en oposición con las que dice en otro lugar: “Estad siempre preparados a satisfacer a los que os pregunten y a exponerles los motivos de vuestra esperanza” ( 1Pe 3,15) (1 Ped. 3. 15) . Porque cuando la lucha es entre amigos, debemos preocuparnos de lo que debemos decir; pero delante de un tribunal terrible y de una turba exaltada y cuando nos vemos rodeados de peligros por todas partes, Cristo nos da un auxilio, para que hablemos con confianza y para que no cedamos al miedo.

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7. “Y el hermano entregará a su hermano, y el padre a su hijo, y los hijos se insurreccionarán contra sus padres, y los harán morir; y os tendrán odio todos los hombres, a causa de mi nombre; mas el que perseverare hasta el fin, ése será salvo”.(vv. 21-22) (Mt. 10. 21-22)

Añade en seguida lo más horrible de todo, diciendo: “Y a vosotros os tendrán odio todos los hombres”; porque se empeñarán en arrojaros de todas partes, como si fuerais enemigos del género humano. Pero en seguida los consuela con las palabras “a causa de mi nombre” y con aquellas otras: “El que perseverare hasta el fin, será salvo”. Dice hasta el fin, porque acostumbran muchos a tener mucho fervor al principio y luego decaen completamente; porque ¿qué utilidad se saca de las semillas que dan flores al principio y después se secan? Por esta razón les exige una perseverancia suficiente.

A fin de que nadie pueda decir: Que todo lo hizo Cristo en los Apóstoles y que nada tiene de particular el que ellos hicieran tales cosas, puesto que ninguna incomodidad sufrieron, les dice, que tenían necesidad de perseverar. Porque, si bien es cierto que habían salido bien de los primeros peligros, aun tenían reservados otros mayores y después vendrían otros nuevos y no tendrían durante su vida momento alguno sin estar rodeados de emboscadas: y esto es lo que les da a entender, aunque de una manera oculta, por las palabras “El que perseverare hasta el fin, será salvo”

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8. “Cuando os persiguieren en una ciudad, huid a otra. Porque os digo, en verdad, que no habréis acabado de instruir todas las ciudades, antes de que llegue el Hijo del hombre”.(v. 23) (Mt. 10. 23)

Después de haberles hecho las terribles profecías de lo que había de acontecer después de su crucifixión, de su resurrección y de su ascensión, les conduce a otros pensamientos más dulces; porque no les mandó el que fueran con arrogancia a la persecución, sino que huyeran de ella. Por eso les dice: “Y cuando os persiguieren, huid”; usa este lenguaje condescendiente porque estaban ellos aún al principio de su conversión.

A fin de que no se pueda decir: ¿A qué viene esto, si cuando nos persiguen nos vamos a otro país y de éste nos arrojan también?, el Señor desvanece esta creencia, diciéndoles: “En verdad os digo, que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel, hasta que llegue el Hijo del hombre”. Es decir, no llegaréis antes que yo cuando venga por vosotros, aun cuando recorráis toda la Palestina.

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“No está el discípulo sobre el maestro; ni el siervo sobre su señor: le basta al discípulo el ser como su maestro, y al siervo como su Señor: Si al Padre de familia llamaron Beelzebub, ¿con cuánta más razón darán ese nombre a sus domésticos?”. (vv. 24-25) (Mt. 10. 24-25)

Como era natural que por las persecuciones ya anunciadas quedaran los discípulos en mal concepto (cosa sumamente bochornosa para muchos) El los consuela con su propio ejemplo y con lo mucho que de El dijeron, que es el mayor consuelo que podían tener.

Deben entenderse estas palabras: mientras fuere discípulo y siervo, no está sobre el maestro y sobre el amo, al menos en cuanto a la posición y no sirve oponer a esto algunas excepciones raras, sino que estas palabras deben aplicarse a lo que generalmente sucede.

No dijo siervos, sino domésticos, a fin de manifestar la familiaridad que tenía con ellos, según se lee en otro lugar: “No os diré siervos, sino amigos”. ( Jn 15,15). (Jn. 15. 15)

Y no solamente dice: ellos han ultrajado al Maestro, sino que, diciendo que le llamaron Belzebub, marca hasta la misma clase de ultraje.

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“No les temáis, pues; porque nada hay oculto que no sea revelado, ni secreto que no sea sabido. Decid a la luz lo que os he dicho en la oscuridad, y predicad sobre los más alto de la casa lo que vuestros oídos han oído. Y no temáis a aquéllos que matan al cuerpo, mas no pueden matar al alma, sino antes bien, temed a aquél que puede arrojar al infierno al cuerpo y al alma”.(vv. 26-28) (Mt. 10. 26-28)

Parece, a primera vista, que tiene un sentido general lo que acaba de decir; sin embargo, no lo dijo de todos, sino solamente de aquellos de que habló antes. Es como si dijera: Si vosotros sufrís oyendo los ultrajes, tened presente que bien pronto quedaréis libres de toda sospecha: Os llamarán adivinos y magos y seductores; pero esperad un poco y veréis como, cuando la misma realidad de las cosas os declare bienhechores y atiendan ellos a la verdad de las cosas y no a las habladurías de los hombres, os proclaman ellos mismos salvadores de todo el género humano.

Después que les quitó el miedo y les hizo superiores a los oprobios, les habla en tiempo oportuno de la libertad de la predicación, diciéndoles: “Lo que os digo en las tinieblas”

Así como cuando decía: “El que cree en Mí hará las obras que Yo hago y las hará mayores que éstas” (Jn. 14. 12) ( Jn 14,12), también aquí muestra de que manera todo es obrado a través de ellos más que por sí mismos, como dice: “Yo di el principio; pero más aun, quiero culminarlo a través de vosotros”; pues esto no sólo concierne al que manda, sino también a los que enseñen y prediquen porque triunfarán sobre todo.

Mirad el modo de que se valió para hacerlos superiores a todos: aconsejándoles a despreciar por temor a Dios, no solamente las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto, hasta a la misma muerte; por eso añade: “Sino temed más bien a aquel que puede arrojar al infierno vuestro cuerpo y vuestra alma”.

Observad además que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.

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11. “¿Por ventura no se venden dos pájaros en un cuarto, y sin embargo, no cae ninguno de ellos sobre la tierra sin el consentimiento de vuestro Padre? También todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, porque vosotros sois mejores que muchos pájaros”.(vv. 29-31) (Mt. 10. 29-31)

Después de haberles quitado el miedo a la muerte, a fin de que no creyeran los Apóstoles, si morían, que Dios les había abandonado, insiste de nuevo en su sermón sobre la providencia de Dios, diciendo: “¿Por ventura no son vendidos dos pájaros en un cuarto y ninguno de ellos cae sin el consentimiento de vuestro Padre?”.

Dijo esto, no porque El hubiese contado los cabellos, sino para expresar su exquisito conocimiento y su mucha providencia sobre todas las cosas.

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12. “A todo el que me confesare, pues, delante de los hombres, también le confesaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos; y al que me negare delante de los hombres, también le negaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos”.(vv. 32-33) (Mt. 10. 32-33)

Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos”

Debe considerarse aquí que la pena sobreabunda en el castigo y el bien en la recompensa, que es como si dijera: “¿Sobreabundasteis primero confesándome o negándome aquí?” También Yo sobreabundo infaliblemente dándoos mayores bienes, porque Yo os confesaré o negaré allí. Por esta razón no os debéis preocupar si hiciéreis algún bien y no recibiéreis la recompensa, porque esta recompensa os espera con creces en el tiempo venidero y no despreciéis el castigo si hiciéreis alguna cosa mala y no fuéreis castigados aquí, porque os espera allí el castigo, a no ser que mudéis de conducta y os hagáis mejores.

Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles.

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13. “No creáis que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la espada, porque yo he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y la nuera de su suegra, y serán enemigos del hombre sus mismos domésticos”.(vv. 34-36) (Mt. 10. 34-36)

¿Pues cómo les mandó que diesen la paz a las casas donde entrasen? ( Mt 10,12; Lc 10,5) ¿Pues cómo los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra” ( Lc 2,14)? Aquí se manda la paz como el supremo remedio para evitar todo lo malo y alejarse de todo lo que produce la división, pues con sólo la paz se une la tierra con el cielo. Por eso el médico, a fin de conservar el cuerpo, corta lo que tiene por incurable. Y una horrorosa división fue causa de que terminara en la torre de Babel la paz infernal que allí había ( Gén 11). Y San Pablo dividió a todos los que se habían unido contra él ( Hch 23), porque no siempre la concordia es buena y los ladrones también se unen. No es del propósito de Cristo este combate, sino de sus enemigos.

Dijo esto como consolando a los discípulos, lo cual es como si les hubiera dicho: “No os turbéis”, como si estas cosas sucedieran fuera de lo que esperábais, porque yo he venido a dar principio al combate. Y no dijo el combate, sino lo que es más difícil, “la espada”. Porque quiso El, por la aspereza de las palabras, excitar más su atención, a fin de que no desmayasen después en las dificultades que se les presentarían y para que nadie pudiera decir que había ocultado con expresiones suaves las cosas difíciles. Porque vale más la dulzura en las cosas que en las palabras. No se detuvo El en estas amenazas, sino que les expuso desde luego la clase de combate que habían de sostener y les manifestó que el combate era más terrible que toda una guerra civil, diciendo: “Porque he venido a separar al hombre de su padre y a la hija de su madre”; en cuyas palabras hace ver que, no solamente será el combate en el hogar de la familia, sino hasta entre aquellos que estén más estrechamente unidos por los lazos del corazón o la naturaleza de las cosas: la prueba más evidente del poder de Cristo consiste en que los Apóstoles que escuchaban estas palabras las tomaran para sí y las inculcaran a otros.

Aunque no hizo Cristo esta separación, sino la malicia de los hombres, se la atribuye sin embargo a El, siguiendo la manera ordinaria de expresarse la Escritura; así, por ejemplo, cuando dice: “Dios les dio ojos para que no vieran” ( Rom 11; Is 6,10), da a entender el parentesco que el Antiguo Testamento tiene con el Nuevo. Porque cualquiera entre los judíos, cuando hicieron el becerro ( Ex 32) y después cuando ofrecieron sacrificios a Beelphegor ( Núm 25), podía asesinar a su prójimo. De aquí es que para demostrar que le parecían iguales los del Antiguo y los del Nuevo Testamento, les hace mención de la profecía de Miqueas ( Miq 7), diciendo: “Serán enemigos del hombre sus mismos domésticos”. Y así sucedió entre los judíos: porque había bandos en el pueblo y las casas estaban divididas, había profetas verdaderos y profetas falsos. Los unos creían a unos y otros a otros.

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“El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí;y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí; el que halla a su alma, la perderá; y el que perdiere su alma por mí, la hallará”.(vv. 37-39) (Mt. 10. 37-39)

No nos debe admirar el que mande San Pablo ( Col 3) obedecer a los padres sobre todas las cosas, porque este mandato no se extiende a las cosas contrarias a la piedad. Es, en efecto, cosa santa el que les honremos sobremanera. Pero no debemos seguir su consejo cuando exigen de nosotros más de lo debido. Esta doctrina está conforme con el Antiguo Testamento: porque no solamente manda Dios ( Lev 20) abandonar, sino apedrear a los que adoraban a los ídolos y. En el Deuteronomio se lee: “El que dijere a su padre y a su madre: No os conozco y a sus hermanos: os ignoro, todos éstos guardarán tu palabra” ( Dt 33,9).

En seguida, con el objeto de que no tuvieran pena alguna aquellos a quienes debe ser preferido el amor de Dios, los eleva El a pensamientos más sublimes. Nada verdaderamente hay más querido en el hombre que su vida y sin embargo, si no la abandonáis, tendréis adversidades. Y no sólo mandó simplemente el abandonarla, sino hasta entregarla a la muerte y a los tormentos sangrientos, enseñándonos que no sólo debemos estar preparados a morir, esto es, a sufrir cualquier clase de muerte, sino hasta la muerte más violenta y deshonrosa, es decir, hasta la muerte de cruz. Por eso dice: “Y el que no toma su cruz, etc”. Aun no les había hablado acerca de su pasión, pero los va preparando entretanto, a fin de que acepten mejor sus palabras cuando trate de ella.

Y puesto que a algunos podrían parecer demasiado duros estos preceptos, El expone su enorme utilidad mediante las siguientes palabras: “El que haya hallado su alma la perderá y el que la haya perdido por Mí la hallará”, que equivale a decir: No sólo no es perjudicial lo que os he mandado, sino sumamente útil; lo contrario es lo perjudicial. Siempre el Señor toma sus argumentos de aquellas cosas que más desean los hombres: como si El dijera: ¿Por qué no quieres postergar tu alma? ¿Por qué la amas? Pues por lo mismo debes humillarla y entonces te será muy útil.

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15. “El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a aquél que me envió. El que recibe al profeta en nombre de profeta, recibirá la recompensa de profeta; y el que recibe al justo en el nombre de justo, recibirá la recompensa de justo. Y cualquiera que diere a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeñitos, tan sólo en nombre de discípulo, os digo en verdad, no perderá su recompensa”.(vv. 40-42) (Mt. 10. 40-42)

Verdaderamente son suficientes estas promesas para persuadir a todos los que recibieran a los apóstoles. Porque ¿quién no recibiría con el mejor deseo a unos hombres que de esta manera estaban fortalecidos, que despreciaban todas las cosas y no tenían más objeto que la salvación de otros? Ya más arriba amenazó castigar a todos los que no los quisieran recibir y ahora promete recompensar a los que los reciben y. Primero les promete tener la gran honra de recibir a Cristo y aun al Padre. Por eso dice: “Y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió”. ¿Y qué cosa puede igualarse a este grande honor de recibir al Padre y al Hijo?

Después de esta promesa les promete otra en los siguientes términos: “El que recibe al profeta en nombre del profeta, recibirá la recompensa del profeta y el que recibe al justo, etc”. No dijo simplemente el que recibe al profeta o el que recibe al justo, sino que añadió en nombre del profeta y en nombre del justo: es decir, no por su dignidad o por otro motivo temporal, sino porque es profeta o porque es justo.

Recibirá recompensa de profeta y recompensa de justo, esto es, la que corresponde a aquel que acoge al profeta o al justo, o la que ha de recibir el profeta o el justo.

Comentario a Mateo 17

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1. Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos. Y resplandeció su rostro como el sol; y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Y tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es que nos estemos aquí: si quieres hagamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías". (vv. 1-4) (Mt. 17. 1-4)

El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.

Tomó El a esos tres discípulos porque eran los que ocupaban los tres puestos más elevados. Ved como San Mateo no oculta esa preferencia de los tres discípulos, ni tampoco San Juan, que hace mención de las principales alabanzas de Pedro: no conocían los apóstoles ni la emulación ni la vanagloria.

Hubo muchos motivos para esto. Primeramente porque el pueblo decía que Jesús era Elías o Jeremías, o uno de los profetas y para que vieran la diferencia entre el Señor y sus siervos, se manifestó rodeado de los principales profetas. En segundo lugar, porque continuamente acusaban los judíos a Jesús de transgresor de la Ley, de blasfemo y de usurpador de la gloria del Padre y a fin de hacer ver Jesús su inocencia de todas estas acusaciones, se presenta con aquellos, cuyo testimonio era irrecusable para ellos. Porque Moisés promulgó la Ley y Elías no tuvo rival en celo por la gloria de Dios. Otro motivo fue, para que supiesen que El tenía poder sobre la muerte y sobre la vida. Por esta razón presenta a Moisés que había muerto y a Elías que aun vivía. El evangelista añade otro motivo y es el manifestar la gloria de la cruz y calmar a Pedro y a otros discípulos, que tanto miedo tenían a la pasión. Porque hablaban, dice otro evangelista ( Lc 9), de la muerte que debía tener lugar en Jerusalén. Por eso se presenta con aquellos que se expusieron a morir por agradar a Dios y por la salud de los que creían. Ambos, en efecto, se presentaron libremente a los tiranos, Moisés al Faraón ( Ex 5) y Elías a Achab ( 1Re 10). (Lc. 9; Éx. 5; 1 Rey. 10)

También se aparece con ellos, para animar a los discípulos a que imitasen a Moisés en la mansedumbre y a Elías en el celo. Las palabras que dijo el ardoroso Pedro son éstas: "Y tomando Pedro la palabra, dijo: Señor, bueno es que nos estemos aquí", etc. Porque comprendió que era conveniente que Jesús fuera a Jerusalén, aun teme por Cristo, pero después de la reprensión no se atreve a decir otra vez: "Ten compasión de Ti" ( Mt 16,22), mas indirectamente y con otras palabras le insinúa lo mismo. Porque veía la mucha tranquilidad y la soledad, pensó que les era conveniente quedarse allí; él lo conjetura por la disposición del lugar y esto es lo que significan las palabras: "Bueno es que nos estemos aquí", etc. Quiere permanecer allí para siempre y por eso habla de tiendas: "Si quieres, hagamos aquí tres tiendas" etc.; pensó que si se hacían éstas no iría Jesús a Jerusalén y si no iba no moriría, pues sabía que allí le tenderían lazos los escribas. Pensaba además con la presencia de Elías, que hizo bajar fuego sobre la montaña ( 2Re 1) y con la de Moisés, que entró en una nube y habló a Dios ( Ex 24; 33), que podrían ocultarse de manera que ningún pecador pudiese saber dónde estaban. (Mt. 16. 22; 2 Rey. 1; Éx. 24; Éx. 33)

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2. El estaba aún hablando, cuando vino una nube luminosa que los cubrió. Y he aquí una voz de la nube, diciendo: "Este es mi Hijo el amado, en quien Yo mucho me he complacido: a El escuchad". Y cuando lo oyeron los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran miedo. Mas Jesús se acercó y los tocó, y les dijo: "Levantaos, y no temáis". Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino sólo a Jesús. Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús, diciendo: "No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos". (vv. 5-9) (Mt. 17. 5-6)

El Señor presenta una nube tenebrosa, como aconteció en Sinaí ( Ex 19), cuando amenaza, pero como no trataba aquí de aterrar sino de enseñar, hizo aparecer una nube luminosa. Mas no hablan Moisés ni Elías, sino que el Padre, que está sobre ellos, hace salir su voz de entre la nube, a fin de que crean los discípulos que esa voz viene de Dios. Siempre suele Dios aparecer en una nube, según aquello ( Sal 96,2): "La nube y la obscuridad están a su alrededor" y esto es lo que se dicen en las palabras: "Y he aquí una voz de la nube, diciendo". No temas, pues, Pedro. Porque si Dios es poderoso, claro está que del mismo modo es poderoso el Hijo y si El te ama, no temas. Porque El no pierde al que ama, ni tú lo puedes amar tanto como El ama a su Padre, puesto que lo ama, no sólo porque lo ha engendrado, sino porque los dos no tienen más que una sola voluntad. Sigue: "En quien Yo mucho me he complacido", que vale tanto como decir, "en quien descanso", "a quien acepto", porque cumple con celo cuanto viene del Padre y no hay más que una sola voluntad entre El y el Padre y si éste quiere que sea crucificado, tú no te opongas. ¿Pero cómo es que cayeron sobre sus rostros los discípulos en el monte, cuando antes en el bautismo de Cristo se oyó la misma voz, y, sin embargo, ninguno de los asistentes experimentó semejante cosa? Porque era grande la soledad, la altura y el silencio, la transfiguración imponente, la luz brillante y la nube extendida, todo lo cual no podía menos de causar espanto en el corazón de los discípulos. (Éx. 19; Sal. 96. 2)

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3. Y sus discípulos le preguntaron y dijeron: "¿pues por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?" Y El les respondió y dijo: "Elías, en verdad, ha de venir, y restablecerá todas las cosas. Mas os digo que ya vino Elías, y no le conocieron; antes hicieron con él cuanto quisieron. Así también harán ellos padecer al Hijo del Hombre". Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan el Bautista. (vv. 10-13) (Mt. 17. 10-13)

No sabían los discípulos por las Escrituras la tal venida de Elías, sino porque lo habían oído de los escribas y este dicho corría entre el pueblo ignorante, como otras cosas que se relacionaban con la venida de Cristo. Mas los escribas no interpretaban como convenía todo lo relativo a la venida de Cristo y de Elías. Las Escrituras hablan de dos venidas de Cristo: de la que ya ha tenido lugar y de la que se realizará después. Pero los escribas, para engañar al pueblo, no hablaban más que de una sola venida y sostenían que, si Jesús era el Cristo, debía ser precedido por Elías. Cristo resuelve esta dificultad de los discípulos diciendo: "Y El les respondió: Elías, en verdad, ha de venir y restablecerá todas las cosas. Mas os digo que ya vino Elías, etc." No creáis que se equivocó el Señor diciendo unas veces, que vendrá Elías y otras que ya vino, porque cuando dice que vendrá Elías y restablecerá todas las cosas, habla del mismo Elías en su propia persona: El restablecerá todas las cosas corrigiendo la infidelidad de los judíos, que entonces encontrará. Esto es precisamente convertir el corazón de los padres hacia los hijos, es decir, el de los judíos hacia los apóstoles.

Si tan grandes bienes producirá la presencia de Elías, ¿por qué no fue enviado ya? Diremos porque entonces tomarían a Cristo por Elías y no creerían en El. Entonces creerán en Elías. Porque anunciando él a Jesús, por tanto tiempo esperado, estarán todos más dispuestos a recibir sus palabras. Cuando el Señor dice que ya vino Elías, este Elías de quien habla el Señor es Juan, a quien por su especial ministerio llama Elías. Porque así como Elías será el precursor de su segunda venida, así también lo ha sido Juan de la primera y llamando a Juan "Elías", nos manifiesta el Señor la conformidad de su venida con el Antiguo Testamento y las profecías. Refiere con oportunidad su pasión, haciendo mención de la de Juan, para que de esta manera se consolasen los discípulos.

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4. Y cuando llegó a donde estaba la gente, vino a El un hombre, e hincadas las rodillas delante de El, le dijo: "Señor, apiádate de mi hijo, que es lunático y padece mucho; pues muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he presentado a tus discípulos, y no lo han podido sanar". Y respondiendo Jesús dijo: "¡Oh generación incrédula y depravada! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿hasta cuándo os sufriré? Traédmelo acá": y Jesús le increpó, y salió de él el demonio, y desde aquella hora fue sanado el mozo. (vv. 14-17) (Mt. 17. 14-17)

No debemos olvidar que si no fuera por la providencia el hombre ya hubiera perecido. Porque el demonio, que le precipitaba en el agua y en el fuego, le hubiera quitado completamente la vida, si Dios no lo hubiera detenido. Observad por otra parte la imprudencia de ese hombre en interpelar a Jesús sobre sus discípulos en presencia del pueblo, pero Jesús desvanece esa acusación, haciendo recaer sobre el mismo hombre la causa de no haber sido curado. Alega, en efecto, muchas razones que comprueban la poca fe de ese hombre. Sin embargo, el Salvador, para no asustarlo, no lo ataca personalmente, sino que se dirige a todos los judíos. Porque es probable que muchos de los que se hallaban presentes no pensaran bien de sus discípulos. Y por eso sigue: "Y respondiendo Jesús, dijo: ¿hasta cuándo, etc.?" Por las palabras: "¿Hasta cuándo estaré con vosotros?" el Señor muestra que quiere morir (*) y su deseo de alejarse.

Después de haber excusado el Señor a sus discípulos, infunde en el padre del hijo la dulce esperanza de curar al hijo y le persuade a que tenga fe en el milagro. Y viendo que el demonio se agitaba mucho con solo llamarlo, le increpó y por eso sigue: "Y Jesús le increpó". No es al paciente a quien increpa, sino al demonio.

(*) El acto de morir en el Señor Jesús es aceptado por su amor y obediencia filial llevadas hasta el extremo, mas no deseado en sí mismo. ( Jn 15,13). (Jn. 15. 13)

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5. Entonces se acercaron a Jesús los discípulos aparte, y le dijeron: "¿por qué nosotros no le pudimos lanzar?" Jesús les dijo: "Por vuestra poca fe. Porque en verdad os digo, que si tuviereis fe, cuanto un grano de mostaza, diréis a este monte; pásate de aquí a allá, y se pasará: y nada os será imposible: Mas esta casta no se lanza sino por oración y ayuno". (vv. 18-20) (Mt. 17. 19-20)

Los discípulos habían recibido poder sobre los espíritus impuros, pero como no pudieron curar al endemoniado que se les presentó, parece como que dudaban si habrían perdido la gracia que se les había concedido. Por eso dice: "Entonces se llegaron, etc." Le preguntan aparte, no por vergüenza, sino porque era grande e inefable el objeto de su pregunta. Sigue: "Jesús les dijo: Por vuestra poca fe".

Por donde se ve que algunos apóstoles decayeron algo en la fe, aunque no todos, porque las columnas de la fe -Pedro, Santiago y Juan- no estaban con ellos. Es necesario, sin embargo, saber, que así como basta muchas veces la fe del que se acerca para recibir el efecto del milagro, así también muchas veces es suficiente la virtud del que hace el milagro, aun cuando no crean aquellos que pidieron se hiciera el milagro. Tal sucedió en el hecho de Cornelio, con aquellos que atrajeron por su propia fe la gracia del Espíritu Santo, mientras que aquel muerto que fue arrojado al sepulcro de Elíseo resucitó por virtud del cuerpo santo ( 2Re 13). Pero entonces aconteció que los discípulos que antes de la cruz tenían disposiciones imperfectas, decayeron algún tanto en la fe y por esta razón se dice que la fe es la causa de los milagros, según las palabras del Señor: "Porque en verdad os digo, que si tuviereis fe, etc." (2 Rey. 13)

Por esta razón hace mención de la traslación de las montañas y pasa más adelante el Señor, diciendo: "Y nada os será imposible".

Mas si dijereis: ¿cuándo trasladaron los apóstoles las montañas? Os diré que hicieron cosas mayores que éstas porque resucitaron a los muertos en muchas ocasiones. Y se dice, que después de los apóstoles, los santos que les son inferiores, trasladaron las montañas en necesidades inminentes. Y no dice el Señor que harían esos portentos, sino que podrían hacerlos y es probable que los hicieran. Sin embargo no están escritos porque no se escribieron todos los milagros que hicieron.

Palabras que se refieren, no sólo a la clase de demonios lunáticos, sino a toda clase de demonios. El ayuno, efectivamente, da mucha sabiduría, hace al hombre semejante a un ángel del cielo y combate a los poderes incorpóreos. Pero también le es necesaria la oración como elemento principal, y el que ora como conviene y ayuna, no necesita más. Porque de esta manera no se hace avaro y está pronto a dar limosna y el que ayuna está ligero, ora con vigilancia, apaga las malas concupiscencias, hace a Dios propicio y humilla el orgullo del alma. Luego el que une la oración con el ayuno, tiene dobles alas y más rapidez que los mismos vientos. No bosteza, ni se duerme durante la oración (como acontece a muchos) sino que está más enardecido que el fuego y es superior a la naturaleza terrestre. Este hombre es consiguientemente el enemigo terrible del demonio. Porque nada hay más poderoso que el hombre, que ora como debe. Y si tienes el cuerpo enfermo para ayunar, no lo tienes, sin embargo, para orar y si no puedes ayunar, puedes abstenerte de los placeres ilícitos y esto no es cosa de escasa importancia, ni muy distante del ayuno.

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6. Y estando ellos en la Galilea, les dijo Jesús: "El Hijo del Hombre ha de ser entregado en manos de los hombres. Y lo matarán, y resucitará al tercero día". Y ellos se entristecieron en extremo. (vv. 21-22) (Mt. 17. 21-22)

No dijo el Señor que estaría mucho tiempo muerto, sino que resucitaría al tercer día.

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7. Y como llegaron a Cafarnaúm, vinieron a Pedro los que cobraban los didracmas y le dijeron: "¿Vuestro Maestro, no paga los didracmas?" Dijo: "Sí". -Y entrando en la casa, Jesús le habló primero diciendo: "¿Qué te parece, Simón? ¿Los reyes de la tierra, de quién cobran el tributo o el censo? ¿De sus hijos o de los extraños?" -"De los extraños", respondió Pedro. -Jesús le dijo: "Luego los hijos son francos. Mas, porque no los escandalicemos, ve a la mar, y echa el anzuelo; y el primer pez que viniere, tómalo; y abriéndole la boca hallarás un estatero: tómalo y se lo darás por mí y por ti". (vv. 23-26) (Mt. 17. 24-26)

Cuando mandó el Señor dar muerte a todos los primogénitos de los egipcios, recibió el Señor el tributo de la tribu de Leví, en conmemoración de este hecho. Después, como en la Judea era inferior el número de los de la tribu que el número de los primogénitos, se mandó completar los que faltaban para llenar ese número con un siclo; de aquí trae origen la costumbre de pagar un impuesto por los primogénitos y como Cristo era primogénito, por eso le exigían el tributo y se acercan a Pedro para pedirlo porque les parecía que era el principal y yo soy de la opinión que no exigían en todas las ciudades estos tributos, y si exigieron en Cafarnaúm el tributo a Cristo, es porque creían que esa era su patria. Y no lo exigieron con mucha vehemencia, sino con gran dulzura, ni tampoco en forma de acusación, sino que dijeron al discípulo preguntándole: "¿Vuestro Maestro no paga los didracmas?"

¿Qué contesta Pedro? Dice que sí y se lo dice a aquellos, a quienes paga y no a Cristo, sin duda porque le causaba vergüenza el hablar de esas cosas a Cristo.

Mas si El no era hijo, en vano nos propuso este ejemplo. Pero dirá alguno: es hijo, pero no lo es propiamente, por lo tanto es extraño. De este modo, el ejemplo no tiene valor. Yo diría que Cristo no habla aquí de los hijos en general, sino de los hijos naturales y propios. De ahí la contraposición que estableció con los extraños, nombre con que designa a los no nacidos de los reyes. Ved también cómo certifica aquí Cristo lo que el Padre reveló a Pedro y que fue la causa de que exclamara: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" ( Mt 16,16). Mirad cómo ni rechaza el tributo ni manda darlo sin más. Ante todo hace constar que El está exento; pero luego lo da. Lo uno para que no se escandalicen los discípulos, lo otro para que no se escandalicen los cobradores. (Mt. 16. 16)

O también, que no quiere que se dé de la plata que llevaban, para hacer ver que El era el Señor del mar y de los peces.

Y así como nos causa asombro la virtud de Cristo, así también debe llenarnos de admiración la fe de Pedro, que obedeció a una cosa tan difícil. Por eso el Señor lo recompensó por su fe y lo incorporó a sí en la paga del impuesto, cosa que le fue sumamente honrosa, por eso dice: "Y abriéndole la boca hallarás un estáter. Dalo por mí y por ti".

Comentario a Mateo 21

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1. "Mas ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy, y trabaja en mi viña. Y respondiendo él, le dijo: no quiero. Mas después se arrepintió y fue. Y llegando al otro, le dijo del mismo modo; y respondiendo él, dijo: Voy, señor, mas no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" Dicen ellos: "El primero"; Jesús les dice: "En verdad os digo, que los publicanos y las rameras, os irán delante al reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros en camino de justicia, y no le creísteis. Y los publicanos y las rameras le creyeron, y vosotros, viéndolo, ni aun hicisteis penitencia después, para creerle". (vv. 28-32) (Mt. 21. 28-32)

2. "Escuchad otra parábola: Había un padre de familias, que plantó una viña y la cercó de vallado, y cavando hizo en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a unos labradores, y se partió lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que percibiesen los frutos de ella. Mas los labradores, echando mano de los siervos, hirieron al uno, mataron al otro y al otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo. Por último, les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero, venid, matémosle, y tendremos su herencia. Y trabando de él le echaron fuera de la viña, y le mataron. Pues cuando viniere el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?" Ellos dijeron: "A los malos destruirá malamente, y arrendará su viña a otros labradores que le paguen el fruto a sus tiempos". Jesús les dice: "¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue puesta por cabeza de esquina? Por el Señor fue esto hecho, y es cosa maravillosa en nuestros ojos: Por tanto os digo que quitado os será el reino de Dios, y será dado a un pueblo que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, lo desmenuzará". (vv. 33-44) (Mt. 21. 33-44)

Después de la primera parábola puso otra, para darles a conocer que su acusación es muy grave y no merece perdón. Por esto dice: "Escuchad otra parábola: Había un padre de familia", etc.

Se marchó lejos porque tuvo longanimidad, no queriendo castigar siempre los pecados de los malos.

Llama siervos a los profetas que ofrecen los frutos del pueblo, y como sacerdotes del Señor, hacen ostentación de su obediencia por medio de las obras. Estos, por lo tanto, no sólo fueron malos por no dar fruto, sino que indignándose contra aquéllos que vinieron a pedirlo, manchan sus manos con la sangre de éstos. Por esto sigue: "Mas los labradores echando mano de los siervos", etc.

¿Y por qué no lo envió primero? Para poderlos acusar por lo que habían hecho con otros, y para que abandonando su rabia, respetasen al propio hijo que venía. Por esto sigue: "Tendrán respeto a mi hijo".

Dice también esto, anunciando lo que debía suceder. Porque convenía que ellos se avergonzasen. Por esto quiere dar a entender que es grande el pecado de aquéllos, y que carece de toda excusa.

En esto no hay contradicción alguna, porque sucedió lo uno y lo otro, esto es, primero respondieron ellos y el Señor reiteró la contestación.

El Señor por lo tanto les propuso esta parábola, para que ellos, sin saberlo, se sentenciaran a sí mismos, como sucedió a David, respecto de Natán. Comprendían además que lo que se había dicho se decía contra ellos, y por esto contestaron: "De ninguna manera".

Llama a Jesucristo la piedra, los doctores de los judíos son los edificadores, que reprobaron a Jesucristo diciendo: "Este no procede de Dios". (Jn. 9. 16)

Después añadió, para que sepan que nada de lo que hacían los judíos podía contrariar a Dios: "Por el Señor fue esto hecho".

Aquí da a conocer las dos clases de perdición: una que procede de cuando se ofende a Dios y se escandaliza a los demás, a la cual se refiere cuando dice: "El que cayere sobre esta piedra será quebrantado". Y la otra se refiere a la cautividad que habrá de sobrevenirle, como indica cuando dice: "Y sobre quien ella cayere", etc.

Y cuando los príncipes de los sacerdotes y los fariseos oyeron sus parábolas, entendieron que de ellos hablaba. Y queriéndole echar mano, temieron al pueblo, porque le miraban como un profeta. (vv. 45-46) . (Mt. 21. 45-46)

Comentario a Mateo 25

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1-13. "Entonces será semejante el reino de los cielos a diez vírgenes, que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo y a la esposa. Mas las cinco de ellas eran fatuas, y las cinco prudentes. Y las cinco fatuas, habiendo tomado sus lámparas, no llevaron consigo aceite. Mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas juntamente con las lámparas. Y tardándose el esposo comenzaron a cabecear, y se durmieron todas. Cuando a la media noche se oyó gritar: Mirad que viene el esposo, salid a recibirle. Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes, y aderezaron sus lámparas. Y dijeron las fatuas a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan. Respondieron las prudentes, diciendo: Porque tal vez no alcance para nosotras y para vosotras, id antes a los que lo venden y comprad para vosotras. Y mientras que ellas fueron a comprarlo, vino el esposo; y las que estaban apercibidas entraron con él a las bodas, y fue cerrada la puerta. Al fin vinieron también las otras vírgenes, diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Mas él respondió, y dijo: En verdad os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora". (vv. 1-13) (Mt. 25. 1-13)

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En la anterior parábola manifestó el Señor la pena que sufría el soberbio y el lujurioso que disipaban los bienes del Señor; en ésta conmina con el castigo aun a aquél que no saca utilidad y no se provee abundantemente de lo que le hace falta. Tienen ciertamente aceite las vírgenes necias, pero no abundante. Por lo que dice: "Entonces será el reino de los Cielos semejante a diez vírgenes".

Por esto, pues, expone esta parábola en la persona de las vírgenes para demostrar que aunque la virginidad sea una gran virtud, sin embargo será arrojada fuera con los adúlteros si no practica las obras de misericordia.

Llama aquí aceite a la caridad y a la limosna y a cualquier socorro prestado a los indigentes: llama también carismas de la virginidad a las lámparas; y por eso llama necias a las que vencieron la dificultad mayor y por la menor lo perdieron todo. Pues ciertamente cuesta más vencer los deseos de la carne que los de las riquezas.

Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino que también, porque creyeron que encontrarían aceite en donde inútilmente lo buscaban. Aunque nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas; sin embargo, no accedieron a la súplica de las vírgenes necias. Respondieron, pues, diciendo: "No sea que falte para nosotras y para vosotras", etc. De aquí, pues, aprendemos que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las propias suyas.

Ya ves qué buena es nuestra negociación con los pobres. Estos no se encuentran allá, sino aquí; por tanto aquí es donde conviene acopiar el aceite para que nos sirva allá, cuando Jesucristo nos llame.

Por lo que dice: "Mientras fueron a comprarlo", manifiesta, que aunque queramos ser misericordiosos para después de la muerte, de nada nos servirá para evitar la pena; como tampoco le aprovechó a aquel rico, que fue misericordioso y solícito para con sus allegados.

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14-30. "Porque así es como un hombre, que al partirse lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes: Y dio al uno cinco talentos, y al otro dos, y al otro dio uno, a cada uno según su capacidad, y se partió luego. El que había recibido los cinco talentos, se fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. Asimismo el que había recibido dos ganó otros dos. Mas el que había recibido uno, fue y cavó en la tierra y escondió allí el dinero de su Señor. Después de largo tiempo vino el Señor de aquellos siervos, y los llamó a cuentas. Y llegó el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco he ganado de más. Su Señor le dijo: Muy bien, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho, entra en el gozo de tu Señor. Y llegó también el que había recibido los dos talentos, y dijo: Señor, dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos que he ganado. Su Señor le dijo: Bien está, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel sobre lo poco, te pondré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor. Y llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, se que eres un hombre de recia condición, siegas en donde no sembraste y allegas en donde no esparciste: y temiendo, me fui, y escondí tu talento en tierra; he aquí tienes lo que es tuyo. Y respondiendo su Señor, le dijo: Siervo malo y perezoso, sabías que siego en donde no siembro, y que allego en donde no he esparcido: pues debiste haber dado mi dinero a los banqueros, y viniendo yo hubiera recibido ciertamente con usura lo que era mío. Quitadle, pues, el talento, y dádselo al que tiene diez talentos: Porque será dado a todo el que tuviere, y tendrá más; pero al que no tuviere, le será quitado aun lo que parece que tiene: Y al siervo inútil echadle en las tinieblas exteriores: allí será el llorar y el crujir de dientes". (vv. 14-30) (Mt. 25. 14-30)

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Esta parábola se aduce contra aquéllos que no sólo con dinero, sino ni aun con palabras, ni de ningún otro modo quieren ser útiles a sus prójimos, sino que todo lo ocultan. Por eso que dice: "Así, pues, como un hombre que marchó muy lejos", etc.

Nota que el Señor no exige inmediatamente la cuenta, para que admires su longanimidad; y a mí me parece que encubriendo simuladamente el tiempo de su resurrección, dijo esto.

Siervo bueno, porque se refiere a la caridad con el prójimo; y fiel, porque no se apropió nada de lo que a su Señor pertenecía.

Esta es la expresión de toda bienaventuranza.

El que tiene el don de la predicación y de la doctrina para aprovechar, pierde estos dones si no usa de ellos; pero el que los cultiva atrae otros mayores.

El siervo malo no sólo es castigado con el daño, sino también con la pena intolerable y la acusación y denuncia. Por eso sigue: "Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores", etc.

Advierte que no solamente es castigado con la última pena el que roba lo ajeno y obra mal, sino también el que no practicó el bien.

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31-45. "Y cuando viniere el Hijo del hombre en su majestad, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su majestad: Y serán ayuntadas ante él todas las gentes y apartará los unos de los otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos: Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo: Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era huésped, y me hospedasteis; desnudo, y me cubristeis; era enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y me vinisteis a ver. Entonces le responderán los justos, y dirán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos huésped y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te fuimos a ver? Y respondiendo el Rey les dirá: En verdad os digo, que cuando lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Era huésped y no me hospedasteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: En verdad os digo, que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis". (vv. 31-45) (Mt. 25. 31-45)

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Escuchemos esta parte sublime del discurso con la mayor compunción, grabándola profundamente en nuestra alma, pues es el mismo Jesucristo quien lo profiere del modo más terrible y claro. No dice como en las parábolas anteriores: el reino de los cielos es semejante, sino que manifestándose y revelando su propia persona dice: "Cuando viniere el Hijo del hombre en su majestad".

Concurrirán todos los ángeles para dar testimonio ellos mismos del ministerio que ejercieron por orden de Dios para la salvación de los hombres.

A éstos llama cabritos, pero a los otros ovejas, para demostrar la inutilidad de aquéllos pues de nada aprovechan, y la utilidad de éstas, porque es mucho el fruto que de las ovejas se saca, como la lana, la leche y los corderillos que nacen. La Sagrada Escritura suele designar la sencillez y la inocencia con el nombre de oveja. Bellamente, pues, se designan aquí los elegidos con este nombre.

Después los separa hasta de lugar, pues sigue: "Y colocará a las ovejas a la derecha, y los cabritos a la izquierda".

Observa que no dijo: recibid, sino poseed, o por mejor decir, heredad; como bienes familiares, o más bien paternos, como bienes vuestros que se os deben desde hace mucho tiempo, por esto se dice: El reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo.

Y por qué méritos los escogidos reciben los bienes del reino celestial, lo manifiesta cuando añade: "Porque tuve hambre, y me disteis de comer".

Mas si son sus hermanos, ¿por qué los llama pequeñitos? Por lo mismo que son humildes, pobres y abyectos. Y no entiende por éstos tan sólo a los monjes que se retiraron a los montes, sino que también a cada fiel aunque fuere secular; y, si tuviere hambre, u otra cosa de esta índole, quiere que goce de los cuidados de la misericordia: porque el bautismo y la comunicación de los misterios le hacen hermano.

Continúa: "Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartaos", etc.

Y mira cómo abandonaron la misericordia no en un sólo concepto, sino en todos. Porque no tan sólo no dieron de comer al hambriento, sino que (lo que era menos penoso) tampoco visitaron al enfermo. Y observa de qué manera añade las cosas más soportables, porque no dijo: Estaba en la cárcel y no me sacasteis; enfermo y no me curasteis; sino dice, no me visitasteis, y no vinisteis a mi casa. Además, cuando tiene hambre no pide una mesa espléndida, sino la comida necesaria. Todas estas cosas, por tanto, bastan para sufrir la pena. Primero, la facilidad en dar lo que se pide (pues era pan); segundo, la miseria del que pedía (pues era pobre); tercero, la compasión de la naturaleza (pues era hombre); cuarto, el deseo de alcanzar lo que se prometía (pues prometía el reino); quinto, la dignidad del que recibía (pues era Dios el que recibía por medio de los pobres); sexto, la superabundancia del honor (porque se dignó recibir de mano de los hombres); séptimo, lo justo que era dar (pues recibía de nosotros lo que es suyo): mas los hombres ante todas estas cosas son cegados por la avaricia.

Mas reprochados por las palabras del juez, hablan con mansedumbre, pues continúa: "Entonces ellos también le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y no te alimentamos, sediento?", etc. "E irán éstos al suplicio eterno y los justos a la vida eterna". (v. 46)